Liberar la culpa

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La culpa es una carga muy pesada. Puede que sea la más pesada de todas  las cargas, desde luego la más difícil de liberar porque es uno mismo quien se la echa encima, nadie más te crea una culpa si no la sientes ya dentro de ti. Y de ti mismo no te puedes esconder.

Yo me puedo sentir culpable por no hacer aquello que creo que debería hacer, para que las personas a las que quiero se sientan bien. También por no resolver algún problema en la vida cotidiana, alguna dificultad en el trabajo. Por no disponer del tiempo suficiente para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Por acumular tensión y cansancio, por el mal humor que me provoca el estrés.

La culpa se acumula silenciosamente, como un alambre de espino que va rodeando el corazón y lo oprime dolorosamente. El dolor de las expectativas no satisfechas, de la responsabilidad que asumo sobre cosas que no puedo cambiar. Finalmente también me siento culpable por no ser capaz de reconocer esas limitaciones. Y culpable de agotarme con la culpa, de no saber encontrar un equilibrio entre lo que es entregarme más allá de lo necesario y conveniente, que me deja con una sensación de vacío, insatisfacción,  incapacidad. Cuando lo que realmente deseo es disfrutar de las cosas que hago, consciente de que las hago con gusto y por propia voluntad.

Hay momentos en los que quisiera poder escapar, desprenderme de esos amarres, librarme de la culpa. Y no es fácil porque de alguna manera la sensación de obligación, el sentimiento de responsabilidad, están profundamente arraigados en mí. Cómo me puedo permitir desprenderme de lo que les ocurra a los niños, los padres, la familia. Cómo voy a dejar de ocuparme de que las cosas de la casa y la administración financiera. Cómo voy a desentenderme del trabajo y los asuntos sociales. Y qué pasa conmigo, con mis deseos, mis aficiones, mis propias necesidades. Todo eso forma parte del esquema de mi personalidad, mi yo consciente, en resumen, es el ego que yo construyo.

Pretender cambiar mi forma de vida es un reto complicado, porque hay que empezar por asumir que las creencias, las ideas sobre lo que yo creo que soy y de cómo debería ser mi vida, ya no me sirven. Pongo un ejemplo, considero que es bueno ser puntual, por tanto me exijo ser puntual y si por alguna razón me atraso, me estreso, me enfado y me siento mal por no llegar a tiempo. Cuando identifico el problema y me digo “no TENGO que ser puntual, me permito llegar tarde”, el primer efecto es que algo dentro de mi se revuelve y se rebela, hay una resistencia enorme. Pero pruebo a decirme cosas como “solo por hoy”, “voy a jugar a ver que pasa si”, consigo cambiar mi actitud y entonces aparece la sorpresa ¡las cosas se acomodan sin problema! Y si llego tarde (sin querer, claro), al menos puedo aparecer con una sonrisa, en vez de con mal humor 😉

Finalmente he llegado a la conclusión de que intentar liberarme de mis esquemas mentales puede resultar muy liberador. No sé en que medida puedo o quiero cambiar mi ego, pero seguro que me ayuda a encontrar un equilibrio que me permita vivir en mejor armonía.

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