Decir No

Estándar

Sofía tenía que coger un avión y se ocupó con tiempo de reservar su plaza de pasillo, así podría levantarse tranquilamente. Verse encerrada en la fila de asientos sin apenas movimiento le produce una angustia tremenda. Cuando llegó el día se sentó tranquilamente en su sitio y llegó un chico con el pié escayolado: “¿Te importaría cambiarme el sitio?, yo tengo la ventana pero necesito poder estirar la pierna…”. Sofía sintió un pellizco en el estómago, entendía la necesidad del muchacho, pero eso significaba entregarse a sufrir ella a cambio. Su cuerpo sentía la tentación de levantarse y ceder, pero como llevaba unos días intentando motivarse con lo de amarse a uno mismo, se lo pensó mejor y dijo: “Entiendo tu necesidad, pero lo siento mucho, yo no puedo sentarme en la ventana”.  Automáticamente se sintió culpable y en su cabeza empezó una batalla: quizás había sido una egoísta, pero el chico también podía haber sido previsor como ella y asegurarse un sitio con tiempo… Mientras tanto el chico se dirigió a la azafata que le atendió amablemente, le acomodó en un sitio libre junto a la puerta donde podía estirar ambas piernas tranquilamente y aquí paz y después gloria.

Me encanta este ejemplo, que no es inventado, y me viene al pelo para plantear lo que opino acerca de ese fino arte de saber decir No. Tengo dos preguntas que no se responder: ¿por qué nos cuesta tanto decir No? y ¿por qué aparece el sentimiento de culpa si lo hacemos? Creo que esto ya es tarea para los profesionales.

Lo que a mi me resulta curioso es que cuando nos sentimos obligados a decir sí, de alguna manera asumimos que la solución del problema depende de nuestra actuación. Y creo que asumimos eso muy rápidamente,  sin dar ocasión a plantear alternativas o valorar nuestras propias necesidades. Decir Sí significa ser amable, generoso, prestar ayuda, contribuir al bienestar del prójimo, en definitiva, es bueno pero, ¿dónde está el límite?, ¿hasta dónde debemos sacrificar nuestro propio bienestar?  Por otra parte, también puede ser peligroso  ayudar siempre si con ello estamos contribuyendo a que la otra persona no aprenda a desenvolverse, explorar otros caminos o aprenda del fracaso.

Me gusta el caso de Sofía, estaba dispuesta a ceder el asiento finalmente, pero ella eligió defender su necesidad y eso supuso que al final la solución llegara sin que nadie se viese perjudicado. ¡Genial!

No me parece posible encontrar una regla general que sirva para saber cuando hay que decir No, creo que es un equilibrio tremendamente complicado donde los casos de fracaso son inevitables, es decir, a veces sufriremos a causa de otros y otras veces haremos sufrir, así es la vida. Reflexionar sobre los pros y contras es entrar en una rueda sin fin de pensamientos. A no ser que lo tengamos muy claro, lo que me parece importante es atender a ese pellizco en el estómago, como indicador o aviso de que algo no va bien. Confiar en que la intuición, a través del cuerpo, nos ayude a determinar el límite. Y una vez tomada la decisión, no complicarse más la vida con lo que debería haber hecho, entregar el resultado al destino, confiar en que, lo comprobemos o no, la respuesta ha sido la más adecuada en ese momento.

No todas las soluciones dependen de nosotros, sonríe y confía 🙂 acaso el universo encuentre la mejor solución que tú no podrías ni siquiera imaginar.

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