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Había intentado meditar en otras ocasiones, pero quien me enseñó a entender y experimentar lo que es meditar es Avihay Abohav. Conocí a Avihay sin buscarlo, un día de práctica de yoga. Nuestra profe Asun había invitado a Avihay a darnos una charla sobre la meditación después de la clase de yoga. Me acuerdo muy bien de ese día, era una mañana soleada y en la sala, que tiene grandes ventanales, entraba el sol a raudales. Entró Avihay vestido todo de blanco, alto y cabeza rapada, al entrar parecía mezclarse con la luz, me quedé observando qué extraño efecto luminoso me hacía verle como con brillo. De la charla recuerdo el momento en que habló de parar la mente, dijo “ahora todos vais a experimentar lo que es parar la mente”: “¡anda ya!”, pensé para mis adentros, totalmente escéptica. Nos puso en una rueda y uno a uno nos fue diciendo “mira aquí, centra tu atención en la parte posterior de la cabeza, respira profundamente… ¿En qué estás pensando?”… “¡EN NADA!”.

Ciertamente llevaba años deseando tener un interruptor para poder parar la mente. Cada noche la cabeza me da vueltas analizando las cuestiones de cada día, buscando solución a los problemas, pensando en las cuestiones que se van a presentar el día siguiente. Las cosas que hacer, las tareas, etc. Noches de insomnio. Y eso en la vida normal, en cualquier conflicto o enfado, la mente se convierte en un torbellino de porqués, intentando entender los motivos, las razones, buscando las soluciones, estrategias… ¡Tantas preocupaciones!. Y lo peor es no poder parar el torbellino, seguir dando vueltas una y otra vez al mismo tema en un ciclo interminable, aunque sepas que no tiene remedio, que no se puede hacer nada, que hay que esperar, la mente sigue erre que erre repitiendo las mismas imágenes, repitiendo los pensamientos, reviviendo las situaciones, recodando los diálogos.  Deseaba poder parar en algún momento, descansar, poder tratar los problemas cuando se necesita y poder apartarlos mientras no se puede hacer nada. Deseaba poder dormir por la noche, no despertar una y otra vez con las preocupaciones y los miedos. Y ahora descubría que eso era posible.

Lo demás vino rodado, ‘sincronicidad’ que diría Miguel Sanchez-Quiñones. Descubrí que Avihay daba clases de meditación muy cerca de mi casa, me apunté y comenzó la transformación. Lo que yo llamo Mi camino del alma.

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