La alegría de vivir

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Las penas pesan en el corazón, como cantaba Nino Bravo. En mi corazón las siento como los mocos de un catarro, densos y pegajosos, no es fácil desprenderse de ellos, como tampoco lo es soltar las penas. Por contra las alegrías son livianas, etéreas, brillantes y como tales, efímeras, pasan ligeras y se evaporan rápidamente, a veces incluso pasan por mi lado sin que les preste atención. Puede que sea esa la auténtica naturaleza de su ser o también puede que sean solo espejismos de mi mente, que se derrite con el calor.

Es bien sabido que es bueno soltar de vez en cuando la carga de las penas, compensar el cansancio y la tristeza que se acumulan en el día a día, con una buena dosis de alegría. En estos días veraniegos de julio y agosto, en casi todas las localidades hay fiestas que nos invitan a ello de mil maneras, además de las deseadas y merecidas vacaciones. Sin embargo los días de fiesta pasan rápido y a la vuelta de la esquina están de nuevo las penas, justo ahí donde las dejamos. Bueno, ¡que me quiten lo bailao! Desde luego que sí, pero es bueno contar con otros métodos que me ayuden en cualquier otro momento.

Hasta el día de hoy, mi método infalible, el que siempre me sirve y que es útil para cualquier tipo de problema o circunstancia, es la meditación. Una buena meditación o incluso, un intento que se queda en nada más que eso, un intento de meditar, me trae la bendita paz, el sosiego y la confianza que necesito en momentos de dificultad. Las nubes se abren, entra la luz, primero un poco y luego más, sin darme cuenta las cosas se van ordenando de tal manera que de repente los conflictos encuentran solución, o si no la hay, aparece el consuelo.

Y para compensar esa idea de que el mundo está lleno de desgracias y sufrimiento, de lo que la prensa parece tan empeñada en convencernos, cuando medito me entrego al simple gozo de contemplar cómo la naturaleza es generadora de vida en cualquier circunstancia, siempre de forma desinteresada y generosa. Me deleito en cómo la belleza se manifiesta cada día en miles de instantes llenos de inmensa hermosura, independientemente de que nos detengamos a disfrutarlo o no, como una noche estrellada, el dulce aroma de las flores, la alegría de un pájaro cantarín, o el gesto cariñoso de un ser querido. Instantes cotidianos de felicidad que hay que disfrutar al máximo, es muy conveniente detenerse y observar, porque son sutiles y pasan ligeros, por eso hay que aprovechar para gozarlos intensamente, como se goza de un beso o un abrazo.

Quizás al principio de la meditación necesite activar la intención de desprenderme momentáneamente de las penas, dado su carácter persistente. Pero cuando entiendo que mi deseo, como el de todo ser humano, es ser feliz y que el mundo me ofrece infinitas posibilidades de serlo, entonces alcanzo un punto de tranquilidad donde todo empieza a encajar y se armoniza. Entonces soy capaz de retomar las penas, abrazar la vida en su totalidad y aceptarla tal como es, también las penas son pasajeras. Ya no me impiden ser feliz, vivir la vida con alegría, tal como hacen los niños.

Que disfrutes del día, recibe un abrazo lleno de alegría.

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