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Cicatrices

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Desde que nacemos ya sabemos que la vida es un ciclo, un tiempo del que disponemos para vivir experiencias. En mi juventud, con su divina venda de locura, recuerdo no ser consciente de los peligros y arriesgarme sin medida, como si fuese inmortal. Como consecuencia de todo lo vivido, el cuerpo adquiere cicatrices, algunas visibles, otras más sutiles o profundas. Yo ya tengo unas cuantas.

A menudo me pregunto el por qué de las cicatrices, por qué alguna heridas se curan completamente, pero otras dejan huella. ¿Y cuánto tarda en curarse? Por qué a veces termina por casi desaparecer alguna que se ha demorado durante años. Su comportamiento no parece ser siempre previsible, el cuerpo actúa marcando algunas heridas más que otras o sanando a veces mejor que otras.  Por otra parte, pero también encuentro similitud con este comportamiento, algunos sostienen que las marcas de nacimiento son huellas de lesiones anteriores a nuestro nacimiento. Interesante.  También las enfermedades parecen tener un carácter hereditario. Qué sorprendente que el cuerpo humano pueda memorizar tanto. Qué maravilla la forma que tiene nuestro cuerpo de experimentar la vida y expresarse de forma autónoma a nuestra conciencia. Qué lejos estamos de entender completamente el cuerpo que habitamos.

Imagino que el propósito de esta memoria celular pueda ser mantenernos prevenidos de cierto peligro que en algún momento pasado no supimos evaluar correctamente. Por eso miro mis cicatrices con cariño, son situaciones ya superadas y avisos para tener en cuenta en el futuro. Aún así me gustaría llegar a sanar o resolver cualquier situación pasada que pueda afectarme en el futuro, poder liberarme tanto de las cicatrices visibles, como de aquellas huellas sutiles grabadas en mi memoria celular pero no en mis recuerdos conscientes.

Durante mis prácticas de TDA con Avihay, he llegado a practicar distintas técnicas y he podido comprobar su eficacia para rescatar estas huellas o memorias que alberga el cuerpo: meditación, “rebirthing“, regresión… Me parece que uno se puede estar trabajando y explorando hasta el infinito, sanado todo lo pasado y acumulado en el cuerpo. Y aún así, cuando de forma inesperada se manifiesta algún problema de salud y exploro cuál pueda ser su origen, siempre encuentro alguna relación con el momento presente, con la situación actual que justifica su aparición. Finalmente entiendo que tampoco tiene sentido tanto explorar y buscar en la memoria, porque requiere demasiada dedicación, demasiado tiempo. Me parece preferible encontrar un equilibrio entre indagar en mi interior y vivir en el presente. Y confío plenamente en que lo que tenga que manifestarse aparecerá en el momento adecuado y entonces, igual que con las cicatrices, por muy incómodo que resulte, lo miraré con cariño porque sin duda me está enseñando algo del momento presente que necesito atender.

Aprendo a amar mis cicatrices y también a darles las gracias con alegría cuando se van. Y a ti ¿qué te dicen tus cicatrices?

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Escucha abierta

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He tenido la oportunidad de presenciar a Sergi Torres en directo y ha sido muy interesante. La sesión tuvo lugar este 28 de octubre en el acto de clausura del curso de Educación Holista, en un coloquio entre Sergi y los allí presentes.

Lo primero que me sorprendió de Sergi fue la manera de “deconstruir” la pregunta que se le formula. A menudo te dice que en realidad no sabe cuál es la respuesta y entonces parece que empieza a indagar, te hace repetirla una y otra vez, volverla a explicar o ampliar algún aspecto, hasta que uno mismo llegue a comprenderla en profundidad y a sentir el origen de la pregunta. Pues sostiene que la respuesta se encuentra en la propia pregunta y que de hecho cualquier información que él pueda aportar no te va a servir, ya que su respuesta le sirve sólo a él y ha de encontrar la respuesta que te sirva a ti.

El proceso resulta a veces divertido para la audiencia e imagino que algo incómodo para quien se vuelve de forma inesperada el objeto de tan profunda y exhaustiva exploración. Uno está acostumbrado a exponer la pregunta y ponerse a la escucha, cuando pides consejo o ayuda, esperas que te propongan ideas, alternativas o mejor aún, una ruta clara y concreta hacia la solución. Estamos acostumbrados a buscar soluciones en maestros o en internet, porque casi nada es nuevo y casi todo lo que nos pasa ya le ocurrió a alguien más, a que la solución nos llegue desde afuera. Pero Sergi se cuela por detrás y busca esa respuesta particular y personal que hay en ti, en eso es como un mago sacando un conejo de la chistera. Preguntas por algo que crees que no sabes pero él te va guiando hasta hacerte entender la necesidad real dentro de ti, hasta que la respuesta surge de ti y entonces no necesitas que nadie te la explique porque ya lo ves.

Lo segundo que me sorprendió es su escucha real a la pregunta tal y como nace de ti, su escucha es abierta, como si apartara todo lo que hay en él para enfocarse sólo en lo que expresa y siente la persona que plantea la pregunta. Y al mismo tiempo el absoluto respeto a esa solución que brota de uno mismo, con ese respeto demuestra su convencimiento claro de que esa es la respuesta perfecta para ese preciso momento. Tampoco interviene en valorar ni enjuiciar si la respuesta que surge de la persona es la más correcta o aunque uno perciba que es incompleta, da igual. Lo único que parece importarle es que tú lo veas y si no lo ves, ahí se queda porque es justo lo que necesitas.

Esa capacidad de Sergi de respetar a la persona en su propio proceso, en su momento, su situación presente y particular, me impresionó. A mi me costaba trabajo cerrar la boca y escuchar, porque cuando uno oye una pregunta que juzga clara, responde en automático, estamos muy habituados a generar respuestas, ofrecer alternativas y presuntas soluciones, pretendiendo así que entendemos la situación de la persona. No es así, en realidad lo que ofrecemos es la respuesta a una pregunta en el modo en que nos la hemos formulado a nosotros mismos y ofrecemos la respuesta particular que nos sirvió a nosotros. Que tampoco es despreciable.

Sergi ha abierto una puerta a mi comprensión de lo que es escuchar a una persona sin intentar interpretar o intervenir, sólo observarla en su proceso y celebrar la maravilla que hay en ello. Es una lección de humildad, porque uno ha de desprenderse de su propia sabiduría o experiencia para escuchar desde el máximo respeto la situación de la otra persona, para amablemente iluminar su propia capacidad de entender el fondo del problema y resolverlo. Una lección importante que particularmente dirigida hacia los educadores, cobra mucho más significado. Gracias Sergi.

 

Trascender la necesidad

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Tal y como yo lo siento, la necesidad es una emoción muy similar al miedo en el sentido en que ambas tienen carácter propio por si mismas. Me explico, hay miedos concretos: a la oscuridad, al vacío, al dolor, a la soledad, etc. Sin embargo parece que a veces un miedo esencial se instala como una densa nube gris en el corazón, a partir de ese momento lo impregna todo con su sombra y empezamos a tener miedo de todo, a vivir con miedo. Así también la necesidad puede ser concreta, necesito alimentarme, afecto, dinero, comprensión, etc. Pero en ocasiones resulta ser una sombra persistente que consigue que ningún alimento me sacie, ningún afecto me parezca el adecuado, ningún dinero suficiente… La sensación de carencia se instala en mi persona y entonces no encuentro consuelo en nada, me sumerjo en la constante necesidad.

Aunque en principio no resulte para nada agradable, la necesidad como tal me parece que juega un papel importante en la vida, entender mis necesidades me ayuda a conocer qué es aquello que puedo explorar para que mi cuerpo o mi espíritu evolucionen en la experiencia de vivir. Desde luego me parece positivo necesitar más cosas además de las básicas, salud, sustento y afecto; por ejemplo alegría, conocimiento, viajes, diversión, cosas que están a mi alcance o que me puedo procurar de algún modo. Ya no me parece tan bueno cuando la necesidad pasa a ser algo tan grande que me posee y condiciona mis pensamientos y mis emociones, de tal manera que mi necesidad parece ser un destino inevitable o algo inalcanzable, porque eso me lleva a la  infelicidad. Y entonces entiendo con claridad que finalmente sólo hay dos cosas que realmente necesito por encima de todas las demás: ser feliz y vivir con amor.

Si la observo desde la tranquilidad, entiendo  que la necesidad puede ser una gran maestra, por duro que resulte. Me muestra precisamente aquello que no sé apreciar, valorar o procurarme. Cuidado, en absoluto estoy hablando de renunciar o resignarme a la realización de mis necesidades, las más triviales o las más importantes ¡la vida es para gozarla! Lo que me propongo consiste en no anclarme al resultado, entender que se puede ser feliz y vivir en el amor sin condicionarlo a la realización de lo que me proponga, tanto si resuelvo mis necesidades como si no.

Me parece importante vivir la vida sin renunciar nunca a la felicidad y al amor, incluso en las condiciones más difíciles. Recuerdo algún viaje por lugares más desfavorecidos, donde las necesidades de la pura supervivencia formaban parte de la vida cotidiana, y sin embargo he podido encontrar las más abiertas muestras de alegría, felicidad y amor. Prueba indiscutible de que aún en circunstancias adversas, la vida puede brillar en todo su esplendor.

Por desgracia, no confío en que aprender la lección que me muestra una necesidad sirva para que desaparezca esa carencia, me temo que no funciona así la cosa. De lo que si tengo un convencimiento claro es de que trascender la necesidad me ayudará a buscar y experimentar la felicidad más allá de lo que me corresponda vivir. Y eso no me parece poco, la verdad.

 

 

 

 

 

 

Se acabó el verano

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Y con el verano se acabó también ese tiempo que me había dado de descanso, de abrir hueco para poner en pausa todas aquellas tareas cotidianas, de abrir espacio en el tiempo para descansar el cuerpo y relajar la mente.

Ha valido la pena y bien podría prolongarlo un tiempo, pero lo cierto es que ya tengo ganas de hacer cosas. Llega el momento de retomar las actividades habituales: la familia, los deportes, la música, los amigos, los asuntos de la casa, ¡rápidamente se llena la agenda! y resulta que así, de sopetón, los próximos 15 días ya están ocupados. Aún no ha comenzado la actividad y ya empiezo a sentir el desasosiego que me produce esta sensación de falta de tiempo, de caer en una red de tareas que me atrapa sin posibilidad de movimiento. Respiro profundamente y busco la paz en mi interior, todo puede pausarse de nuevo. ¿Por qué esa inquietud? ¡Si estaba deseando retomar las actividades!

Desde mi paz interior aprendo eso que se llama fluir con las circunstancias, que en mi caso consiste en tomar conciencia de que tener una lista de cosas que deseo o necesito hacer más grande que el tiempo disponible, no es un problema en si mismo. Más bien al contrario, es una gran alegría tener ilusión, sentir curiosidad, disposición y ganas por hacer tantas cosas. Si no se pueden hacer todas, pues no pasa nada, poquito a poco irán saliendo las oportunidades​, planeo las que me convienen y no me preocupo de la agenda, me abro a la posibilidad de cambiar o cancelar algún plan cuando surja algo inesperado. Teniendo previstas las cosas que están planeadas para el futuro, fijo mi atención en el momento presente, no miro más allá de hoy, no quiero que la preocupación por el mañana me distraiga de disfrutar plenamente las actividades actuales.

Desde mi paz interior acepto las circunstancias que yo he elegido, las actividades que me he propuesto realizar y elijo vivirlas desde el gozo, la alegría y el amor. Con el deleite y la pasión con las que me propuse emprenderlas. ¡No renuncio a eso! Es que si no es para disfrutar, no vale la pena hacerlo.

Y sobre todo tengo muy presente la necesidad de tomarme un tiempo diario donde soltar de forma consciente toda la actividad, para poder descansar en la paz profunda. Tiempo y espacio para reconocerme en mi esencia, más allá de las circunstancias que constituyen mi vida. Y disfrutar de la alegría simple de vivir, ser y estar. Sólo desde esta separación de la actividad cotidiana puedo sentir verdaderamente que soy yo, desde mi voluntad, quien experimenta la vida y no al revés, que la vida es una sucesión de cosas que me vienen.

Empieza un nuevo viaje, ahora casi son otras vacaciones.

 

 

 

Elemento Espacio

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Recientemente estuve en un taller de Lu Jong impartido por Yuki Michiwaki. Para quien no lo conozca,  Lu Jong es un Yoga tibetano que en este caso trataba de Los Movimientos de los Cinco Elementos. Me pareció muy interesante, instructivo y beneficioso. Cuando Yuki estuvo hablando de los cinco elementos según el budismo tibetano, hubo algo que me impactó especialmente. Al hablar sobre el elemento espacio me invadió una sensación de conocimiento y comprensión, de repente una cuestión que en mi vida es un motivo de tensión empezó a cobrar sentido.

Según el punto de vista tibetano, todos los fenómenos de la existencia se componen de estos cinco elementos: espacio, viento, fuego, agua y tierra. El viento tiene la cualidad de movimiento. El fuego calor y transformación. El agua fluidez y cohesión. La tierra solidez y estabilidad. Y el espacio es el equilibrio de los otros cuatro elementos, es responsable de crear separación — espacio — entre las cosas.  En nuestro cuerpo el espacio es lo que lo mantiene todo en su propio lugar, permite la apertura entre las células, así como la oquedad de los intestinos y demás. (extraído de:  https://tulkulobsang.org/es/conocimientos-tibetanos/tibetan-medicine)

Hay ocasiones en las que siento que me falta espacio. Espacio en la agenda, por más que disfrute de lo que hago, necesito más tiempo “libre” en el que poder elegir lo que me apetece hacer justo en ese momento…, o no hacer absolutamente nada. Me gusta sentir espacio alrededor, tener libertad de movimientos. También espacio a la vista, mirar y expandir la vista a lo lejos, al horizonte, a las estrellas. A veces siento que me apetece separarme de todo, aislarme, buscar la soledad, la naturaleza, el silencio, la quietud, un espacio exclusivo para mí. Curiosamente parece que me falte espacio en el cuerpo, porque mi capacidad pulmonar es justita, mis orificios nasales tienden a ser pequeños y a veces me cuesta respirar.

Ahora me doy cuenta de que el espacio que yo estaba buscando está generalmente en mi exterior, pero resulta claro que esa necesidad que yo achaco siempre a condiciones externas, no responde a una situación externa concreta. Me explico, también puedo estar en una vorágine de actividad o en una melé de gente y no sentir esa necesidad de espacio. Por tanto debe haber algo más que explique mi sensación de necesidad de espacio.

Al practicar los movimientos de Lu Jong sentía que eso es justo lo que estaba necesitando realmente. El equilibrio que proporciona el crear espacio entre las cosas externas. Pero también la importancia de crear y sentir ese espacio en el interior. Sentir esa liberación, ese descanso que significa soltar todo, permitirse por un instante no saber, no buscar, no intentar comprender, no arreglar nada. Si puede ser meditando, genial. Si no, también me sirve relajarme, cerrar los ojos y respirar sin pensar en nada concreto, descansar en la naturaleza, mirar las estrellas o las nubes, escuchar música, hacer deporte…

Mi maestra Asun Tejero lo decía: el yoga no es hacer por hacer, hay que sentirlo. El cuerpo es un maestro, te habla y expresa cosas que puedes entender si estás atento. Hay que escuchar, así es como el yoga te enseña. Importante lección la que me ha traído el Lu Jong. Gracias Yuki.

Las afirmaciones positivas

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Para mí las afirmaciones positivas son un tesoro. Como dice la magnífica Louise Hay, “Las afirmaciones abren puertas. Son puntos de partida en el camino hacia el cambio”. Comparto la opinión de que pueden transformar tu vida. Esta afirmación me gusta especialmente: “Merezco todo lo bueno que el universo tiene para darme y lo acepto ahora”.

El caso es que la avalancha de frases, mensajes, imágenes y presentaciones que corren actualmente por las redes, a veces me satura. ¿Os pasa lo mismo? Por desgracia, me he vuelto impermeable y ya no consigo interesarme, no me llega el mensaje, ya no me atrae. Es más, hasta puedo comprender a los que hablan del “positivismo” que invade las redes en modo despectivo. Pero también me duele este efecto perverso, porque desvirtúa su poder y convierte en insulsas las afirmaciones más poderosas. Aún peor, creo que la excesiva difusión de frases positivas puede provocar un efecto similar al de esos alimentos con l casei cuando dicen que si te habitúas a tomarlos, el cuerpo deja de producirlo de forma natural y te vuelves dependiente del producto. Así también uno puede acostumbrarse a depender de lo que recibimos externamente, en forma de mensajes, horóscopo, señales, etc. olvidando nuestra propia capacidad natural de convertir las situaciones adversas en oportunidades de mejora.

Ciertamente, es muy bello ese instante en que una frase ocasional me llega en el momento justo, con un mensaje que me impacta y me hace entender o reflexionar, o me ofrece la solución a algo que me inquietaba. Pero también he descubierto que es muy divertido jugar a intentar trasformar los pensamientos o emociones negativas y observar cómo se produce el cambio. La diferencia está en que en este caso hay un trabajo interior, no dependo de lo que me viene de fuera. Para ello lo primero que hago es explorar las sensaciones en el interior de mi cuerpo, mis pensamientos y emociones, saber lo que me inquieta y tratar de entender lo que necesito, esto es lo más complicado a veces. A partir de ahí, construir la frase que me alienta, me motiva o me consuela. Una frase personal, construida a la medida del momento en que se necesita, tiene mucha fuerza.

Aun así, en ocasiones, la afirmación positiva no es eficaz por sí sola. Las cosas no se disuelven tan fácilmente y sigue quedando una nube oscura que enturbia el alma y pesa en el cuerpo. No conviene ignorar las dificultades, las resistencias, porque entonces seguirán siempre ahí presentes, aunque no seamos conscientes, inmunes al mensaje positivo. Si hay algún obstáculo, es importante tenerlo en cuenta. El primer paso hacia el cambio es siempre reconocer y aceptar la situación actual. Si es así, entonces mi frase positiva empieza por esta maravillosa palabra “aunque”. Por ejemplo, “Aunque siento el temor que me provoca este cambio, confío en mi capacidad para afrontarlo y me entrego a disfrutar de las ventajas que me va a traer”.

El juego de transformar mi realidad consciente, es impresionante. Se puede empezar por cosas sencillas. No seas exigente, no esperes cambiar en un par de veces que lo pruebes o en un par de días. Simplemente cada vez que lo necesites, repite tu frase afirmativa y cambia ese momento, eso es suficiente. Después de un tiempo, cuando pienso en cosas mayores,  simplemente me digo “¿y por que no cambiar esto también?” y ya no hay límites. No me vale el “yo soy así” o “las cosas son así”, todo es mutable. AUNQUE las cosas son así ahora, me abro a la posibilidad de encontrar una alternativa que me permita ser más feliz ahora, en estas mismas circunstancias.

Te invito a experimentarlo.

 

 

 

Vacaciones

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No lo vi venir, empezó con una sensación continua de falta de tiempo, por mucho que quisiera seleccionar las tareas, mi agenda estaba siempre completa. Además del trabajo y de las tareas necesarias de cada día, también las actividades dedicadas a la familia, amigos, entorno social y por supuesto, también para mí. No he olvidado dedicar tiempo para lo que para mí, a nivel personal, eso es importante.

Sin embargo, sin que yo lo advirtiera, algo cambió de tal manera que empezó a disolverse la diferencia entre trabajo, ocio y satisfacción personal, todo se convirtió en quehacer y no me daba tiempo. Intenté aplicar los ajustes y medidas para resolverlo como si fuese algo transitorio, pero lejos de pasar, empeoraba. Llegó el momento en que todo me venía mal, todo me agobiaba. Físicamente también lo noté, cansancio, cansancio continuado. Un catarro, otro, que extraño… Finalmente me di cuenta, era puro y simple agotamiento.

Me agoté y no entendía por qué había pasado, al fin y al cabo mi nivel de actividad tampoco había cambiado tanto en estos últimos días. Lo que hace unos meses era normal, relajado y hasta placentero, ahora se había convertido en algo apenas soportable. Mi cuerpo reclamaba ansiosamente parar, soltar toda actividad o pensamiento, lo único que me pedía y el cuerpo era silencio, soledad y acercarme a la naturaleza para recargarme en ella. Necesitaba vacaciones.

Busqué en mi interior intentando encontrar la causa de este agotamiento y encontré una respuesta. Es un ciclo. Parece que de tanto en cuanto mi cuerpo necesita períodos de descanso, espacios vacíos donde soltar toda actividad, preocupación o expectativa, para simplemente reposar y dejar ir toda aquella carga innecesaria. Esto incluye actividades, proyectos, emociones, pensamientos… Y eso es exactamente lo que estoy haciendo, en la medida de lo posible, atender esa necesidad de descanso por un período que será largo, probablemente durante todo el verano.

Hay un ciclo que se cierra y estoy haciendo espacio para algo nuevo que viene, algún cambio que todavía no se en que consistirá, pero tampoco me voy a preocupar. Simplemente me entrego al descanso, una alimentación saludable, compañía amorosa y el amor de la naturaleza. De momento es lo que necesito. Afortunadamente la vida me provee con todo aquello que necesito.

Gracias a la vida, una vez más.

 

 

El camino del corazón

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He probado ambos extremos: abordar las dificultades en la vida desde el intelecto analizando la situación, pros y contras, esquemas para la toma de decisiones, reevaluación de la situación, análisis de los resultados. Un abordaje activo y esto funciona. También el extremo opuesto: renunciar a cualquier comprensión racional, la aceptación total de la situación y de las circunstancias, el desapego de las emociones, detenerme y fluir con la vida sin esperar nada. Y también funciona. Son dos herramientas útiles para caminar por la vida y resolver dificultades, las pequeñas se resuelven fácilmente, sin embargo hay veces que aplicar las herramientas no resulta suficiente, siento que en mi interior queda un poso de tristeza, o también como una nube gris que me envuelve y me hace ver el mundo oscurecido. ¿De que me sirven estas técnicas si el resultado no me hace feliz? No soy un autómata o un zombie, soy un ser vivo, palpitante y sintiente. Necesito atender las demandas de mi corazón para que mi experiencia vital sea plena y satisfactoria.

Entre lo mejor que me ha enseñado la meditación, está el ser capaz de entrar en el corazón y sentir (parece que he dicho algo trivial, pero para mí era algo dificilísimo). En este caso para sentir cuál es la causa de mi infelicidad, sentir cuál es mi necesidad, la respuesta se muestra clara y resulta evidente. El corazón me muestra lo que necesito experimentar y eso no me lo aportan ni el intelecto ni el desapego, cuando ambas técnicas se aplican solo desde la mente y la voluntad.

Según las enseñanzas de los maestros, lo ideal sería aprender a morar siempre en el corazón, que nuestra vida sea una consecuencia armoniosa del sentir, pensar y luego actuar, o más bien interactuar en un entorno donde todo es yo porque yo soy todo. Personalmente me siento más bien como un pez que nadara en el océano; a veces en una zona conocida, otras explorando lo ignoto, a veces en la superficie donde según el día hay calma u otras tempestad, otras veces en el fondo profundo donde parece que nada llegue a afectarme. A veces en armonía, otras a merced de los elementos, en ocasiones identificándome con mi experiencia vital y percibiendo el todo en momentos especiales de lucidez y esplendor.

Llegar a tener conciencia del todo no parece ser una garantía de que en el futuro podamos permanecer anclados en él, entiendo que esto es un nivel para grandes maestros. Los que estamos en el camino del aprendizaje, a mi entender, tenemos que buscar el anclaje al ser en cada momento y si la vida nos aleja de él, se vuelve y no pasa nada. No importa tanto cómo me mueva por entre las circunstancias de la vida, siempre que tenga en cuenta el sentir de mi corazón. Al corazón no lo puedo convencer con estrategias o argumentos, que probablemente atienden a preferencias culturales o sociales más que a mi propia necesidad. Tampoco lo puedo ignorar refugiándome en el silencio interior, eso es una forma de evasión, no de afrontar el problema. Si mi corazón reclama que viva una experiencia, da igual si es conveniente, práctica, placentera o todo lo contrario, es mejor escucharlo y ver por donde me lleva. Bienvenido sea, sin duda será algo que me ayude en mi evolución. El corazón es para mí como una brújula que me guía por el camino del vuelta a la armonía y al ser.

La familia

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Es un tema tan delicado como relevante: está claro que la familia es un componente poderoso en el desarrollo de nuestra vida. No resulta fácil percatarse de ello, porque cuando nacemos nos concebimos como individuos únicos y especiales, crecemos ejerciendo nuestra independencia y nuestra libertad para elegir el camino de vida que deseamos. Sin embargo, nacemos de una familia y luego normalmente creamos otro grupo familiar, perpetuando así una línea de evolución. ¿Hasta qué punto permanecemos ligados a la influencia familiar en nuestra vida o somos libres como individuos?

Me resulta evidente, por ejemplo, que unos padres que demuestran confianza en las decisiones y capacidades de sus hijos, fortalecerán su autoestima y seguridad. Por otra parte, unos padres temerosos pueden alimentar la inseguridad y limitar la capacidad de desarrollo de sus hijos. La influencia de los padres en nuestro desarrollo, el ambiente familiar, las creencias y la cultura nos impactan directamente en nuestro crecimiento como personas. Pero también la herencia genética, mi cuerpo es una consecuencia física de mis padres y por tanto reproduce en muchos aspectos la constitución de mi familia, tanto para lo malo como para lo bueno.

Si es así con lo orgánico, me pregunto hasta qué punto ocurre también con lo mental o emocional. Sin duda habré heredado carácter, gestos, costumbres, experiencias, memorias… En eso consiste la evolución, pero ¿se pueden heredar también recuerdos, emociones, gustos, preferencias, miedos o traumas? Aspectos de mi personalidad que yo considero como algo propio, pueden tener un vínculo familiar, puede incluso que formen parte de la experiencia personal de mis abuelos, bisabuelos, a quienes ni siquiera traté o conocí. Hacerme consciente de ello es un primer paso importante para comprenderme mejor y liberarme de esos lazos inconscientes, evitando también continuar con la transmisión a las siguientes generaciones.

Apenas empiezo a comprender cómo impacta la historia familiar en mí como persona, y también me cuestiono en qué medida se produce el efecto inverso. Cómo mis circunstancias personales pueden llegar a influir en la familia. Obviamente, si yo sufro dificultades, mi familia también sufrirá conmigo. Es tan inevitable como inútil, porque no se puede repartir el dolor ni el sufrimiento, sufrir por los hijos no les ahorra sufrimiento a ellos, quizás aún lo empeore. Resulta más fácil entender el mecanismo de transmisión de los problemas, pero ¿y las alegrías? En qué medida mi felicidad, mis logros, mi aprendizaje, mi alegría pueden impactar en la familia, tanto en la descendencia como en los ancestros. Si este mecanismo existe, mi experiencia vital ya no es un asunto personal, estaríamos hablando de algo así como un karma familiar, una conciencia familiar que evoluciona como entidad en la medida que evolucionan cada uno de sus individuos. Algo así como lo que en psicología llaman el inconsciente colectivo, pero más pequeño, más familiar. A mi me parece fascinante.

Pedir ayuda

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Es la rueda de la vida, samsara, lo que Avihay llama el eje horizontal, el quehacer de cada día junto con los acontecimientos, mis acciones, mis reacciones, las emociones, los deseos. Todo eso es el fluir de la vida, a veces gozosa y armoniosa, otras veces la rueda parece que coge fuerza y cuanto más rápido gira, más fuerza coge, más pesa.

Entiendo que haya quien viva solo a lo largo de éste eje horizontal, haciendo de ello su propósito, esforzándose por que todo cuanto se nos plantea en el camino tenga éxito, por sobrellevar el peso de la rueda haciendo de ello un triunfo. Pero a mi eso no me satisface, ya no, cuando veo que la rueda me atrapa en su inercia, no me siento bien. Necesito ese eje vertical, soltar el lazo que me ata a la rueda o al menos aflojar, para dejarme caer hacia el centro, el espacio interior,  el corazón, la paz. O bien subir hacia la espiritualidad, la trascendencia, la conexión con el todo. Necesito las dos dimensiones.

Y a veces no consigo aflojar la tensión, la cuerda se tensa y ya desafino, tanto se está tensando estos días que está a punto de partirse. Me pregunto por qué están ocurriendo tantas cosas en este preciso momento que me llevan a la crispación. Y cuando creo que ya no puedo más, caigo en la cuenta de que no se me ha ocurrido pedir ayuda. No hay necesidad de llamar a ninguna puerta, simplemente activar la intención desde mi interior. El cambio llega cuando dejo de empujar la rueda a toda costa, para detenerme a exclamar ¡Ayuda, por favor! Y la ayuda viene, se tiende una mano amiga con sabios consejos, veo situaciones en otras personas que me sirven de ejemplo, aparecen alternativas. Y sobre todo, la bendición de las pequeñas cosas, las más sencillas. Un momento de paz, algo de luz, un bocado de chocolate, el abrazo y cariño de las personas más próximas.

Llega el momento en que aparece el entendimiento y entiendo el por qué de lo que pasa. Cuando llega esa claridad, me doy cuenta de que todo lo que ha pasado me ha servido para comprender que aunque progrese en la vida, siempre aparecen nuevos retos en forma de dificultades, puede incluso que antes estuvieran allí, pero me resultaban imperceptibles, inconscientes. Ahora se presentan para poderlas entender y aprender liberarme de esa carga.

La vida no es un atropello, la rueda no te tiene que pasar por encima, es para disfrutarla. Cada uno elige la carga que lleva en ella, pero que sea gozosa. Cuando no lo es, es solo una lección más que toca aprender, suelta peso, no pasa nada. Y siempre aprendiendo, por suerte eso nunca se acaba.

Uno de los ejemplos que me ha inspirado es el de mi apreciada Maestra de Corazón, Belén Piñeiro. Aquí os lo dejo, para que lo disfrutéis.

Es muy fácil

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¡Es que es muy fácil! Para cualquier problema o dificultad, no importa el tamaño, solo hay que entrar en el corazón y sentir cual es mi necesidad, cuáles son las dificultades. Así de simple ¿por qué lo complicaré tanto? Como los gatos que dan unas cuantas vueltas en círculo antes de sentarse, así cuando tengo algún conflicto o problema le doy vueltas y más vueltas, pero cada vez me parece más difícil.

A lo largo de la vida he ido acumulando experiencia y sabiduría, aún así me doy cuenta de lo fácil que me resulta olvidar lo aprendido. Sé que si camino al menos media hora al día, mi espalda me lo agradece, pero en cuanto deja de molestarme las espalda me olvido de los paseos y me ocupo con otras cosas. Luego, cuando empiezan los problemas me empiezo a preocupar, será esto o lo otro, tendré que ir al médico, hacerme pruebas. Igual me pasa con otras cosas que aprendí y que me sirvieron durante un tiempo, cuando las necesitaba, luego las he ido olvidando. En la creencia de que ya no las necesitaba, he minusvalorado su fuerza. Parece que con cada situación tenga que buscar nuevas soluciones para los nuevos problemas. No siempre es así, las cosas sencillas, las más básicas son casi siempre las que mejor funcionan.

Es muy fácil, respirar, dejar los pensamientos relajarse y caer, poco a poco, respirar, soltar las preocupaciones, simplemente centrarme en la paz interior y sentir, sentir en el corazón, sin juzgar, sin intentar comprender, sin involucrarme. Usando la respiración como una bomba que insufla espacio interior, calma, claridad, luz. ¿Cuál es mi auténtica necesidad?, ¿Cuál es mi deseo? Primero solo uno, luego seguiré con los demás. Conocer mi necesidad desde el sentir, es lo esencial que hay que descubrir. ¿Cuáles son los obstáculos? ¿Qué me impide realizar mis deseos? A partir de que observo la situación, encuentro fácilmente las herramientas y recursos necesarios para saber lo que tengo que hacer, ya los conozco, seguro que a lo largo de mi vida ya tengo aprendidos más que suficientes.

Es muy fácil. Solo hay que sentir. Nacemos con ello, cualquier niño sabe lo que quiere, pero nos hacemos mayores y nos distraemos con otras cosas, con lo que tengo, debo, me han dicho o he aprendido a hacer. Con lo que es supuestamente correcto o adecuado. Olvidando lo que más importa por encima de todo, que es ¡Ser feliz!

La vida es bella

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En el espacio interior de la meditación no son necesarias las palabras, así una imagen puede expresar un sentimiento o sintetizar una emoción de tal manera que no soy capaz de expresar en estas líneas.

Cuando siento cómo vivo yo la vida, con sus muchos problemas y sus dificultades, pero con ganas de disfrutar y gozar del regalo de nuestra vida, de las maravillas de la naturaleza, del amor, me parece que no existe nada más bello. Pero cuando medito y reposo en la plenitud, la paz y la armonía que encuentro en mi interior, también siento que no puede haber un lugar más bello. Me quedaría eternamente allí.

De alguna manera llega a mi mente la visión del mar y una ola que se bate en la orilla. En el fondo del mar reposa esa energía, descansa y se prepara para arrancar, coger impulso y saltar como una ola hacia lo desconocido. Toda la ola es belleza, pasión y energía. Golpea la orilla y arrastra piedras, arena, algas y algún indefenso ser que ha visto su mundo saltar por los aires, quizás hasta su propia existencia. Finalmente pierde su fuerza, al tiempo que crece la atracción hacia la fuente, hacia el fondo marino que succiona poderoso. En su camino de regreso arrastra todo lo que queda a su merced, para volver a integrarse con el inmenso océano. Como una destructora Kali, la ola arrasa la vida, para crear más vida.

La imagen en su conjunto tiene para mí una belleza sublime, indescriptible. Y es capaz de aunar en una secuencia continua lo que para mí es el significado de la vida, junto con lo más hermoso de la meditación, sin fisuras ni etiquetas. Cada vez que respiro inhalo con el mar cuando nace una nueva ola, exhalo con la ola que vuelve al mar. La vida es bella y maravillosa. Si algún día me pierdo, buscadme en la orilla del mar, donde pueda respirar con las olas.

Liberarse del ego

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Un visitante, periodista irlandés, le preguntó abiertamente “¿Tengo razón al creer que usted es Dios?” Sri Ma respondió, “No existe otra cosa que no sea Dios mismo, todo y todos no somos más que formas de Dios. Dios está también en ti, para traer darshana”. El insistió, “¿Por que estás en este mundo?”, “¿En este mundo?”, contestó Sri Ma, “No estoy en ningún sitio, reposo en mi interior” Durante la misma conversación el irlandés dijo “Yo soy cristiano”, Sri Ma respondió “También yo, cristiana, musulmana, lo que quieras que sea”. (Extraído y traducido a mi manera de http://www.anandamayi.org/paramahansa-yogananda-2/)

Estas palabras de Anandamayi Ma aparecieron inadvertidamente en mi mente tal como surge una melodía, una y otra vez daban vueltas en mi cabeza. Estaba en el retiro de Avihay en diciembre “Renacimiento en el Ser”.

Me interesé por la biografía y obra de esta santa porque Avihay suele poner su foto junto a una vela, acompañada de Babaji y Ramana Maharshi. La información que leí en internet no me interesó demasiado, me resultaba un poco extraña una persona que parecía vivir en una dimensión diferente de la muestra, como ausente. Pero precisamente ese párrafo si que me llamó la atención, quizás por extraño. ¿Qué significado tiene eso de que puedo ser “lo que tú quieras que sea”? Para mi sonaba a falta de identidad, a alguien voluble y cambiante. No son cualidades que personalmente valore. Sin embargo, por alguna misteriosa razón a medida que transcurría el retiro y resonaban esas palabras en mi mente, cada vez cobraban más sentido. Finalmente me transmitían una sensación de profunda sabiduría, algo sublime, nítido, maravilloso.

Desde mi perspectiva pensaba que tener una identidad era algo importante, tener algo que te defina como persona, sin embargo Anadamayi no tiene interés en definirse, le da igual que la veas como una u otra cosa. Ahora está claro, ¡cómo puede alguien que comprende que es divinidad pura limitarse a una definición tan simple! Cuando Dios está en ti y tu te sientes parte de la totalidad, no puedes entrar en un traje tan reducido como para creer que soy esto o aquello. Simplemente porque el infinito de las posibilidades está en tu mano, es tu elección.

No ser nada, al meditar, no es comparable a disolverse o desaparecer. Lo maravilloso de entrar en ese vacío es sentir ese punto donde se juntan las imágenes del ying y el yang, donde la nada se convierte en un infinito armonioso y perfecto. Se rompe la barrera del ego y pierde su significado. En la vida diaria, significa una liberación, no es necesario sujetarse a ningún esquema mental preconcebido. Simplemente puedo sentir en cada instante, vivir y expresar desde lo que siento, sin importar ni la imagen que pueda proyectar al resto de personas, ni mis propias creencias sobre lo que soy o debería ser. De algún modo eso es Renacer en el Ser, como nos enseña Avihay.

El piloto automático

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Cuántas veces decimos “estoy con el piloto automático” refiriéndonos a nosotros mismos. Tal como yo lo entiendo es levantarse ya con la rutina de saber lo que tienes que hacer cada día, lavarte, vestirte, desayunar, llevar a los niños, ir al trabajo, preparar la casa, el gimnasio, la reunión, acaso un ratito de descanso, cena, familia, a la cama … vuelta de nuevo un día más ¿Es eso vivir? ¿Y cuánto tiempo de nuestra vida pasamos así?

Tengo la impresión de que hasta tal punto se ha convertido eso en lo natural, que ya ni nos sorprende. Es fácil dejarse llevar por la corriente del quehacer diario y los condicionamientos sociales y familiares. O cómodo también, en cualquier caso es declinar la propia responsabilidad de lo que hacemos en la vida, para culpar a las circunstancias, a los demás o a la vida misma de todo lo que nos suceda.

Yo tengo un método para salir del “modo automático” en el que entro más frecuentemente de lo que quisiera. Seguro que alguien lo puede adivinar… ¡si!, meditar. Si es que es simple, al sentir que no controlo la marcha de los acontecimientos, que todo sucede como respuesta a una programación, que no hay conciencia ni libertad en lo que hago, lo mejor es parar. Lo malo de parar es que a menudo no me es suficiente, me toma un tiempo relajarme y hacerme consciente de dónde estoy, quién soy y entender cuál es mi sentir verdadero. Otras veces simplemente estoy tan “en modo automático” que ni me doy cuenta de que lo estoy, por eso me parece importante incorporar la meditación a la rutina de cada día; no importa el tiempo: el que haya, simplemente parar un instante o respirar por un momento con la conciencia de tomar contacto con mi ser y sentir.

Es verdad que a veces parece que al meditar se proyecta la realidad como una película en la participamos con los roles que vamos eligiendo en la vida. Y que a veces esa realidad particular parece tener tan poca importancia, todo es relativo, que apetece soltarse. Sin embargo soltar los roles y programaciones que no nos corresponden no es renunciar a la vida, no se trata de fluir y dejarse llevar por las circunstancias. ¡Al contrario!, es tomar conciencia de nuestra situación actual, soltar todo aquello que considero que ya no necesito para mi evolución y sentir mi necesidad real. Solo eso.

Tomar conciencia de mi camino del alma desde la conciencia, la responsabilidad y la libertad se consigue poco a poco. Sin embargo es impresionante observar como solo con tomar conciencia cambia el panorama personal, mi vida cambia de forma natural y armoniosa. Obviamente hay muchas circunstancias que pertenecen a una realidad colectiva y que no van a cambiar porque yo cambie. Pero incluso éstas las experimento de distinta manera, no me involucro en el resultado, que no puedo cambiar, pero tampoco renuncio al papel que quiero vivir. Así es como meditar me conecta más a la vida.

Amar La Tierra

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Quién no se ha emocionado alguna ver al ver la magnificencia de un atardecer, la belleza sutil de una flor o la ternura de un cachorrillo. Maravillas de la creación en nuestro planeta. Cada uno de nosotros es en esencia parte de este planeta, terrícola, nacemos en él, nos alimentamos con lo que nos da, respiramos su aire y a él retornamos al fin de nuestros días. Por qué entonces nos consideramos tan ajenos a la Tierra, como si fuésemos unos simples inquilinos.

Supongo que es natural al nacer y crecer, sentirnos únicos y especiales, separados de el resto del universo, conscientes sólo del entorno más próximo, así desarrollamos nuestra individualidad. Más tarde, algunos más que otros, desarrollamos una conciencia ecológica y pensamos en cuidar de la naturaleza y proteger sus recursos. Pero para mí, en este momento de mi vida, el planeta es mucho más que un hogar. Siento al planeta en su conjunto como un organismo vivo y palpitante, que se expresa y que se enfada, que nos cuida y nos protege. Por eso me duele cuando veo cómo lo arrasamos, explotamos sus dones sin medida y lo llenamos de basura. Lo siento como a un ser querido cuando es maltratado.

Tal como yo lo entiendo y siento en el fondo de mi corazón, nos hemos separado de la vida. El materialismo, consumismo, la industrialización y la tecnología aplicadas sin conciencia, nos enajenan de lo que somos. ¡Pura vida! ¿Acaso la materia y la energía que sostiene nuestra existencia no son la misma que compartimos con el resto del planeta y el universo? Así pues es natural sentir, cuando nos permitimos el lujo de hacerlo, que el sol nos carga de energía, que el agua nos da vida, maravillarse ante el milagro del nacimiento de un nuevo ser, el esplendor de un bosque, la inmensidad y la fuerza de un océano. ¿No nos sentimos más vivos cuando nos relacionamos directamente con la naturaleza?

Así lo siento, cuando medito en la naturaleza es más intenso aún. Entonces puedo sentir que mi identidad se abre a sentir la vida a mi alrededor, no soy yo y mi entorno sino un todo, siento como si una misma luz conectara todo lo que existe, lo etéreo, lo mineral o lo animado. Y en su conjunto me parece de una belleza tan sublime y armoniosa que no siento ningún temor en fundirme en un abrazo de amor con ese todo que es La Vida.

Celebrar la vida

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¿Alguna vez has tenido uno de esos momentos en los que sientes que la vida te sonríe? A veces pasa, un instante de felicidad plena. Y puede que no haya ocurrido nada extraordinario, simplemente porque te levantas descansado, brilla el sol o alguien te dedica un gesto de cariño.

Sin embargo esos instantes me pillan siempre de improviso, como si fuesen un regalo inmerecido. Me pregunto por qué en cambio me resulta tan natural esperar dificultades y problemas. Cuando pienso en ello me viene a la mente la imagen de uno de esos perrillos callejeros que se te arrima moviendo el rabo con mucho entusiasmo deseando una caricia, pero al mismo tiempo con tanto miedo que se acerca y recula sin atreverse del todo a recibir la caricia. Lo decía James Rodhes en la deliciosa entrevista que le hizo Pepa Fernández: tenemos miedo a la felicidad. ( Aquí la podéis oír completa)

Nos educamos en superar los retos, las dificultades, vencer las resistencias, los miedos, para eso tenemos infinitos recursos, para eso estamos preparados. Pero por más que resulte difícil o doloroso de reconocer, el terreno de los problemas lo tenemos más trabajado, es más conocido. ¿Por qué, tanto como lo anhelamos, no nos atrevemos a ser felices cuando tenemos ocasión? Hay instantes felices que pasan ligeros y se van apenas con un suspiro, luego los olvidamos y en vez de regocijarnos en él, comenzamos a anhelar otra cosa. Otras veces la fortuna nos concede algún premio. Imagino que me tocara la lotería, ¿cuanto duraría mi alegría?, al momento me estaría preocupando: hay que pagar impuestos, dónde lo voy a guardar, qué haré con él, cómo me va a afectar… ¡Qué angustia! En resumen, la felicidad parece ser fortuita, efímera y fácil de olvidar. Los problemas, los anticipo, ahondo en ellos y los mantengo en el recuerdo aunque sean una carga. No parece lógico.

Estoy entendiendo que celebrar la vida es algo que también hay que aprender y mejorar. Aprender a aprovechar al máximo y disfrutar de los instantes fortuitos de felicidad, ¡máxima prioridad!, atesorarlos y disfrutarlos como si revisáramos un álbum de fotos antiguas. Prestar atención, porque a veces estamos tan ocupados que no nos damos ni cuenta, y a la que aparece la oportunidad de recolectar una chispa de felicidad, no dejarla escapar. Para las cosas más relevantes, como disfrutar de un hogar seguro, alimentos suficientes, el amor de tus seres queridos, salud, todo eso que cuando lo tenemos lo damos por seguro y no lo valoramos, agradecer cada día, al levantase, al acostarse, al besar, al comer, al descansar. Agradecer por lo que hoy tengo y por lo que ya he disfrutado, también se puede beber alegría de los momentos pasados.

Son muchos años, décadas, siglos, de educarnos en que venimos del pecado y nacemos para sufrir, eso nos condiciona a pensar que lo único que podemos esperar de la vida son desgracias. Pero no es así, la vida está llena de maravillas, es generosa e inmensamente bella. Me permito aceptar que el sol brilla para mí, que el universo me trae bendiciones sin límite y me entrego a disfrutarlas plenamente, no quiero dudar ni que los miedos o los temores me impidan gozar de la vida tanto como sea posible. Me permito celebrar la vida y además le pongo la música de Axel 😀

Un encuentro sorprendente

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A veces ocurren cosas sorprendentes. Tenía que recoger el coche del taller y como me tocaba esperar un ratito, entré en un bar cercano. Mientras me tomaba un café, la camarera se anima a comentar el tiempo, cómo afecta a la salud, sus problemas de espalda y lo que le cuesta relajarse. Bueno, hasta ahí normal. Apenas hice más que asentir cuando de repente se pone más seria y me dice: “A lo mejor te resulta extraño que te lo diga, pero además de quiromasajista, soy una persona que trabaja mucho con la espiritualidad, conozco el Reiki y sé muy bien como relajarme”. Ahí ya se me activan las alertas, esto no puede ser casual. Que en el sitio y en el momento más inesperados aparezca la oportunidad de intercambiar este tipo de experiencias, merece una atención especial. Tiene que tener algún significado profundo, por eso comparto la esencia de esta conversación con vosotros.

La chica me hablaba de cómo el trabajo, los problemas, la vida, necesitan de tanto esfuerzo y dedicación. También del cansancio y el estrés que acumula a lo largo del día. Me contaba que hasta que llegaba a casa y en circunstancias muy especiales de silencio, tranquilidad, no conseguía relajarse. Primero hablamos del cuerpo, la tensión y el cansancio, ella hablaba de las lesiones como algo muy difícil de mejorar. Yo le contestaba que desde mi experiencia con los problemas de espalda, más que procurar aliviar las tensiones y molestias acumuladas durante todo el día con un buen masaje o yoga, que por supuesto que sirve, para mi es mucho más eficaz intercalar pequeños momentos de descanso y estiramientos a lo largo del día. Con el tiempo me doy cuenta que estos pequeños gestos contribuyen a prevenir las malas posturas y las contracturas, así que probado queda que prevenir es mejor que curar.

Luego la conversación pasó al aspecto de la relajación y la meditación. Igualmente intenté transmitirle que para mí un aspecto importante de la meditación es conocer mi estado natural, despojándome de los condicionamientos, las tensiones, el quehacer diario cuando lo tomo como una obligación. Una vez que recupero la paz y la calma, el centro de mi ser, ¿que sentido tiene dejarme arrastrar de nuevo por el torbellino de una vida sin control? El reto es llevar ese estado meditativo a cada instante y situación de la vida cotidiana, y no me refiero a la quietud y la relajación, me refiero al estado de claridad en la conciencia, al control de la voluntad propia, el equilibrio y la armonía. Se puede meditar sentado o corriendo una maratón, no es lo que haces, es la actitud desde la que lo haces. O al menos intentar aprovechar las pausas a lo largo del día para traer calma y relajación, aunque sean solo unos minutos. Como le dije a ella: “ahora que te vas a poner a hacer la paella, prueba con este pequeño reto, observa si puedes poner atención en tus gestos y posturas para que no te tensiones, intenta respirar profundamente y calmadamente, intenta disfrutar de lo que haces. Si al terminar la paella has conseguido un poquito de lo que buscabas, ya tienes un beneficio, hazlo cada vez un poquito más y cada vez te resultará más fácil. Si un día no te sale, no te culpes, no pasa nada, lo intentas al siguiente”

Me sorprendo cuando me veo dando éstos consejos, me doy cuenta de cuánto he aprendido en éstos pocos años y de lo mucho que he cambiado. ¿Por qué no nos enseñan esto ya desde el cole?

El observador

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Cuando desde la meditación mindfulness se habla del observador, quien no conoce su significado o no lo practica, tiende a interpretar que el meditador pretende alejarse del mundo y observarlo sin intervenir, sin involucrarse. Para mi no es eso. Eso es identificase con la persona, pretender que tu eres eso que vive y que te puedes aislar del mundo que te sostiene, enfocándote sólo en la experiencia personal, carece de sentido.

Esta es una de esas cuestiones que se puede explicar de una y mil maneras, sin que quien lo lea llegue a comprender del todo. Igual que explicar un color o una sensación, si en la persona que escucha no hay un sentimiento o experiencia similares no se puede entender. No obstante yo voy a aportar mi particular punto de vista.

La experiencia de la meditación me lleva a darme cuenta de que mucho de lo que consideraba mi persona, eso que creo que soy, son meras influencias externas, influencias culturales o familiares, lo que me han enseñado o lo que he heredado. Mis circunstancias, una combinación de lo que me ha tocado vivir y de lo que yo he elegido a partir de mis decisiones personales. La experiencia de meditar me enseña a abrir un espacio entre todas estas circunstancias y ese yo que las observa. Un espacio de libertad que me permite tomar conciencia y capacidad de control sobre cosas que antes consideraba parte esencial de mi propio ser,  por tanto inmutables, pero ahora veo que no. Mis ideas, creencias, costumbres, preferencias, gustos, actitudes, emociones, sentimientos, todo esto está inevitablemente condicionado, no soy yo. No es ninguna novedad, la ciencia lo conoce sobradamente y se utiliza para la enseñanza, la publicidad, la manipulación.

Meditar es hacerme consciente de que tras ese personaje que experimenta la vida, hay algo más. Algo que alimenta y conduce esa experiencia. De que tengo la libertad de elegir y cambiar lo que creo que soy y como vivo la vida hasta un punto que aún no he terminado de imaginar siquiera. Experimentarlo es un proceso que uno recorre poco a poco, donde va poniendo luz a la ignorancia de identificarse con las circunstancias del entorno y del propio cuerpo, nuestra realidad física. Lo realmente importante del proceso es encontrar que siempre después de cada nuevo descubrimiento sigue habiendo algo que entiende, experimenta y aprende, el observador. Es algo cuya naturaleza no soy capaz de asumir pero lo siento o lo presiento como una energía, una luz, una presencia interior. Desde ese observador contemplo los acontecimientos de cada día, los efectos y el comportamiento de mi cuerpo. A veces cuando observo mis reacciones elijo cambiarlas, otras veces me dejo llevar simplemente para observar lo que pasa, a donde me conduce mi reacción inconsciente.

Hacerme más consciente de lo que no soy, vivir cada vez más desde la conciencia de ese testigo, no me separa de la vida, de las personas o del planeta. Muy al contrario, me une más a todo porque todo parece formar parte de mi misma esencia. Me hace apreciar más la vida como algo maravilloso, un milagro. La vida ya no es algo tan mecánico, automático e inevitable como nuestra mente predecible pretende, si le dejamos tomar el control.

El meditador no se separa de la experiencia para evitarla, sólo se aleja lo suficiente para entenderla con claridad y experimentarla desde la libertad, consciente y plenamente. Es entonces, al salir del torbellino de los acontecimientos cuando el observador se hace consciente de sí mismo y de cómo desea experimentar la vida. Así lo entiendo yo en este momento.

La búsqueda

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He conocido a una persona con un interés tremendo por todo lo que está más allá de lo cotidiano, anda buscando por lo espiritual, por lo esotérico, preguntando, ¿y tu crees en las almas?, ¿como será la vida en el más allá?, ¿como se percibe la energía? Mil y una preguntas, tantas dudas, una búsqueda constante.

Me recuerda la curiosidad e insistencia de los niños cuando están en esa época próxima a la adolescencia y se preguntan que será eso del amor. Eso tan raro que les ocurre a los adultos, que tanto se ensalza, que tanto emociona, que parece ser lo más maravilloso de la vida. ¿Y como le explicas a un niño lo que es el amor y lo que significa estar enamorado? Por más que le digas que ya le llegará, el niño no podrá evitarlo, andará indagando, preguntando. Pero es para nada porque algunas explicaciones ni las entenderá, la mayoría de las repuestas tampoco le llegarán a satisfacer. Probablemente hasta le parezca que en general todo esto del amor es una inmensa tontería, un cuento inventado o una enfermedad de los mayores.

Es inútil, nunca llegará a entender por lo que le cuenten lo que realmente significa enamorarse ni por qué se le da tantísima importancia. Y es que uno no puede llegar nunca a entender verdaderamente el amor hasta que lo sienta en su propia carne. La experiencia lo es todo en este caso, en parte también porque cada cual lo experimenta de una manera particular, diferente a los demás y eso no es transferible. Nadie puede darte un poco de su experiencia personal ni experimentar el amor por ti, lo mismo que la manzana que yo me coma tampoco te va a alimentar ni llegarás a percibir mis sensaciones, sólo puedes imaginarlo.

Igual que pasa con el amor, ocurre con otras cosas: por ejemplo con lo que se siente al meditar o con lo que significa desconectar de la realidad ordinaria, percibir energías sutiles o sentir la presencia de otros seres, encarnados o no. Por más que acumules conocimiento, teorías, ciencia, ni por mucha fe que tengas, nada de esto te hará siquiera aproximarte un poquito a lo que significa la experiencia real. Sólo hay una forma de conocerlo y es a través de la experiencia personal. Claro que el conocimiento y compartir experiencias ayuda, pero también en tu búsqueda encontrarás mucha información que a ti personalmente no te sirva o incluso que sea falsa, tendrás que tomar decisiones porque hay infinitas maneras de llegar a la experiencia y has de elegir la que te más te conviene. Finalmente si de todo lo que aprendes no hay nada que te satisfaga, puede que la respuesta esté en tu mismo interior, ese mundo desconocido. Puede que en el fondo de ese anhelo, en esa sensación de curiosidad, esté la raíz de un recuerdo y que sea ese recuerdo el que provoca tu búsqueda, el deseo de volver a experimentar eso que surge de las profundidades de tu ser como una memoria profunda.

Para este tipo de personas sólo puedo recomendar que tengan paciencia y que no se ofusquen. Presta atención a lo que tienes, a lo que te ofrece la vida y procura disfrutar de ello cada día. Es mejor hacer de la búsqueda un camino agradable, en lugar de dejarse llevar por la frustración y preocuparse por aquello que puedas echar en falta. Lo mismo que le decimos a los niños: aprovecha ahora y disfruta de ser niño que ya tendrás tiempo de ser mayor. Cuando llegue lo que anhelas, llegará; sigue la búsqueda, indaga, pero con una mente abierta y confiando en tu instinto, no te cargues de ideas y de prejuicios que puedan más tarde impedirte reconocer y valorar tu propia experiencia.

Como dice Kavafis en su bellísimo poema Itaca:

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos…

Soltar el personaje

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Imagino que un actor de teatro tiene que experimentar algo similar antes de entrar en escena. Me refiero a soltar eso que pensamos que somos, vaciarse completamente de la personalidad propia para asumir otra totalmente ajena, como quitarse un traje para ponerse otro. Y el papel nuevo que asume el actor a lo mejor le resulta cómodo o no, agradable o desagradable, divertido o muy exigente emocionalmente. Pero igualmente le permite experimentar con aspectos de la idiosincrasia humana que uno no viviría en su experiencia personal, igual que el espectador que presencia la obra que también experimenta con los personajes de la obra.

Meditar también tiene mucho de eso, relajar los sentidos, entrar en un espacio interior dejando la realidad de la que soy consciente en estado de pausa, quitarse por un momento el traje de la persona que creo que soy, para experimentar esa luz en mi interior y el sentir más intimo de mi corazón. También es una experiencia interesante, porque desde ese centro y a la luz de mi conciencia interior, a menudo me doy cuenta de aspectos de mi personalidad con los que ya no me identifico o hasta me incomodan.

Llevar este ejercicio de soltar el personaje a la vida cotidiana es la evolución lógica, pero no resulta tan fácil, es curioso como uno se acostumbra a ciertas actitudes y comportamientos, los hábitos que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, eso que llamo ‘mi forma de ser’ y que parece tan difícil de cambiar. Supongo que hay alguna componente física, incluso química del cerebro, que nos hace sentir más cómodos y seguros cuando actuamos desde la costumbre, lo ya conocido y aprendido. Muy interesante la conferencia del Dr. Joe Dispenza ‘Desarrolla tu cerebro‘ donde explica esos mecanismos que nos hacen vivir siguiendo patrones automáticos de comportamiento.

Por eso soltar el personaje me parece un juego interesante y divertido, pero jugar por jugar, no. El beneficio del juego está en hacerlo desde la conciencia de mi ser interior. Cuando reacciono ante una determinada situación, observo antes de actuar esa reacción automática, la interiorizo y siento si quizás me apetece expresar una respuesta distinta. Una vez que decido experimentar con una respuesta diferente, lo hago sinceramente, de corazón, sin fingimiento ni evasivas. Y sigo observando como me siento con esa respuesta, el esfuerzo que me supone asumir una postura diferente, tanto si es de enfrentamiento con un no, como si supone ceder y acoplarse a una circunstancia que no es de mi total agrado.

Es curioso, finalmente me doy cuenta de que no importa tanto la decisión que haya tomado ni el resultado, soltar el personaje habitual me proporciona una impresionante sensación de libertad. La libertad de ser en cada momento lo que desee ser, sin la preocupación de mantener una imagen habitual. Es muy bonito amanecer cada mañana libre para ser lo que quiero como un ser que acabara de nacer a la vida, incluso nacer en cada momento, exhalar y ser una persona nueva. Me hago consciente de que la personalidad es algo tan mutable como la ropa, lo realmente importante es conectar con la auténtica esencia de mi persona y tener el valor de escoger el comportamiento, la actitud más acorde con mi sentir. ¿Será eso el libre albedrío?