Abrazar la polaridad

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Cuando explica la dualidad, Avihay coge un lápiz o un palo, por ejemplo la baqueta del cuenco tibetano, y dice que normalmente nosotros ponemos en un extremo las emociones buenas y en el otro las malas. Pero en la vida, como en el palo, hay toda una gama intermedia de acciones y emociones, no tan buenas ni tan malas como los extremos, en la que escogemos estar. Sin embargo todo lo que abarca el palo es experiencia y hemos de aprender a abrazar ambas polaridades, los extremos: no existe el bien ni el mal, sólo existe experiencia.

A mi ese palo me trae de cabeza. Avihay lo pone horizontal, pero yo no lo veo así, lo veo inclinado. Como si las cosas malas pesaran más que las buenas, el palo se inclina y cae el extremo del mal, mientras que la parte del bien queda arriba, levantada. Y yo me veo como un ser diminuto caminando por el palo hacia el lado del bien, que es en el que quiero estar, claro, pero es que es cuesta arriba y es muy trabajoso, cuesta avanzar. Con esfuerzo consigo subir un poco y alcanzar momentos de felicidad, pero a poco que me relajo, sin darme cuenta, sobrevienen las penas y angustias, otra vez resbalo hacia el lado del mal. Las cosas buenas parecen livianas, pero las cosas malas, parecen densas y pesadas, ¡Ay! Que trabajito cuesta desprenderse de ellas. Me pregunto por qué yo lo veo así. Contemplo mi vida y me resulta natural aborrecer la maldad y desear la bondad. Yo cortaría el palo y tiraría lejos un extremo, me quedaría sólo con la parte buena. ¿Cómo abrazar la polaridad?

Cuando me veo como ese YO pequeñito que lucha por aferrarse y mantenerse en el extremo alto del palo, mientras el otro parece que tira de mí, si contemplo mi vida como esa lucha por trasmutar la maldad, añorando vivir siempre en paz y armonía, de verdad creo que es imposible. El palo es demasiado grande para que ese yo pequeñito pueda entenderlo y mucho menos abrazarlo.

Solo desde ese centro inmenso de quietud que se encuentra en la meditación, soy capaz de separarme de la experiencia de la vida y contemplar el mundo en su totalidad, abarcando espacio y tiempo. Desde ese anclaje, las experiencias de la vida pierden importancia,  son como un juego, una película con principio y fin. Todo parece tan mutable y pasajero: el dolor, la alegría. Y al final de esa experiencia de meditación solo queda una sensación de paz y amor inmensos, por encima de todo. No soy capaz de entender el sentido de la vida, pero si puedo apreciar que la vida es maravillosa en si misma, es un milagro.

Desde ese centro de quietud me veo contemplando ese palito pequeño y veo también a ese ser minúsculo que se afana tanto. Lo miro con ternura, con cariño. Contemplo sus dudas, sus miedos, sus anhelos, sus virtudes y también sus defectos. Y aunque no encuentre un porqué, siento que cada experiencia ha valido la pena vivirla, que no hay una lucha entre el bien y el mal en ese centro de quietud donde todo se abarca, solo amor. No creo que haya una fuerza más grande. Solo por experimentar eso, vale la pena haber nacido.

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