La meditación con apoyos

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A lo mejor parece por el titulo que hoy el tema va de lo que nos sirve de ayuda para meditar: una música relajante, un espacio tranquilo. ¡Casi!, pero en realidad vamos a comenzar por hablar de lo contrario: los obstáculos, las dificultades o resistencias que encontramos para la meditación. Es normal que cuando empezamos a meditar nos encontremos con obstáculos, me refiero a ese ruido que distrae, esa molestia de la espalda o la cadera, un picor en la garganta, el torbellino de pensamientos que no cesa… ¡Tantas dificultades! ¿Que tal si utilizamos esos obstáculos como apoyos a la meditación?

Esa es la interesante propuesta que leí en el libro La alegría de vivir, del renombrado maestro budista Yongey Mingyur Rinpoché. Al principio me sorprendió la idea, me pareció contrario a lo que espero de la meditación, mi deseo de armonía, paz. Luego recordé que ciertamente se parece mucho a otros planteamientos que ya había practicado antes, como por ejemplo enfocarme en los pensamientos y en el espacio que hay entre un pensamiento y otro, o también respirar a las molestias físicas. Es la misma idea, pero más ampliado.

Simplemente, en cualquier momento de la meditación en que pueda surgir cualquier sensación, emoción o idea que turbe mi calma, en vez de incomodarme por ello, simplemente observo desde mi centro, sin involucrarme. Observo las resistencias, los obstáculos y desde el anclaje en mi conciencia los dejo manifestarse, expresarse. Los observo y les concedo mi atención consciente. Esta simple acción ya desencadena efectos positivos, comprensión, ideas que afloran a mi mente. A menudo el obstáculo es algo trivial y pasajero, se disuelve pronto. Otras veces hay inquietudes más duraderas que permanecen a mi lado como una rémora, meditan conmigo, hasta que algún día finalmente desaparecen. No creo que aún fuese capaz de confrontar algo más severo, algo así como un dolor persistente, pero desde luego ese es un desafío que no deseo experimentar por el momento.

Y resulta que sin proponérmelo, casi sin darme cuenta, encuentro que la idea de utilizar los obstáculos como apoyos a la meditación ha calado en mí. Tanto que hasta en el día a día, cuando encuentro un contratiempo, de repente se vuelve la tortilla y empiezo a observar eso que me quiere atrapar, como hace un tornado que atrae todo lo que encuentra a su paso. Y me sorprendo adoptando la misma actitud que en la meditación, el contratiempo pierde fuerza, mi respuesta cambia.

Sí, meditar con apoyos es una enseñanza muy interesante. Un ejemplo más de cómo la meditación me enseña a vivir la vida de forma más armoniosa y feliz.

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Empieza el curso

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Han pasado unos cuantos años desde que acabaron mis actividades estudiantiles, pero igualmente mi vida se sigue organizando según ese calendario. El primero del año no es el uno de enero, para mí el año comienza a partir del 15 de septiembre, como el curso escolar.

Y comienza muy bien, habiendo descansado en el período estival. Un descanso físico, porque el calor anima a una menor actividad, pero sobre todo un descanso mental y espiritual. En verano me gusta soltarlo todo (lo que se pueda, claro), actividades, relaciones, pensamientos, inquietudes, rutinas, compromisos. Descansar al máximo de toda actividad programada para dejarme llevar por la tranquilidad, el reposo y entregarme, plácida, simplemente a lo que me apetezca en cada momento.

El verano es un tiempo muy agradable, pero inevitablemente llega septiembre y empieza la velocidad. Comienza el año y empiezo a plantearme cuáles serán mis actividades ‘extraescolares’, por llamarlo así. Me refiero al tiempo de ocio, lo que no es trabajo externo ni trabajo en casa, el alimento del alma. Algo de actividad física, algo de compartir con la familia, tiempo para disfrutar de la naturaleza y la música. También actividades formativas, conferencias y prácticas en los conocimientos sobre la persona, su naturaleza y la salud, tanto física como espiritual. Y cada vez más, tiempo para compartir conocimientos y experiencias con otras personas, acciones de voluntariado.

Se configura el calendario del nuevo curso con cosas interesantes que planeo con entusiasmo, ¿por qué entonces esa resistencia interior?, ¿por qué ese pellizco en el estómago? No tardo en darme cuenta, cada año pasa igual ¡NO CABE EN LA AGENDA! Imposible, no hay tiempo para encajarlo todo. Y para colmo las propuestas imprevistas, ¡me encantaría!, pero es que ya no hay hueco. Ya me conozco y sé que tanta actividad me termina agotando. Si me subo a un tren que me lleve tan rápidamente de un sitio para otro, por más que sean cuestiones que yo interesada y voluntariamente haya elegido, termino por no disfrutar y sin aprovecharlo. Así no compensa.

Es inútil pelear con el calendario, resulta frustrante tener que seleccionar, descartar y planificarlo todo dejando huecos para el descanso. Respiro un momento y me viene al recuerdo algo que quizás leí, decía que no puedes pelear con la oscuridad, empujarla fuera de un lugar; simplemente no es posible, porque no funciona así. Lo que sirve es llevar luz allí donde está la oscuridad, eso lo cambia todo. Esta reflexión me ayuda a entender que no es tan importante planificar y encajar todo a la perfección, no ahora, las circunstancias a menudo cambian. Basta con iniciar poco a poco las cosas, algunas salen, otras se descartan solas, a veces también hay que asumir algún no: no puedo estar en dos sitios a la vez, todavía no 😉

Lo más importante es encontrar siempre el hueco para meditar, si no encuentro hueco, entonces necesito meditar más tiempo. Es fundamental porque ese es el eje que me lleva a mi centro, donde todo se ordena, encaja y aparecen las respuestas. En ese fondo del corazón, donde los pensamientos y quehaceres de la vida cotidiana pierden su influencia, es donde todo cobra sentido. Solo así vale la pena afrontar la vida, momento a momento, gozando cada instante, consciente del presente. Solo importa el momento presente, es que no existe nada más. Simple.

La alegría de vivir

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Las penas pesan en el corazón, como cantaba Nino Bravo. En mi corazón las siento como los mocos de un catarro, densos y pegajosos, no es fácil desprenderse de ellos, como tampoco lo es soltar las penas. Por contra las alegrías son livianas, etéreas, brillantes y como tales, efímeras, pasan ligeras y se evaporan rápidamente, a veces incluso pasan por mi lado sin que les preste atención. Puede que sea esa la auténtica naturaleza de su ser o también puede que sean solo espejismos de mi mente, que se derrite con el calor.

Es bien sabido que es bueno soltar de vez en cuando la carga de las penas, compensar el cansancio y la tristeza que se acumulan en el día a día, con una buena dosis de alegría. En estos días veraniegos de julio y agosto, en casi todas las localidades hay fiestas que nos invitan a ello de mil maneras, además de las deseadas y merecidas vacaciones. Sin embargo los días de fiesta pasan rápido y a la vuelta de la esquina están de nuevo las penas, justo ahí donde las dejamos. Bueno, ¡que me quiten lo bailao! Desde luego que sí, pero es bueno contar con otros métodos que me ayuden en cualquier otro momento.

Hasta el día de hoy, mi método infalible, el que siempre me sirve y que es útil para cualquier tipo de problema o circunstancia, es la meditación. Una buena meditación o incluso, un intento que se queda en nada más que eso, un intento de meditar, me trae la bendita paz, el sosiego y la confianza que necesito en momentos de dificultad. Las nubes se abren, entra la luz, primero un poco y luego más, sin darme cuenta las cosas se van ordenando de tal manera que de repente los conflictos encuentran solución, o si no la hay, aparece el consuelo.

Y para compensar esa idea de que el mundo está lleno de desgracias y sufrimiento, de lo que la prensa parece tan empeñada en convencernos, cuando medito me entrego al simple gozo de contemplar cómo la naturaleza es generadora de vida en cualquier circunstancia, siempre de forma desinteresada y generosa. Me deleito en cómo la belleza se manifiesta cada día en miles de instantes llenos de inmensa hermosura, independientemente de que nos detengamos a disfrutarlo o no, como una noche estrellada, el dulce aroma de las flores, la alegría de un pájaro cantarín, o el gesto cariñoso de un ser querido. Instantes cotidianos de felicidad que hay que disfrutar al máximo, es muy conveniente detenerse y observar, porque son sutiles y pasan ligeros, por eso hay que aprovechar para gozarlos intensamente, como se goza de un beso o un abrazo.

Quizás al principio de la meditación necesite activar la intención de desprenderme momentáneamente de las penas, dado su carácter persistente. Pero cuando entiendo que mi deseo, como el de todo ser humano, es ser feliz y que el mundo me ofrece infinitas posibilidades de serlo, entonces alcanzo un punto de tranquilidad donde todo empieza a encajar y se armoniza. Entonces soy capaz de retomar las penas, abrazar la vida en su totalidad y aceptarla tal como es, también las penas son pasajeras. Ya no me impiden ser feliz, vivir la vida con alegría, tal como hacen los niños.

Que disfrutes del día, recibe un abrazo lleno de alegría.

La fábula del tiburón

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Mi querida maestra Ute me dio a conocer una interesante historia que podéis leer aquí, no sé si tiene un fundamento cierto, de cómo los pescadores japoneses descubrieron que el pescado que capturaban en alta mar y que transportaban vivo, se mantenía mucho más fresco introduciendo un pequeño tiburón en el tanque donde viajaban los peces. La historia la tengo dando vueltas en la cabeza porque me parece bastante inquietante, me incomodan las consecuencias morales de la fábula. Me explico.

Tal como lo plantea Ute, es un bello ejemplo de que el stress puede resultar positivo. Tiene sentido si entiendo que una señal de stress puede ser también un estímulo, una motivación. Bien es cierto que muchas personas necesitan y agradecen los estímulos para avanzar, personas que trabajan mejor bajo presión, que esperan hasta el último momento para hacer las cosas. Claro que los retos y las dificultades son una oportunidad para crecer, pero como ese tipo de comportamiento no va con mi carácter, a mi me extraña y me sorprende que alguien llegue al extremo de meter un tiburón en su vida. Evidentemente uno correrá más si te persigue una fiera que tiene la intención de comerte, pero ¿lo necesitamos hasta el punto de estimarlo positivo?, ¿de verdad puede alguien desear un tiburón en su vida?

Mientras reflexionaba sobre este tema, la vida que es una maestra impecable, me ha mostrado un par de experiencias en las que he podido constatar que efectivamente hay personas que agradecen y buscan al tiburón. Qué enfadado venía mi compañero contando cómo alguien quería boicotear su trabajo, enfadado era lo que yo pensaba, queríamos tranquilizarlo sin mucho éxito, pero es que en realidad estaba muy contento ¡Así trabajaba con más ganas!. “Me encantan las dificultades”, dijo tan campante, “Ahora se va a enterar todo el mundo de la importancia de lo que yo hago”. Ahí está el tiburón, yo preocupándome por la situación y él tan feliz. Y ahora que lo entiendo, me doy cuenta de que incluso si no hay ningún tiburón a mano hay gente que se lo inventa, que va buscando enemigos donde no los hay. Basta cualquier pretexto para entrar en el papel de víctima, sentirse amenazado y ¡A disfrutar del chute de adrenalina!

No es tan agradable sin embargo, reconocer que a veces alguien encuentra en mi persona al candidato ideal para hacer el papel de tiburón. Una perspectiva crítica, exigente, puede ser un don cuando es bien utilizado, pero incluso con la mejor de las intenciones, puede ser también  la oportunidad que aproveche alguien que ande buscando su tiburón particular. Qué magnífico aprendizaje, ahora puedo discriminar cuándo soy yo quien se excede en ayudar o cuando es la otra persona la que me utiliza en el papel del tiburón que necesita. No es grato que en vez de agradecerte un consejo, te acusen de meterte donde no te llaman, pero sin duda duele mucho menos cuando entiendo que no es mi actitud la que provoca siempre el enfrentamiento. Hasta puedo llegar a aceptar el papel de tiburón si veo que el resultado puede ser positivo.

Es tan interesante todo lo que puede enseñar una simple fábula, quizás por eso me gustan tanto las fábulas y cuentos.

Liberar la culpa

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La culpa es una carga muy pesada. Puede que sea la más pesada de todas  las cargas, desde luego la más difícil de liberar porque es uno mismo quien se la echa encima, nadie más te crea una culpa si no la sientes ya dentro de ti. Y de ti mismo no te puedes esconder.

Yo me puedo sentir culpable por no hacer aquello que creo que debería hacer, para que las personas a las que quiero se sientan bien. También por no resolver algún problema en la vida cotidiana, alguna dificultad en el trabajo. Por no disponer del tiempo suficiente para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Por acumular tensión y cansancio, por el mal humor que me provoca el estrés.

La culpa se acumula silenciosamente, como un alambre de espino que va rodeando el corazón y lo oprime dolorosamente. El dolor de las expectativas no satisfechas, de la responsabilidad que asumo sobre cosas que no puedo cambiar. Finalmente también me siento culpable por no ser capaz de reconocer esas limitaciones. Y culpable de agotarme con la culpa, de no saber encontrar un equilibrio entre lo que es entregarme más allá de lo necesario y conveniente, que me deja con una sensación de vacío, insatisfacción,  incapacidad. Cuando lo que realmente deseo es disfrutar de las cosas que hago, consciente de que las hago con gusto y por propia voluntad.

Hay momentos en los que quisiera poder escapar, desprenderme de esos amarres, librarme de la culpa. Y no es fácil porque de alguna manera la sensación de obligación, el sentimiento de responsabilidad, están profundamente arraigados en mí. Cómo me puedo permitir desprenderme de lo que les ocurra a los niños, los padres, la familia. Cómo voy a dejar de ocuparme de que las cosas de la casa y la administración financiera. Cómo voy a desentenderme del trabajo y los asuntos sociales. Y qué pasa conmigo, con mis deseos, mis aficiones, mis propias necesidades. Todo eso forma parte del esquema de mi personalidad, mi yo consciente, en resumen, es el ego que yo construyo.

Pretender cambiar mi forma de vida es un reto complicado, porque hay que empezar por asumir que las creencias, las ideas sobre lo que yo creo que soy y de cómo debería ser mi vida, ya no me sirven. Pongo un ejemplo, considero que es bueno ser puntual, por tanto me exijo ser puntual y si por alguna razón me atraso, me estreso, me enfado y me siento mal por no llegar a tiempo. Cuando identifico el problema y me digo “no TENGO que ser puntual, me permito llegar tarde”, el primer efecto es que algo dentro de mi se revuelve y se rebela, hay una resistencia enorme. Pero pruebo a decirme cosas como “solo por hoy”, “voy a jugar a ver que pasa si”, consigo cambiar mi actitud y entonces aparece la sorpresa ¡las cosas se acomodan sin problema! Y si llego tarde (sin querer, claro), al menos puedo aparecer con una sonrisa, en vez de con mal humor 😉

Finalmente he llegado a la conclusión de que intentar liberarme de mis esquemas mentales puede resultar muy liberador. No sé en que medida puedo o quiero cambiar mi ego, pero seguro que me ayuda a encontrar un equilibrio que me permita vivir en mejor armonía.

Mi camino del alma

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Recientemente estuve en la reunión de fin de curso de la nueva promoción de TDAs con Avihay. Fue muy emocionante ver a los que han terminado el primer curso, compartir experiencias y recordar esas sensaciones. La sorpresa al reconocer cómo nos ha transformado el curso, la estrecha relación que se crea entre compañeros de curso. Las ganas de abrirse al mundo y seguir experimentando, aprendiendo, comunicando y compartiendo una forma de entender la vida que nos enriquece como personas, que nos trae confianza, paz y bienestar.

Cuando reflexiono sobre mi propia transformación distingo tres lecciones esenciales que quisiera compartir ahora con vosotros. La primera es que yo no soy, como antes pensaba, solo mi cuerpo y mis circunstancias. Soy mucho más que eso. Al expandir mi conciencia mediante la meditación, desaparece la limitación física, siento que mi ser se disuelve en un espacio no sujeto a formas o tamaños, ese ser habita mi cuerpo pero también interactúa con mi entorno. Al experimentar diferentes estados de conciencia que me hacen viajar en el tiempo y el espacio, desaparece la identificación con mi personaje actual. Lo que siento que soy ahora, se abre a una existencia que abarca mucho más que mi cuerpo físico y la experiencia de mi vida actual.

En segundo lugar, mediante las prácticas comprendí que mis experiencias, emociones, sentimientos, no eran muy distintos de los de mis compañeros. De hecho se produce una conexión tan sutil y profunda que finalmente entiendo que formamos todos parte de un mismo sistema, un mismo ser, de una misma esencia. Poco a poco esa sensación se expande hasta abarcar incluso a las personas que no son tan próximas ni tan afines a mí. Se crean una sensación de unidad con todo lo que es parte de la creación y de la vida misma.

Por último, la expansión de la conciencia y la sensación de unidad con todo lo manifestado en la vida, me llevan a percibir las cuestiones de mi vida ordinaria de una forma mucho más liviana. Mi vida no ha cambiado a nivel práctico, sigo haciendo el mismo trabajo, compartiendo la vida con mi familia y las mismas amistades, con algunas incorporaciones nuevas, mantengo las mismas aficiones, etc. Pero todo eso que hago ya no es mi vida, son sencillamente las cosas que elijo experimentar durante este ciclo vital. Las circunstancias de la vida pierden peso, si hay crisis, si ocurre algún accidente, alguna dificultad, me es más fácil de asumir. No siento el sufrimiento como algo inevitable, ni tampoco me obsesiono con perseguir la felicidad. Simplemente me entrego a vivir la experiencia de la vida disfrutándola a cada momento, tal y como es, perfecta en cada instante. Intentando comprender qué me aporta, cuál es la enseñanza que me trae.

Estas tres lecciones son para mí un tesoro, una bendición que ha transformado mi vida. Escribo este blog con la intención de compartirlo con vosotros, consciente de que por mucho que quiera no puedo entregaros mi experiencia, es que no sirve de nada, porque no es cuestión de comprender, creer o tener fe. Cada cuál por sí mismo tiene que recorrer su camino y aprender de sus propias experiencias. Si solo te sirve para orientarte o animarte, recordar tus propias experiencias o disfrutar compartiendo las mías, me alegraré mucho.

El cuerpo es un maestro

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Tal como lo entiendo, el cuerpo físico es el vehículo que utiliza mi ser para vivir y experimentar en este mundo. Es por tanto una manifestación física de mi conciencia personal. Y como tal manifestación, expresa a través de sus células y en su conjunto armónico tanto mi carácter, como mis emociones y mis vivencias. Cuando esa expresión es gozosa no hay problema, pero cuando hay enfermedad ¡Ay!

El cuerpo físico está siempre manifestando, aunque no lo interpretemos, aunque no lo escuchemos, aunque no lo atendamos. Es precisamente cuando hay enfermedad y dolor cuando más insistentemente se manifiesta. Por supuesto que el malestar físico me incomoda y hasta me enfada por no poder hacer las cosas que normalmente haría. Claro que hay un rechazo profundo al dolor y cuando aprieta fuerte aceptaría gustosamente cualquier píldora que me devuelva rápidamente a la normalidad. Pero por más que me cueste, tengo que aceptar que si pongo atención en lo que me está pasando, en qué pudo ser lo que desencadenó el malestar y los efectos que provoca en mi cuerpo, finalmente llego a la conclusión clara de que mi cuerpo es un importante maestro.

No estamos acostumbrados a hacerle mucho caso al cuerpo, en estos tiempos ha habido una tendencia fuerte a encontrar un remedio inmediato para cada problema, ‘tratamiento sintomático’ lo llaman los médicos. Ahora ya se empiezan a tener en cuenta otros aspectos, se habla de medicina integrativa, medicinas naturales, alternativas, de una perspectiva holista, del origen emocional de las enfermedades. Son avances importantes que aún tienen que ganar solidez en nuestra cultura y nuestro sistema sanitario. Lo importante es que si hay interés, uno encuentra los recursos para aprender a escucharse, para trabajar los problemas físicos a un nivel más personal y profundo.

Poco a poco aprendo a entender cómo mi vida y mis circunstancias afectan a mi cuerpo, las cosas cotidianas, los hábitos, mis creencias. Pero no todo viene de mis circunstancias actuales, a veces también se arrastran problemas antiguos, hasta de la niñez. Y más allá de mi propia historia personal, hay una herencia genética, memorias de vidas pasadas. Todo esto en lo relativo a mi persona, pero es que también mi cuerpo manifiesta las influencias del entorno. Las más próximas son las influencias familiares, muy poderosas, luego el entorno laboral y la sociedad en la que vivo. Y finalmente también me afectan las circunstancias ambientales, locales, globales o cósmicas.

Tanto por trabajar que uno se pregunta ¿Y cuando se acaba ésto? Pues mucho me temo que el cuerpo nunca va a dejar de hacer su trabajo mientras haya vida. Por más que uno vaya soltando capas, desgranando traumas o liberando condicionamientos, siempre hay cosas nuevas que aprender. Pero no hay que desanimarse, porque aparte de aprender a agradecer lo que el cuerpo nos enseña, también se van ganando recursos para sobrellevar los problemas físicos y se desarrolla una actitud positiva que ayuda muchísimo. Se aprende a enfocar la atención en lo que importa y no caer en el victimismo, a aceptar las situaciones de la vida y gozar de los buenos momentos. Porque la vida es para disfrutarla, eso no hay que olvidarlo nunca.

Perspectiva

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Esta imagen es muy sugerente para mí porque es así como veo yo la vida. Podemos tener la impresión cierta y clara de que las cosas son justo como las percibimos: alguien diría “¡es redondo!”, pero otro: “¿que no te das cuenta? ¡si es cuadrado!”. ¿Cómo podemos estar seguros de que vemos todo lo que es?, ¿acaso alguna vez podemos estar seguros de conocer la verdad de las cosas?

Para cada acontecimiento en la vida siempre habrá distintas visiones: me he acatarrado, qué pena porque me siento mal; o que bien, así aprovecho para tomarme el descanso que necesitaba. Cuando expreso mi opinión sobre un determinado tema, siempre encontraré alguien que lo vea de una manera radicalmente distinta. Si me hablan de algo nuevo para mí, como la memoria del agua que estudia el Dr. Masaru Emoto, tengo que leer más opiniones, estudiarlo, comprobarlo. Cada cual tenemos nuestra colección de impresiones sobre lo que son las cosas, una idea de la vida, lo que consideramos nuestra realidad y puede cambiar mucho de unas personas a otras.

En lo que a mí respecta, a veces mis opiniones son flexibles, admiten otras opciones, no me cuesta abrirme a otro punto de vista, incluso me divierte. Otras veces salta un resorte automático dentro de mí, una oposición clara ‘¡no puede ser!, ¡me niego!’ y en vez de escuchar, me ocupo inmediatamente de buscar los argumentos que me sirvan para rebatir al ‘contrario’, para demostrar mi verdad. De algunos temas sencillamente me niego a escuchar nada, no quiero saber, porque no me interesa, porque me afecta demasiado, porque prefiero aferrarme a mis creencias, etc. Incluso puede pasar que haya cuestiones que aún sabiendo que tienen distintas caras, yo elija quedarme sólo con la que más me conviene o simplemente la que me resulta más amable.

En definitiva, que nos colocamos en una perspectiva concreta de la vida, voluntaria y conscientemente, pero también y en mayor medida de lo que nos gustaría admitir, de forma totalmente inconsciente. Es difícil de apreciar, aunque algunas personas sí son capaces de hacerlo de forma natural, la buena noticia es que se puede aprender. Podemos aprender a tener una mayor perspectiva de las cosas. Hoy en día los neurólogos hablan de la plasticidad del cerebro, la capacidad de modificar ese tejido que crean nuestras neuronas y que da forma a nuestra perspectiva concreta de la vida. No es necesario sujetarse ya a conceptos, ideologías o herencias. En mejor ganar en conciencia, ampliar la libertad.

Me doy cuenta de que la meditación me ha cambiado mucho en este aspecto, el continuado ejercicio de tomar distancia de la mente, no involucrarse en ideas, pensamientos, no juzgar ni interpretar todo lo que pasa por mi mente. Todo eso que practico durante ese tiempo que dedico a meditar, hace que en la vida cotidiana sea más fácil actuar de la misma manera, ser testigo de mis propias ideas, emociones y reacciones automáticas. Dice Miguel Ángel Sanchez-Quiñones que para reconocer una proyección hace falta ayuda del inconsciente, por ejemplo los sueños. Benditas ayudas que nos facilitan crecer en conciencia, que nos permiten acercarnos más a ese mudo multidimensional del inconsciente. Tengo la sensación de que la meditación me ha ayudado a ver las cosas desde una mayor perspectiva. Y lo más difícil, me ha facilitado el aceptar esa realidad diversa, llena de facetas y de diferentes colores, a reconocer algunas de mis resistencias.

Curiosamente, frente a la sorpresa con la que aprendo todas estas cosas que son muy novedosas para mí, encuentro que la cultura budista lo tiene muy claro y muy estudiado desde hace tiempo, es genial. Y además lo llaman ‘el secreto y la ciencia de la felicidad’. Estoy disfrutando de la lectura del libro de Yongey Mingyur Rinpoche ‘La alegría de la vida’, además, qué bonito título.

Jugando a meditar

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Voy a meditar. Busco un entorno adecuado, una habitación tranquila, ordenada, en silencio, una luz tenue. Me gusta encender una varilla de incienso, una vela, poner una música suave. Encuentro la postura adecuada, que sea cómoda pero no demasiado que me duermo. Me preparo para entrar en mi espacio interior, descansar del bullicio de cada día, conectar con mi espacio interior, mi auténtico ser, dejar que la luz interior ilumine mi corazón, sentir la cálida oleada del amor, descansar en el abrazo de mi guía espiritual, trasladarme a otra dimensión, sentir la unidad con el universo. Si medito más tiempo y con más frecuencia, quizás consiga percibir más, potenciar mis sentidos, realizar milagros.

Cuántas expectativas ¿verdad? Y que serios nos ponemos con el tema de la meditación, casi trascendentales. Cuando hablo de la meditación con mis conocidos, encuentro respuestas muy diversas. Algunos me miran con cara extraña desde la más completa incredulidad; otros están tan necesitados que desean que les cuentes más y más cosas maravillosas, hasta convencerlos de que todo aquello que anhelan creer es real. No quisiera quitarle a nadie la ilusión de que lo que he descrito de la meditación puede ocurrir, porque yo se bien que es muy real. Ni mucho menos decir que no es bueno fijarse metas, el deseo de aprender y mejorar es muy importante. Pero ¿qué pasa si las cosas no suceden como esperamos? Hemos oído tantas cosas sobre la meditación que es inevitable, nos frustramos.

Meditar es una  de esas cosas que no puedes forzar, se aleja cuando lo intentas forzar y entras más en ella a medida que aprendes a soltarlo todo, los sentidos, el cuerpo, la mente, las emociones, los sentimientos, las creencias y hasta la vida misma. Soltar no es despreciar o alejarse de todo ello, es no aferrarse, comprender que todo es pasajero, cambiante. Y no pasa nada porque ese es el proceso natural de vivir, aprender, experimentar. Por eso disfruté tanto de la explicación que hizo Emilio Carrillo en una conferencia a la que tuve el placer de asistir, básicamente es lo que explica en éste vídeo.

Emilio propone patentar el juego de la meditación, es un juego al alcance de todos. ¿Que disfrutas de un entorno maravilloso? Estupendo, pero si no tienes esa ayuda, no pasa nada, también puedes jugar. ¿Que tienes 5 minutos, media hora o el tiempo que necesites? Genial, todo vale. Para jugar solo necesitas activar la intención, respira conscientemente y prepárate para jugar un rato. Y lo mejor de este juego es que pase lo que pase, tú ganas siempre. Si consigues un momento de calma, ganas; si solo llegas a observar ese torbellino loco de pensamientos en tu mente, ganas porque te has hecho consciente de ello. Juega a contarlos, a recordar donde empezaste y a ver donde te llevó, a observar si hay un espacio entre un pensamiento y otro. Que consigues entrar en el ojo del huracán y descansar en él, maravilloso.

Juegas para ganar, pero no para conseguir algo concreto. Creo que cada cual debe centrarse en su propia experiencia y no caer en la tentación de conseguir lo mismo que otros. Puede que el camino de la meditación sea el mío, pero eso no significa que tú lo tengas que vivir de la misma manera, ni tampoco que tengamos que ser todos el Dalai Lama. Quizás tu camino sea otro, somos libres de elegir. Me ha gustado el  juego de meditar. Como decía Groucho Marx, no hay que tomarse La Vida tan en serio, al fin y al cabo nadie sale vivo de ella.

El estrés

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Una tendencia actual dice que el estrés es positivo. Lo escucho y me saltan las alarmas, me incomoda. ¿Bueno el estrés? Como si no tuviera ya bastante con el que tengo ¡Me sobra estrés! Y ahora me quieren contar que vivir así es bueno, que no me lo creo.

Creo que el tema tiene su origen en una charla TED, en ella la psicóloga Kelly McGonigal explica ’Cómo convertir al estrés en tu amigo’. Me ha costado trabajo escucharla, pero he hecho un esfuerzo. Puedo entender los argumentos de la conferencia, incluso aceptarlos como ciertos. Haciendo un símil del estrés con correr, entiendo que es bueno saber correr, porque así puedo hacer las cosas más rápidamente. Y si por alguna circunstancia necesito dar una carrera, estaré más en forma para conseguirlo y mi cuerpo también más preparado para entrar y salir de ese estado, sin que se resienta el corazón demasiado. También estoy de acuerdo en que es bueno ver el lado positivo del estrés, en vez de combatirlo. Desde luego entrar en la batalla con él, luchar para evitarlo, mantener el enfrentamiento, estresa muchísimo más. Pero lo que no me agrada es la impresión de que la conferencia pretende que nos sintamos cómodos con el estrés en el que vivimos, eso no lo puedo aceptar. En cambio considero muy necesario bajar el ritmo, de una forma sosegada y tranquila, sin causarme más estrés ni sentirme culpable si no lo consigo del todo.

Entendiendo que cierta cantidad de estrés es útil y necesaria en la vida, tal como explica la psicóloga. Sin embargo, desde mi experiencia personal no puedo más que hacer un entusiasta elogio de la lentitud, la quietud y la meditación. Experimentar una calma profunda, bajar el ritmo, me ha ensañado mucho; a distinguir entre lo importante y la inmensidad de cosas superfluas que nos echamos a la espalda, sin necesidad ni beneficio. Cuánto nos esforzamos por resolver cuestiones que no podemos cambiar o que se resuelven solas a su debido tiempo. A mantener una escucha interior para saber lo que siento y observar mejor el entorno.

Encuentro ahora tan necesario tomarme el tiempo de parar, no hacer nada, e incluso aburrirme hasta llegar a sentir aquello que realmente necesitan mi cuerpo y mi alma para estar contentos. Y aún sintiendo que el ritmo es bastante bajo, bajar aún más y experimentar, ¿me agrada?, sigo bajando; ¿es excesivo?, pues entonces ya conozco el nivel de base. El nivel de base no es necesariamente el nivel en el que tengo que vivir constantemente, más bien lo entiendo como el eje sobre el que me muevo buscando el equilibrio entre el estrés y la calma, como una balanza que pivota sobre el centro buscando la estabilidad. La vida diaria me llevará de forma natural a relajarme desde ese punto o acelerar cuando sea conveniente. Ese equilibrio tampoco tiene que ser el mismo para todos, tengo que acostumbrarme a aceptar la diversidad sin etiquetar y sin juzgar, cada cual tiene su ritmo.

Y cómo encontrar el equilibrio. Yo he aprendido a reconocer las señales que me indican que voy demasiado rápido. Cuando no tengo tiempo de saber ni cómo me siento, cuando no consigo disfrutar de las cosas que normalmente disfruto, ese es mi límite. A veces lo sobrepaso conscientemente porque entiendo que hay alguna meta que quiero alcanzar, un sacrificio que considero que vale la pena. Pero si no hay una justificación importante, es el momento de echar el freno.

Por cierto, me encantó el libro de Milan Kundera ‘La lentitud.’

La historia personal

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Cuando nacemos nos consideramos seres únicos, especiales y en cierta manera lo somos, pero no tanto. Al fin y al cabo somos hijos, pertenecemos a una familia, una raza, por tanto heredamos una serie de características: la altura, el color del pelo, el color de piel, la predisposición a ciertas enfermedades, las fortalezas e inmunidad adquiridas por nuestros ancestros. Estos son los aspectos físicos, pero también heredamos el carácter, a menudo decimos “ha salido a su padre”. O quizás a su abuela, pero eso tampoco es una regla, la herencia no va siempre de forma lineal y progresiva, de repente puede salir un niño de ojos oscuros cuando toda su familia tiene los ojos claros, simplemente porque ese gen forma parte de su herencia y lo ha activado, aunque venga de un pariente muy, muy lejano.

No somos tan especiales, para lo bueno y para lo malo somos lo que somos en parte también por lo que venimos heredando de nuestra familia durante muchas generaciones. Es obvio, ya lo sabemos, pero no todo lo que recibimos es fácil de aceptar. Quizás sea mi forma de ser, a mi no me gustaba cuando era joven que me compararan con nadie de mi entorno familiar, puede que sea porque para nuestro desarrollo personal necesitamos sentirnos libres e independientes para llegar a ser aquello que deseamos ser. Es un proceso lógico y natural, sin embargo debe llegar el momento de aceptar y entender las herencias familiares.

Evolucionamos, como bien describió Darwin. Un hombre de hace 6 mil años no sobreviviría en nuestro mundo actual, al igual que nosotros tampoco en el suyo. Evolucionamos porque aprendemos y nos adaptamos a un mundo que cambia constantemente. Pero la evolución no es solo física, evolucionan emociones, pensamientos, la forma de sentir, vibrar. Ya sabemos que no somos solo materia, nuestro cuerpo físico también abarca otras manifestaciones, emocional, mental, espiritual, cósmica. Sí, también nos afecta la luna, el sol y Marte. Los psicólogos hablan del yo consciente, así como existen también el consciente personal, familiar, social, el inconsciente personal, el inconsciente colectivo, capas y capas que conforman un todo al que Jung llamaba el Self. Lo que somos se puede entender y experimentar como una individualidad personal, pero abarca mucho más. Como las capas de una cebolla, desde la capa externa, que es la que tocas, palpas, ves y hueles, puedes ir abriendo capas y encuentras otra más, cada vez más imperceptibles, más sutiles.

Entender todo esto me sirve para darme cuenta de que hay partes de mí que son producto de mi propia evolución personal. Pero aunque me empeñe, habrá cosas que sólo podré entender desde una perspectiva familiar o social. E incluso el origen de esos efectos puede tener raíces bien profundas en el tiempo, abarcando experiencias y situaciones que han vivido familiares a los que ni siquiera he conocido en vida. Por ejemplo, puedo tener un miedo irracional a las arañas, pero es probable que algún ancestro mío haya sufrido su picadura venenosa. O puedo sufrir de claustrofobia, quizás porque mi bisabuelo era minero y padeció algún accidente traumático. Y no viene mal saberlo, porque al entender esa situación puedo sanar, hacerme consciente de los condicionamientos y evolucionar.

Para recuperar esta historia, el material inconsciente de la intuición, los sueños, la creatividad, son muy interesantes. Aunque estamos acostumbrados a desecharlos porque no reconocemos su importancia. También algo más próximo, la historia familiar, yo he olvidado muchísimo de lo que sabía de mis mayores, apenas conozco a mis abuelos. Pero ahora voy a intentar recuperar la historia de mis mayores, un proyecto emocionante.

Cómo pedimos

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Es curioso cómo funciona el inconsciente. Es mi impresión personal, pero parece que cuando pido “Dios mío, dame paciencia”, o dame fuerza, entereza… a menudo me viene lo que pido, pero no viene sólo sino acompañado de un reto aún más grande. No queda más remedio, hay que seguir pidiendo, más paciencia, más fuerza, más entereza, nunca parece suficiente, hay que seguir trabajando en el tema, cada vez más. Parece una broma pesada del inconsciente que nos pone a prueba haciéndonos trabajar precisamente en eso que estamos pidiendo. Pero, ¡es que la intención con la que lo pedía no era esa! ¿Quién en su sano juicio, cuando está al borde del colapso pide “dame más dificultades”? Pues parece que yo, como muchos. Algo falla en este proceso, entre lo que pedimos y la respuesta del inconsciente.

Cuando observo cómo funciona el mecanismo, lo veo como eso de no pensar en un elefante rosa, si te lo dicen ya lo estás visualizando. O como cuando voy en la bici y veo una piedra; si la miro, pasaré por encima de ella sin remedio. La única manera de esquivar la piedra es fijar la atención en el sitio por el que quiero pasar, en el hueco limpio, sólo así consigo esquivarla. Este ejemplo es el que me conduce a pensar que en general, erramos cuando pedimos. Cuando tengo una dificultad, deseo tener una capacidad mayor para afrontar esa dificultad, entonces pongo el foco en la necesidad de agrandar esa capacidad. Al igual que cuando miro la piedra me dirijo inconscientemente hacia ella, en el caso de pedir, el inconsciente me responde de la mejor manera posible, agrandando el problema para aumentar mi capacidad. Así pues, es verdad, el universo siempre nos da lo que pedimos. Ya lo decían los mayores, cuidado con lo que pides… ¿Y cómo pedir bien?

Es muy interesante leer cómo se describe en la técnica del ‘tapping’ o EFT la importancia de construir las afirmaciones positivas. Veo ahí lo importante que es saber pedir correctamente. Así, cuando me encuentre, por ejemplo, en una situación apurada, no pediré más calma. Construiré una frase del tipo ‘Aunque siento la tensión, me afianzo en la calma que hay en mí’. Detenerme un instante para analizar con cuidado lo que quisiera pedir, me lleva a examinar con cuidado mis emociones, no dejarme llevar por la reacción automática de la mente, que rápidamente quiere juzgar, censurar. Desde la perspectiva positiva cambia el foco, en vez de dirigirlo a mis carencias o dificultades, observo cómo crece la calma en mí, observo la situación desde la tranquilidad y aprendo. No me castigo con sentimientos de culpa, mejor me reconozco lo conseguido y me animo a crecer.

En unos días que llevo practicando esta nueva perspectiva, observo que ha aumentado mi autoconfianza. Ya no pido desde la necesidad, pido desde una capacidad que ya siento afianzada en mí y no la mido, si es mucha o poca. Es un cambio considerable. No pido tanto, pienso en cambio en esos seres celestiales escuchando nuestras súplicas. ¿Cómo se tienen que ver todas éstas demandas desde el punto de vista de la eternidad? Imagino que desde su mente angelical, con infinita ternura y compasión, pero seguro que las verán una nimiedad. Nuestras afanosas vidas y dificultades no son más que un acontecimiento minúsculo en relación con algo tan inconmensurable como el universo y la eternidad. Tanto aumenta mi confianza que ni siquiera veo tan grandes mis preocupaciones.

El proceso de sanar

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Hoy me siento triste y así me voy a quedar hasta que tenga clara la razón. Llevaba días con ganas de volver a uno de los talleres de Avihay, hace ya tiempo que terminé el curso de TDA, pero me apetecía recordarlo. Como ya sabemos, no pasan las cosas porque sí y en este caso tenía que acudir porque hay algo importante que tengo que aprender, ahora lo se.

La práctica consistía en la Terapia Integrada del Alma, así lo llama Avihay. Muy brevemente contado, consiste en trabajar con algún problema físico o emocional, haciendo que pase por ese canal de energía que recorre nuestro cuerpo de abajo a arriba, como la columna vertebral. En cada punto de energía que se encuentra en ese canal, lo que conocemos por chacra, aprovechamos para respirar, sentir, enfocar, abrazar, liberar, trascender y finalmente conectar con el Ser. No voy a profundizar en el procedimiento, ni en el problema en cuestión que estaba trabajando, lo que quisiera compartir con vosotros es que en la práctica del proceso, me di cuenta de cuánto me cuesta pasar por todos los pasos, es que no lo hago, me los salto ¡Que pereza!, con lo fácil que es simplemente meditar y entrar en la paz interior. Me di cuenta de que de esta manera, envuelvo los problemas en amor y los dejo pasar, eso parece bueno porque uno se siente bien. Pero da igual si los envuelves en una nube de amor o los escondes debajo de la alfombra, los problemas que no integras se quedan sin resolver. Y afectan, aunque uno no sea consciente de cómo.

La tristeza viene de que mi gran amiga la meditación, la que me ha traído tantos cambios y tanta paz, la veo ahora como ese refugio dorado donde yo me he estado escondiendo de los problemas. Ya que la terapia con Avihay me ha traído luz sobre este punto, no puedo seguir engañándome. En conciencia entiendo que antes de entrar en ese espacio dorado donde me lleva la meditación, debo pasar por el proceso de examinar mi situación consciente, los acontecimientos del día, los sentimientos, las preocupaciones, las molestias físicas y atenderlo todo como corresponde. Por ahorrarme estos pasos, me he estado privando también de la oportunidad de aprender.

Me viene a la mente un texto de Emilio Carrillo en su libro “El transito”, en el que explica que el hombre es un ser muy evolucionado, capaz de expresar un abanico enorme de miserias y alegrías. Por eso el Ser se encarna en él, para experimentarse. Mensaje entendido. Ya no vale escurrir el bulto y evadirse en el confort del Ser. Yo ya lo sabía, de tantas y tantas veces que lo habré leído y escuchado, pero no era consciente de que lo estaba haciendo.

A pesar de la tristeza, sigo sintiendo una profunda gratitud por la práctica de la meditación. No siento que me haya defraudado ni mucho menos engañado, he sido yo quien la ha utilizado con el único propósito de simplemente descansar. Es mi libertad usar la herramienta como desee, pero ahora deseo profundizar más. Qué curioso que esto me ocurra justo a continuación del post anterior, ‘Expandir la conciencia’. Es precisamente lo que siento, sigo ampliando mi conciencia.

Expandir la conciencia

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A mí me gustaría estar permanentemente en ese estado de felicidad y alegría que me embarga en ocasiones, un estado de gracia, todo me parece maravilloso y es genial. Sin embargo, cuando esa emoción dura unos pocos días, no lo puedo evitar, me entran ganas de encogerme y prepararme para el golpe inminente, ‘verás que batacazo me voy a dar’. Sé que la vida es como una montaña rusa, a veces arriba y otras abajo, así que cuando me veo muy arriba me asusta la caída. ¿De verdad tiene que ser así? ¿Podemos aspirar a la felicidad en la vida? No sé si esta reacción es producto de la experiencia o es condicionamiento de la educación, pero no me gusta, no me parece útil ni conveniente.

Los maestros nos dicen que la vida en este planeta es un aprendizaje, que hay que aprender y experimentar tanto el dolor como el amor. Por tanto, entiendo que no debería renunciar a ningún tipo de experiencia, por más que mi deseo sea vivir en constante felicidad. Aún así, desde el fondo de mi corazón siento que no es necesario vivir la vida desde ese cochecito en la montaña rusa, que sube y baja alocadamente, sin posibilidad de control ni escape.

A ver si consigo explicar lo que pienso, utilizaré un símil: el océano. Sabemos que en la superficie ocurren muchas cosas, a veces viene la tempestad y luego siempre llega la calma. Pero si me identifico con el barco que navega por la superficie, entonces soy como el cochecito, sufriré los vaivenes del clima. Propongo cambiar el pensamiento, no tengo por qué limitarme a pretender que soy el objeto que navega en la superficie, puedo intentar abarcar más. El barquito lo interpreto como simples experiencias de la vida, yo soy eso, pero si me abro a abarcar más, también soy el océano que crea las corrientes y las olas, el viento y la lluvia… Si amplío la conciencia de lo que soy, barco y océano, entonces expando mi libertad para moverme al fondo del océano donde ya no afectan las condiciones de la superficie, allí encuentro la calma y la paz, en ella puedo descansar y recuperarme.

Vista así la cosa, parece una vuelta a la dualidad, al conflicto. ¿Donde quiero estar, en la superficie o en fondo? ¿Es necesario andar de arriba abajo constantemente? Pero no es eso, se trata de crecer en conciencia hasta sentir ambas cosas a la vez, vivir la vida con todas sus experiencias, hacer y sentir lo que corresponde, mientras mantengo la conexión con la esencia profunda de lo que somos todos. Sentir y abarcar los dos polos de la dualidad al mismo tiempo. Sé que se puede, es una sensación indescriptible, pero se puede comparar con la experiencia de coger con una mano algo caliente y con la otra algo frío, se pueden sentir las dos sensaciones a la vez aunque el frío y el calor sean opuestos. La mente, que es limitada en cuanto a los sentidos, se enfocará primero hacia una mano para identificar el frío y luego a la otra para reconocer el calor, pero soltando la mente y sintiendo desde el centro, te haces consciente de que percibes las dos cosas a la vez.

Quizá eso sea lo que llamamos ‘el anclaje’. Cuando nos hacemos conscientes de nuestra naturaleza divina, podemos observar las circunstancias de la vida desde una perspectiva distinta. Anclarnos en la confianza, la calma y desde allí, disfrutar de las alegrías y sobrellevar las penas con más ligereza. Cuando digo más ligereza no quiero decir indiferencia, de ninguna manera, sino vivir desde la conciencia de que somos mucho más que un simple barquito en manos del destino y las inclemencias del tiempo. Tomar conciencia de que somos la esencia de la divinidad misma, ahí lo dejo.

Meditación y Reiki

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Ayer participé en una de las sesiones que organiza mi maestra de Reiki y amiga, Mari Carmen Coca. Fue una experiencia tan bonita que os la  tengo que contar.

Ella participa en una organización que plantea sesiones de meditación y Reiki en centros de salud. Le va bien porque lo hace cada día y en distintos centros. A las sesiones acuden tanto el personal del centro como pacientes, en general por propia iniciativa, pero también por recomendación de los asistentes sociales o los médicos. El esquema es sencillo, primero Mari Carmen lee alguna página sobre Reiki, así la gente entiende un poco sobre lo que se hace allí. Luego se hace alguna meditación guiada, de este modo es más fácil para aquellos que no saben o no tienen costumbre de meditar. Después de la meditación un poco de tiempo para compartir la experiencia, muy brevemente. Mari Carmen pregunta a cada uno que tal le ha ido, en general la respuesta es un sencillo “bien”, otras veces algunas personas comentan algo o se plantean dudas; sin entrar en debates se comentan emociones y se resuelvan dudas. Finalmente se disponen sillas en fila, tantas como personas que vayan a dar Reiki y se va tratando a quien lo desee, los demás se van. Sólo 10 o 15 minutos, a veces tratando alguna dolencia concreta, otras acercando las manos donde sentimos que se necesita. Tranquilamente y en silencio, los que han terminado se van marchando. En total son dos horas, o tres si hay mucha gente para recibir Reiki.

Esta es la mera descripción de la situación, pero lo importante viene ahora. Es una experiencia tan maravillosa, simplemente ver cómo las personas allí reunidas compartimos la meditación; la energía y la paz que se sienten ya sólo por si mismas tienen un efecto poderoso. Los pacientes encuentran ese punto de calma y tranquilidad que nos son tan necesarias. Después, al compartir emociones y experiencias, vemos como otros pacientes del centro atraviesan por situaciones similares, aprendemos de ellos, se resuelven dudas, encuentran consuelo y apoyo, lo agradecen mucho.

Ahora llega la magia. Me da igual que algunos que se tienen por científicos, mantengan que todo esto es un engaño. La energía se siente en uno mismo, la sensación de la expansión del corazón, la vibración de un amor incondicional, la plenitud y la paz. Esto es lo que experimenta el terapeuta de Reiki y lo transmite al paciente aunque no haya contacto. Y desde luego que se nota, las personas se emocionan, se calman en su interior, se alivian sus dolencias, encuentran el ánimo y soluciones concretas para sobrellevar el proceso de enfermedad. Por eso vuelven y es muy interesante porque se observa la evolución, eso también anima a los demás y es muy gratificante para el terapeuta. Parece mentira que algo tan sencillo lo tenga que proponer, promover y realizar un equipo externo al sistema sanitario y sólo con voluntarios. Ojala sirva para que aprendan y mejoren. En estas sesiones queda claro que somos seres sociales, rompiendo las barreras personales nos ayudamos y nos sentimos mejor. Sin embargo la sanidad que tenemos hoy día está muy individualizada, despersonalizada, queda mucho por aprender.

Algunos se preguntarán qué impulsa a los voluntarios, entre los que me incluyo, a participar en estas sesiones. Cuando terminamos, los voluntarios nos dimos un abrazo de grupo, llenos de gozo, encantados y agradecidos de compartir algo tan bonito. Meditar en grupo ya es especial, nos permite expandir más el corazón. Pero cuando se ayuda desde el corazón y la compasión, entiendes que tu paciente es tu maestro, te ayuda a entender mejor la vida, sanas una emoción que es tu propia emoción, al ayudar a quien tienes enfrente y te ayudas a ti mismo. Como dice el doctor Ihaleakalá Hew Len, maestro de la técnica Ho’oponopono, los terapeutas necesitamos de pacientes para sanarnos a nosotros. Es la oportunidad de participar de una conexión humana que te hace sentir más grande, comprender la magnificencia del ser humano cuando vibra con el amor. Gracias Mari Carmen, por tu entrega.

Pregunta en tu centro de salud, a lo mejor estamos por allí.

La entrega

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Cuando reconozco en mi interior esa certeza que me indica que el camino por el que transito es auténtico, porque entiendo que me motiva y me llena, que me hace crecer en amor, entonces sólo hay una opción: la entrega.

En una aventura sin aspiraciones concretas, empecé a escribir este blog hace ya un par de años; el apoyo de mis compañeros me animó a editar una recopilación en papel, mi primer libro. Y parece que la cosa no se va a quedar ahí. Es una gran satisfacción y a la vez un enorme compromiso.

Es bien cierto que el inicio es turbulento pero también muy motivador, el impulso inicial está lleno de sorpresas y también de pequeñas satisfacciones. La continuidad requiere constancia y trabajo, a veces vienen dudas, pero cuando observo que el trabajo ya adquiere una dimensión apreciable, que hay personas a quien inspira, les motiva o ayuda, eso también recompensa. Pero llega el momento en que el reto exige más, sobrepasar los límites de lo conocido, el riesgo a equivocarme, el temor de fracasar, exponerme a un público más amplio. Lo reconozco, me flaquean las piernas.

Hay una motivación inicial que originó este camino de escritura, la intención de transmitir un aprendizaje que para mi ha sido transformador y que ha enriquecido mi vida más de lo que podía esperar, ni mucho menos imaginar. Eso me parece muy grande, tanto que siento la necesidad de compartirlo, me encantaría contribuir de alguna manera a que este crecimiento personal pueda ayudar a alguien más. Por eso, aunque tenga que aventurarme en lo desconocido, aunque dude, respiro hondo, cojo fuerza, me entrego y confío.

Me gustaría profundizar un poco más en lo que significa para mi la entrega. Entregarse resulta a veces muy dulce, entregarse a unos brazos abiertos y amorosos, flotar en el agua confiadamente mientras sientes los rayos del sol en la piel, abandonarse a un sueño cálido y reparador en la cama. Pero no siempre es tan fácil, por el contrario otras veces es muy exigente. Cuando pienso en algún ejemplo extremo me acuerdo de Jesús en el huerto de los olivos, llorando lágrimas de sangre porque sabía lo que le esperaba y aún así se entregó a su tormento. Eso es entrega absoluta a un ideal, pero es muy extremo, no creo que sea necesario tanto sacrificio en estos tiempos. Hay muchos ejemplos más cotidianos y también significativos, como el de los padres cuando entregan su tiempo, esfuerzo y dinero al cuidado de los hijos, los artistas cuando persiguen una inspiración, los científicos cuando investigan algo que quieren descifrar, los profesionales cuando creen en su trabajo y se vuelcan en él.

No creo que la entrega tenga que ser sinónimo de sacrificio, más bien considero que debe ir acompañada de una reconfortante sensación de recompensa, como indicador de que estoy en el camino adecuado. Por eso me parece importante la actitud que uno tiene en el momento en que la cosa se pone un poco difícil. Hay que tener clara la motivación, los objetivos personales que uno persigue, analizar la dificultad y ver si está equilibrada con los objetivos, si contribuye a la realización de lo que busco conseguir. Si no lo es, se descarta tranquilamente y punto, pero si la dificultad representa un aprendizaje o esfuerzo útil, entonces hay que entregarse, ir a por ello. Eso sí, ya que se puede escoger porque es una decisión personal que tomo desde mi libertad, mejor que sea sin sacrificio, disfrutándolo.

Pasito a paso, desde el corazón, con los pies en la tierra y la mirada en un horizonte infinito. Así es mi camino del alma.

Todo está en ti

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Cuenta Yogananda en la ‘Autobiografía de un yogui’ que algunos swamis llegaban a conocer los secretos de la materia hasta el punto que conseguían liberarse del cuerpo, no necesitaban alimentarse, dormir, elegían el aspecto de su cuerpo físico o incluso manifestaban varios cuerpos. Aparte de los yoguis y místicos que según la historia han alcanzado ese poder, los demás necesitamos alimentar nuestro cuerpo y cierto grado de comodidad física, pero dejando a un lado las cuestiones materiales, todo lo demás es tan subjetivo. En cambio, trabajar el mundo de las emociones está al alcance de cualquiera. Es ahí donde entiendo la frase que tantas veces he oído ‘Todo está en ti’. Pero lo realmente interesante es llegar a experimentarlo por uno mismo.

Todas las emociones y sensaciones son aprendidas a lo largo de nuestra vida, como colores, olores que experimentamos y memorizamos en nuestro interior. Así nuestra experiencia nos lleva a reaccionar mecánicamente ante ciertos estímulos, por ejemplo, no tengo compañía, me siento sólo; no encuentro trabajo, me siento rechazado; me aburro, soy infeliz; me alaban, me siento importante. Sin embargo, cuando siento soledad, la soledad está en mi, no viene de fuera. Cuando siento tristeza, eso lo siento en mi interior. La injusticia, el abuso, todo nace del sentimiento interior. Claro que las circunstancias externas tienen algo que ver, si me dan un puñetazo me duele, pero es mi sentimiento interior el que determina la reacción: ira, abuso, compasión, humillación, toda esa diversidad de emociones es posible a partir de una circunstancia concreta. Si alguien me saluda con afecto, puedo reaccionar de distintos modos, con cariño, aprensión, indiferencia.  Puede depender de mi educación o de mi estado de ánimo.

Es posible cultivar la introspección y aprender a desvincularse de las reacciones automáticas para llegar a la raíz del verdadero sentimiento. Es una capacidad poderosa llegar a liberarse de los condicionamientos emocionales, reconocer que en nuestro interior podemos alimentar y activar la emoción más adecuada.  Aprender a encontrar en nuestro interior lo que necesitamos. Claro que es bello gozar de compañía y ayuda, pero no siempre es necesario.

Para empezar, encuentra un momento  y un lugar de tranquilidad, adopta una postura relajada, cierra los ojos, respira consciente y profundamente hasta que empieces a sentir el espacio interior. Examina las emociones que encuentras, a menudo hay tristeza, soledad, confusión, ira, son emociones oscuras que pesan en tu corazón. Suelen aparecer primero porque hacen de pantalla y bloquean a las demás. Siente cómo las llevas cargando desde hace mucho, quizás años, ya te has acostumbrado.

No te conformes, no te resignes, no naciste con ellas y puedes sanar esas emociones. En ti está todo lo necesario, ¿qué necesitas? Compasión, cariño, apoyo, confianza; haz crecer en ti ese sentimiento y alimenta desde tu interior la emoción que necesitas, trátate con amor, manda a esa emoción oscura todo lo que necesita para sanarse.

Visualiza situaciones que te puedan ayudar, un lugar bello y tranquilo, la compañía que necesitas, un amigo, un maestro, alguien que te de consuelo, cariño, consejos. La visualización es una herramienta poderosa porque te permite  sacar tu sabiduría interior. Sobre todo alimenta la luz del amor, el amor lo cura todo, date tanto amor como necesites y un poco más, no escatimes, cuanto más te das más fuerte lo sientes.

Transformando tu interior puedes aliviar el peso de las emociones oscuras. Aunque no puedas cambiar las circunstancias de tu vida, sin duda tu disposición para cambiar ya es otra cuando las emociones no actúan automáticamente sobre ti y pesan como una losa, puedes replantearte cuáles son tus necesidades verdaderas, sin condicionamientos. Y desde luego vives con más paz y alegría, que al fin y al cabo es a lo que hemos venido, a disfrutar de la vida.  Al principio requiere más tiempo, pero con la práctica es algo que sale de forma natural en el día a día.

Todo lo que necesitas está en ti. Atrévete a experimentarlo.

La magia del 9

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Si jugamos a hacer un poco de numerología con el año 2016, podemos sumar sus cifras y nos da el número nueve ¿Sabéis que el numero 9 es mágico?

Permitidme que os cuente algunas curiosidades del número nueve, comenzaré con un poco de historia. El nueve es el último de los números naturales de nuestra escala decimal ¿Por qué decimal? Porque aprendemos a contar con los dedos y tenemos 10. Los números que utilizamos ahora vinieron de mano de los árabes allá por el año 1000, que a su vez lo aprendieron de los hindúes. Hasta entonces utilizábamos los romanos, que son letras.

Ya me gustaría a mi que me hubiesen explicado cuando me enseñaron las tablas de multiplicar lo fácil que se construye la del nueve. Los payasos de la tele (Fofó, Miliki y Fofito) la explicaban escribiendo en una pizarra así: veamos lo más fácil 9×1 es 9 y 9×10 es 90, eso ya me lo se, contemos las que no me se 1,2,3,4.. apunto primero de arriba a abajo y comprobamos otra vez, escribo de abajo a arriba y ¡ya está!. Con las manos también se puede hacer. Abre las manos mirando las palmas, 9×1: baja el primer dedo (pulgar de la mano izquierda), quedan 9; 9×2: baja el segundo dedo (solo ese) a la izquierda hay 1 y a la derecha 8, son 18; 9×3: baja el tercer dedo, a la izquierda hay 2 dedos y a la derecha 7, son 27 y sigue así ¡Magia!

Por cierto, si sumas los números de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 comprobarás que dan siempre 9: 0+9=9, 1+8=9, 2+7=9, etc. En realidad verás que puedes multiplicar cualquier número por 9 y sumando los números del resultado siempre tendrás 9, por ejemplo 2015×9=18135, 1+8+1+3+5=18, 1+8=9. Jeje, me encanta ¿Y que pasa si a un número cualquiera les sumas 9? Que el resultado de la suma de sus números no cambia. Por ejemplo 2015, 2+0+1+5=8. Si sumo 2015+9=2024 y 2+0+2+4 ¡también es 8!

Una circunferencia tiene 360 grados, 3+6+0=9. Trazamos una línea divisoria y obtenemos la mitad son 180, 1+8+0=9, la mitad de la mitad son 90, 9+0=9 … 45 = 9, 22.5 =9 y así hasta el infinito, vamos trazando líneas hasta que la circunferencia pasa de estar vacía a estar llena, desde el punto central hacia afuera. También se puede llenar desde el borde de la circunferencia hacia el centro trazando figuras geométricas, un triángulo equilátero, un cuadrado, un pentágono, un hexágono, etc. como son concéntricos, se llena primero el borde de la circunferencia y deja el centro hueco.  En el triángulo la suma de los ángulos internos de sus vértices es de 60+60+60=180, que suma 9. La suma de los ángulos internos del cuadrado es 45+45+45+45=45×4=180 que da 9. El pentágono 108×5=540, 9. El hexágono 120×6=720, nueve otra vez ¡Me parece tan fascinante!

Simbólicamente, el 9 es el último de números y el principio de la decena, por eso significa el final y el principio, la totalidad y el vacío, el ying y el yang, la creación, la apertura de la mente y el espíritu. Nueve son los meses que necesita una célula para desarrollar un cuerpo humano.

Desconozco que hace del 9 un número tan peculiar, hay otros números que también lo son, como pi que se expresa en los círculos y phi que desarrolla la proporción áurea y la secuencia de Fibonacci. La mente del ser humano ha creado estos números para descifrar y comprender los misterios de la naturaleza, el patrón escondido en la creación, por eso encuentro en ellos tanta belleza. Hay magia en los misterios de la creación y eso es lo que expresa el número 9.

Este año nos trae un nueve, por algo será. Os deseo de corazón un año lleno de magia y creatividad ¡Feliz año 2016!

La espiritualidad

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Ahora que llevo un tiempo explorando en los asuntos del alma, observo desde esa perspectiva cómo reaccionamos ante palabras como espiritualidad, divinidad. Es curioso, ahora para mí son normales, pero reconozco que al principio también reaccionaba con cierto reparo ¿Por qué nos rechinan los dientes cuando hablamos de espiritualidad y divinidad, especialmente en relación con la persona? Veamos primero qué dice el diccionario acerca de estos términos.

Espiritualidad se deriva del latín spiritus, que significa espíritu. Pero su significado no está tan claro, se define como los asuntos que tienen que ver con el espíritu, el alma, pero finalmente la explicación entra en asuntos religiosos. Cada religión o doctrina enfoca la espiritualidad a su manera para que los mortales nos acerquemos a Dios.

Divinidad, para entrar en esta tema ya hay que acotar el tipo de religión o creencia. En general lo divino está en contraposición a lo terreno y por tanto es algo ajeno a las personas; algo que está en el cielo, el paraíso, nun, el olimpo, los campos elíseos, etc.

Tengo la impresión de que nuestra historia, cultura y educación actuales han asociado la divinidad a algo que está más allá de nosotros, en los cielos. Y la espiritualidad la asociamos a la aspiración de acercarse a la divinidad, una divinidad lejana y en mucha medida ajena a nuestra existencia. Como si nosotros, pobres mortales, nos tuviésemos que ganar ese derecho, redimirnos de nuestros pecados, karmas, herencias negativas.

Yo ya no lo veo así, no veo la separación, es que no lo siento así. Cuando hablo de la divinidad me refiero a esa esencia que lo impregna todo, manifestado o no manifestado, por tanto forma parte de nuestra propia naturaleza, terrena y carnalmente también. La espiritualidad es para mí como uno más de nuestros sentidos, por desgracia poco desarrollado en nuestra sociedad actual, sin embargo todos la anhelamos y necesitamos. Es ese sentimiento cierto de que estamos acompañados, que hay algo que nos conecta al resto de las personas y al universo, que hay una sabiduría ancestral y profunda que guía nuestros pasos, que existe una conciencia inmortal, amorosa y armoniosa a la que nos queremos unir.

Los que practican alguna religión encuentran un camino ya preparado y unas herramientas que llevan funcionado cientos de años, pero en esa comodidad nos olvidamos de experimentar por nosotros mismos, delegamos ese trabajo. A menudo los practicantes ven con temor y rechazo cualquier propuesta que no se defina por los dogmas aprendidos. Sin embargo, la espiritualidad no es patrimonio de ninguna institución, ni privilegio de ninguna persona santificada o iluminada.

Reivindico el significado personal y libre de la espiritualidad, que cada cuál la busque y la sienta como desee, en el aire, el agua, el prójimo, un símbolo, el más allá, da igual, ¿acaso no está en todas partes? Pero sobre todo sintiéndola dentro de uno mismo, no como un acto de fé. Y defiendo también la divinidad en cada uno de nosotros. Nos manifestamos como seres individuales pero estamos conectados y somos parte de la divinidad, como dice Avihay en el título de su segundo libro, somos “Las caras del Ser”.

Buscadores, investiguemos, que todo es ciencia. Que no lo hayamos catalogado no significa que no exista.

El juego de las apariencias

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Parece que la vida quiere enseñarme una lección. Algo en estos días hace que venga observado ejemplos de cuanto nos esforzamos por mostrar a los demás una imagen clara de lo que creemos que somos o de cómo queremos que nos vean los demás, en lugar de ser tal como somos. El juego de las apariencias.

Me refiero a cosas como: ‘necesito poner máquinas en mi despacho para que el que entre entienda que trabajo con tecnología de alto nivel’, ‘me visto con prendas de marca para que vean que tengo dinero’, ‘pongo una imagen en mi perfil para demostrar que soy una persona solidaria’, ‘respondo con agresividad para que no me tomen por débil’, ‘sé que esto no resuelve el problema, pero lo haré igualmente para que nadie piense que no me esfuerzo en mi trabajo’…. Apenas dirijo mi atención a esta cuestión y me vienen más y más ejemplos. Es evidente la importancia que tiene para nosotros lo que el otro ve. Y por otra parte, ¿cómo puedo entonces creer yo en lo que me muestran mis ojos? Aún más, ¿en que medida lo que mostramos de nosotros mismos es una creación de la persona, un avatar?

Siendo como son las cosas, resulta inquietante pensar en los criterios que puedo yo estar eligiendo para construir ese avatar, esa apariencia que deseo mostrar. Porque en mi intención inicial probablemente piense que yo estoy determinando lo que quiero ser, pero si examino con cuidado lo que hago, empiezo a entender que para expresarme busco representar la imagen típica, responder a lo que mi entorno entiende clara y directamente. A ver si me explico mejor, si quiero parecer formal, procuraré vestirme con cierta etiqueta y limpieza. Pero eso también significa asumir la imagen social predominante, ¿quien ha decidido que una ropa deportiva no da imagen de seriedad?. Y digo inquietante porque así, sin darme cuenta, entro en el juego de comportarme como la sociedad espera que me comporte y entonces, de alguna manera, dejo de ser quien realmente soy para seguir una corriente que no se quien conduce.

Por otra parte siento que estamos perdiendo la capacidad de ver más allá de lo que la vista y los prejuicios nos muestran. Igual que me creo que soy ese avatar que he creado y nada más, confundo al resto de las personas con su avatar. Estamos asumiendo muy fácilmente que este juego de las apariencias es la vida real, y no lo es. Yo personalmente quisiera saber leer mejor entra líneas, utilizar otras vías de percepción adicionales, como la intuición, la emoción. Sobre todo dejar de juzgar y catalogar rápidamente lo que percibo, porque mi mente está muy acostumbrada a hacerlo. Cuesta trabajo al principio, pero es cuestión de practicar, como todo.

Meditar enseña a relajar los sentidos y la mente, abre un espacio interior de conciencia. Entrenando estas capacidades creo que seré más capaz de ver las cosas como son, sin entrar en este juego de apariencias. No lo veo como un aprendizaje de capacidades extrasensoriales, es recuperar un equilibrio perdido. De tanto trabajar la mente, hemos dejado atrás el corazón. Abre tus ojos, los ojos del corazón y observa.