El sufrimiento en la vejez

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A menudo me pregunto por qué la vida es tan injusta. Por qué, si tienes la suerte de llegar a viejo, tan frecuentemente resulta tan, tan duro. La decrepitud, los dolores, la pérdida de facultades, la enfermedad, los dolores. Si, me repito, los dolores. ¿Por qué tanto dolor?

Para entenderlo mejor reflexiono sobre lo que significa para mí lo opuesto: la plenitud física. Significa la conexión con la vida en la tierra, los sentidos físicos, sentir la energía de un cuerpo que te permite expresarte y realizarte, el desarrollo de una identidad, una personalidad propia y también de las relaciones con las otras personas y con la sociedad.

¿Y que significaría la pérdida de estas posibilidades? Quizás sea esta la pregunta adecuada. Si durante la vida nos dedicamos a disfrutar de los sentidos, de los regalos de la naturaleza, las bendiciones de los seres queridos, a realizarnos como persona… ¡Que bien poder gozar de una vida tan satisfactoria!, pero la vida se acaba ¿Y que queda? ¿Es eso todo lo que hay? Cada uno tendrá su respuesta: la satisfacción de haber vivido, haber cambiado el mundo, el amor, el alma.. Yo siento que somos mucho más que el cuerpo y la persona, nacer y morir son procesos semejantes.

No sé si es necesario el sufrimiento en la vejez, pero si alguna justificación puede tener, creo que tiene que ver con empujarnos a desprendernos de la identificación con el cuerpo físico y la persona. Puede que sea ésta la única manera de hacernos soltar los apegos de nuestra vida, la confianza aprendida en nuestra fortaleza física y buscar otras motivaciones a nuestra existencia. En cuanto a cuáles serían estas motivaciones, no creo que pueda haber una única receta,  cada cual tendrá que buscar su motivación mirando en su interior. Y sin duda no hay mejor modo de obligarnos a mirar en el interior que eliminar las distracciones.

Cuanto más aprendo, más me convenzo de que existe siempre una razón para todo lo que nos acontece, que todo es útil y tiene una enseñanza específica para uno. Aunque esa razón no alcancemos a entenderla o no nos esté permitido conocerla en vida. Y a mí personalmente, como a casi todos, me gustaría encontrarme con la muerte como aquella señora de ochenta y tantos, que se le paró el corazón mientras iba por su pueblo en bici dando un paseo. Pero no se lo que la vida tiene que enseñarme.

Admiro a mis mayores. Superarse cada día, encontrar la alegría y la motivación de vivir día a día, más allá del dolor o del cansancio, me parece un reto impresionante. Porque como dijo aquel mondoshawan, la muerte no importa, la vida es lo que importa.

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