Procesos

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Todas las enseñanzas espirituales vienen a decirnos de alguna manera que tenemos que reconocernos como la divinidad, entender que no existe la separación: no es que Dios en su gracia divina entre en nuestros corazones y los ilumine. Es más bien que nuestros corazones son el mismo Dios y todo lo que cada uno de nosotros manifestamos es divinidad; toda la creación, todo lo manifestado es divinidad. Si, todo con su luz y con su oscuridad también, es divinidad.

Aceptar que somos divinidad significa confiar plenamente en la sabiduría divina, que también es nuestra propia sabiduría, en que todo ocurre por algún motivo y con algún fin. Es abrazar las sombras e iluminarlas con nuestro amor, nuestra luz interior. Es fundirse con la creación y nutrirse de su esencia, que es nuestra propia esencia. Contado así parece cómodo, sin embargo no lo experimento así. Lo más normal es identificamos con la vida, los aconteceres, las ilusiones, las expectativas, los miedos, el dolor, amor y desamor, todo eso que nos atrapa en la experiencia vital y nos hace sufrir. Al fin y al cabo es natural, estamos encarnados y nuestra experiencia vital es poderosa.

Vivir la vida con intensidad y entusiasmo no lo veo incompatible con aceptar la divinidad. Sería incluso deseable poderlo experimentar con alegría, ligereza y pasión, como una sucesión de aventuras extraordinarias, así como Peter Pan en la obra original de J M Barrie. Pero no somos niños perdidos, hemos madurado, asumimos responsabilidades, aceptamos sacrificarnos en pos de un bien superior, por eso más que aventuras yo lo llamaría procesos.

Procesos, etapas, aprendizajes, experiencias maravillosas, unas veces dolorosas, otras felices. Lo importante de la vida para mí es entender los procesos, gozarlos en el momento en que ocurren, aprender de la enseñanza, trabajar para desarrollar nuestras capacidades, proyectos e ilusiones, superar los retos, los reveses inesperados, descubrir nuestra naturaleza divina en el día a día. Todo eso, en definitiva, que hace que la vida no sea simplemente una sucesión de cosas que nos pasan y por las que vamos navegando con mayor o menor fortuna. Conozco bien ese sentimiento de sentirse arrastrado por los acontecimientos, sin tiempo, sin ánimo ni orientación de cómo retomar el control. El cansancio de acostarme y pensar que el próximo día no traerá más que una nueva ración de lo mismo. Ya no acepto eso, en vez de dejar que las cosas ocurran sin más, acepto el reto de entregarme a la experiencia vital con todas sus consecuencias. Pero eso no significa que me abandone a lo que venga, eso no, yo tomo el timón, dirijo mi rumbo, analizo y respeto mis sentires y necesidades, me esfuerzo en conseguirlos.

Finalmente llegaremos a fundirnos todos en esa esencia divina que somos, pero vivamos el proceso intensamente. Y si es con alegría, mejor.

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Un comentario »

  1. Muy interesante y bonito el artículo, ¡enhorabuena! Yo tengo claro, tras la lectura del artículo, que no he conseguido desprenderme de las enseñanzas católicas que recibí (o es que las interpreté mal). Por ello me cuesta trabajo pensar que Dios somos todos, que formamos parte de la divinidad. Cuando leo “Dios” o “divinidad”, me imagino a un ser todopoderoso, omnipresente, que me vigila y controla y que me dice, a través de sus representantes en la Tierra, lo que tengo que creer y hacer. Pero entiendo lo que quieres decir en el artículo; si cambio la palabra Dios por otra (energía, alma universal, conciencia universal…..) todo me queda claro.

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