Jugando a meditar

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Voy a meditar. Busco un entorno adecuado, una habitación tranquila, ordenada, en silencio, una luz tenue. Me gusta encender una varilla de incienso, una vela, poner una música suave. Encuentro la postura adecuada, que sea cómoda pero no demasiado que me duermo. Me preparo para entrar en mi espacio interior, descansar del bullicio de cada día, conectar con mi espacio interior, mi auténtico ser, dejar que la luz interior ilumine mi corazón, sentir la cálida oleada del amor, descansar en el abrazo de mi guía espiritual, trasladarme a otra dimensión, sentir la unidad con el universo. Si medito más tiempo y con más frecuencia, quizás consiga percibir más, potenciar mis sentidos, realizar milagros.

Cuántas expectativas ¿verdad? Y que serios nos ponemos con el tema de la meditación, casi trascendentales. Cuando hablo de la meditación con mis conocidos, encuentro respuestas muy diversas. Algunos me miran con cara extraña desde la más completa incredulidad; otros están tan necesitados que desean que les cuentes más y más cosas maravillosas, hasta convencerlos de que todo aquello que anhelan creer es real. No quisiera quitarle a nadie la ilusión de que lo que he descrito de la meditación puede ocurrir, porque yo se bien que es muy real. Ni mucho menos decir que no es bueno fijarse metas, el deseo de aprender y mejorar es muy importante. Pero ¿qué pasa si las cosas no suceden como esperamos? Hemos oído tantas cosas sobre la meditación que es inevitable, nos frustramos.

Meditar es una  de esas cosas que no puedes forzar, se aleja cuando lo intentas forzar y entras más en ella a medida que aprendes a soltarlo todo, los sentidos, el cuerpo, la mente, las emociones, los sentimientos, las creencias y hasta la vida misma. Soltar no es despreciar o alejarse de todo ello, es no aferrarse, comprender que todo es pasajero, cambiante. Y no pasa nada porque ese es el proceso natural de vivir, aprender, experimentar. Por eso disfruté tanto de la explicación que hizo Emilio Carrillo en una conferencia a la que tuve el placer de asistir, básicamente es lo que explica en éste vídeo.

Emilio propone patentar el juego de la meditación, es un juego al alcance de todos. ¿Que disfrutas de un entorno maravilloso? Estupendo, pero si no tienes esa ayuda, no pasa nada, también puedes jugar. ¿Que tienes 5 minutos, media hora o el tiempo que necesites? Genial, todo vale. Para jugar solo necesitas activar la intención, respira conscientemente y prepárate para jugar un rato. Y lo mejor de este juego es que pase lo que pase, tú ganas siempre. Si consigues un momento de calma, ganas; si solo llegas a observar ese torbellino loco de pensamientos en tu mente, ganas porque te has hecho consciente de ello. Juega a contarlos, a recordar donde empezaste y a ver donde te llevó, a observar si hay un espacio entre un pensamiento y otro. Que consigues entrar en el ojo del huracán y descansar en él, maravilloso.

Juegas para ganar, pero no para conseguir algo concreto. Creo que cada cual debe centrarse en su propia experiencia y no caer en la tentación de conseguir lo mismo que otros. Puede que el camino de la meditación sea el mío, pero eso no significa que tú lo tengas que vivir de la misma manera, ni tampoco que tengamos que ser todos el Dalai Lama. Quizás tu camino sea otro, somos libres de elegir. Me ha gustado el  juego de meditar. Como decía Groucho Marx, no hay que tomarse La Vida tan en serio, al fin y al cabo nadie sale vivo de ella.

El estrés

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Una tendencia actual dice que el estrés es positivo. Lo escucho y me saltan las alarmas, me incomoda. ¿Bueno el estrés? Como si no tuviera ya bastante con el que tengo ¡Me sobra estrés! Y ahora me quieren contar que vivir así es bueno, que no me lo creo.

Creo que el tema tiene su origen en una charla TED, en ella la psicóloga Kelly McGonigal explica ’Cómo convertir al estrés en tu amigo’. Me ha costado trabajo escucharla, pero he hecho un esfuerzo. Puedo entender los argumentos de la conferencia, incluso aceptarlos como ciertos. Haciendo un símil del estrés con correr, entiendo que es bueno saber correr, porque así puedo hacer las cosas más rápidamente. Y si por alguna circunstancia necesito dar una carrera, estaré más en forma para conseguirlo y mi cuerpo también más preparado para entrar y salir de ese estado, sin que se resienta el corazón demasiado. También estoy de acuerdo en que es bueno ver el lado positivo del estrés, en vez de combatirlo. Desde luego entrar en la batalla con él, luchar para evitarlo, mantener el enfrentamiento, estresa muchísimo más. Pero lo que no me agrada es la impresión de que la conferencia pretende que nos sintamos cómodos con el estrés en el que vivimos, eso no lo puedo aceptar. En cambio considero muy necesario bajar el ritmo, de una forma sosegada y tranquila, sin causarme más estrés ni sentirme culpable si no lo consigo del todo.

Entendiendo que cierta cantidad de estrés es útil y necesaria en la vida, tal como explica la psicóloga. Sin embargo, desde mi experiencia personal no puedo más que hacer un entusiasta elogio de la lentitud, la quietud y la meditación. Experimentar una calma profunda, bajar el ritmo, me ha ensañado mucho; a distinguir entre lo importante y la inmensidad de cosas superfluas que nos echamos a la espalda, sin necesidad ni beneficio. Cuánto nos esforzamos por resolver cuestiones que no podemos cambiar o que se resuelven solas a su debido tiempo. A mantener una escucha interior para saber lo que siento y observar mejor el entorno.

Encuentro ahora tan necesario tomarme el tiempo de parar, no hacer nada, e incluso aburrirme hasta llegar a sentir aquello que realmente necesitan mi cuerpo y mi alma para estar contentos. Y aún sintiendo que el ritmo es bastante bajo, bajar aún más y experimentar, ¿me agrada?, sigo bajando; ¿es excesivo?, pues entonces ya conozco el nivel de base. El nivel de base no es necesariamente el nivel en el que tengo que vivir constantemente, más bien lo entiendo como el eje sobre el que me muevo buscando el equilibrio entre el estrés y la calma, como una balanza que pivota sobre el centro buscando la estabilidad. La vida diaria me llevará de forma natural a relajarme desde ese punto o acelerar cuando sea conveniente. Ese equilibrio tampoco tiene que ser el mismo para todos, tengo que acostumbrarme a aceptar la diversidad sin etiquetar y sin juzgar, cada cual tiene su ritmo.

Y cómo encontrar el equilibrio. Yo he aprendido a reconocer las señales que me indican que voy demasiado rápido. Cuando no tengo tiempo de saber ni cómo me siento, cuando no consigo disfrutar de las cosas que normalmente disfruto, ese es mi límite. A veces lo sobrepaso conscientemente porque entiendo que hay alguna meta que quiero alcanzar, un sacrificio que considero que vale la pena. Pero si no hay una justificación importante, es el momento de echar el freno.

Por cierto, me encantó el libro de Milan Kundera ‘La lentitud.’

La historia personal

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Cuando nacemos nos consideramos seres únicos, especiales y en cierta manera lo somos, pero no tanto. Al fin y al cabo somos hijos, pertenecemos a una familia, una raza, por tanto heredamos una serie de características: la altura, el color del pelo, el color de piel, la predisposición a ciertas enfermedades, las fortalezas e inmunidad adquiridas por nuestros ancestros. Estos son los aspectos físicos, pero también heredamos el carácter, a menudo decimos “ha salido a su padre”. O quizás a su abuela, pero eso tampoco es una regla, la herencia no va siempre de forma lineal y progresiva, de repente puede salir un niño de ojos oscuros cuando toda su familia tiene los ojos claros, simplemente porque ese gen forma parte de su herencia y lo ha activado, aunque venga de un pariente muy, muy lejano.

No somos tan especiales, para lo bueno y para lo malo somos lo que somos en parte también por lo que venimos heredando de nuestra familia durante muchas generaciones. Es obvio, ya lo sabemos, pero no todo lo que recibimos es fácil de aceptar. Quizás sea mi forma de ser, a mi no me gustaba cuando era joven que me compararan con nadie de mi entorno familiar, puede que sea porque para nuestro desarrollo personal necesitamos sentirnos libres e independientes para llegar a ser aquello que deseamos ser. Es un proceso lógico y natural, sin embargo debe llegar el momento de aceptar y entender las herencias familiares.

Evolucionamos, como bien describió Darwin. Un hombre de hace 6 mil años no sobreviviría en nuestro mundo actual, al igual que nosotros tampoco en el suyo. Evolucionamos porque aprendemos y nos adaptamos a un mundo que cambia constantemente. Pero la evolución no es solo física, evolucionan emociones, pensamientos, la forma de sentir, vibrar. Ya sabemos que no somos solo materia, nuestro cuerpo físico también abarca otras manifestaciones, emocional, mental, espiritual, cósmica. Sí, también nos afecta la luna, el sol y Marte. Los psicólogos hablan del yo consciente, así como existen también el consciente personal, familiar, social, el inconsciente personal, el inconsciente colectivo, capas y capas que conforman un todo al que Jung llamaba el Self. Lo que somos se puede entender y experimentar como una individualidad personal, pero abarca mucho más. Como las capas de una cebolla, desde la capa externa, que es la que tocas, palpas, ves y hueles, puedes ir abriendo capas y encuentras otra más, cada vez más imperceptibles, más sutiles.

Entender todo esto me sirve para darme cuenta de que hay partes de mí que son producto de mi propia evolución personal. Pero aunque me empeñe, habrá cosas que sólo podré entender desde una perspectiva familiar o social. E incluso el origen de esos efectos puede tener raíces bien profundas en el tiempo, abarcando experiencias y situaciones que han vivido familiares a los que ni siquiera he conocido en vida. Por ejemplo, puedo tener un miedo irracional a las arañas, pero es probable que algún ancestro mío haya sufrido su picadura venenosa. O puedo sufrir de claustrofobia, quizás porque mi bisabuelo era minero y padeció algún accidente traumático. Y no viene mal saberlo, porque al entender esa situación puedo sanar, hacerme consciente de los condicionamientos y evolucionar.

Para recuperar esta historia, el material inconsciente de la intuición, los sueños, la creatividad, son muy interesantes. Aunque estamos acostumbrados a desecharlos porque no reconocemos su importancia. También algo más próximo, la historia familiar, yo he olvidado muchísimo de lo que sabía de mis mayores, apenas conozco a mis abuelos. Pero ahora voy a intentar recuperar la historia de mis mayores, un proyecto emocionante.

Cómo pedimos

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Es curioso cómo funciona el inconsciente. Es mi impresión personal, pero parece que cuando pido “Dios mío, dame paciencia”, o dame fuerza, entereza… a menudo me viene lo que pido, pero no viene sólo sino acompañado de un reto aún más grande. No queda más remedio, hay que seguir pidiendo, más paciencia, más fuerza, más entereza, nunca parece suficiente, hay que seguir trabajando en el tema, cada vez más. Parece una broma pesada del inconsciente que nos pone a prueba haciéndonos trabajar precisamente en eso que estamos pidiendo. Pero, ¡es que la intención con la que lo pedía no era esa! ¿Quién en su sano juicio, cuando está al borde del colapso pide “dame más dificultades”? Pues parece que yo, como muchos. Algo falla en este proceso, entre lo que pedimos y la respuesta del inconsciente.

Cuando observo cómo funciona el mecanismo, lo veo como eso de no pensar en un elefante rosa, si te lo dicen ya lo estás visualizando. O como cuando voy en la bici y veo una piedra; si la miro, pasaré por encima de ella sin remedio. La única manera de esquivar la piedra es fijar la atención en el sitio por el que quiero pasar, en el hueco limpio, sólo así consigo esquivarla. Este ejemplo es el que me conduce a pensar que en general, erramos cuando pedimos. Cuando tengo una dificultad, deseo tener una capacidad mayor para afrontar esa dificultad, entonces pongo el foco en la necesidad de agrandar esa capacidad. Al igual que cuando miro la piedra me dirijo inconscientemente hacia ella, en el caso de pedir, el inconsciente me responde de la mejor manera posible, agrandando el problema para aumentar mi capacidad. Así pues, es verdad, el universo siempre nos da lo que pedimos. Ya lo decían los mayores, cuidado con lo que pides… ¿Y cómo pedir bien?

Es muy interesante leer cómo se describe en la técnica del ‘tapping’ o EFT la importancia de construir las afirmaciones positivas. Veo ahí lo importante que es saber pedir correctamente. Así, cuando me encuentre, por ejemplo, en una situación apurada, no pediré más calma. Construiré una frase del tipo ‘Aunque siento la tensión, me afianzo en la calma que hay en mí’. Detenerme un instante para analizar con cuidado lo que quisiera pedir, me lleva a examinar con cuidado mis emociones, no dejarme llevar por la reacción automática de la mente, que rápidamente quiere juzgar, censurar. Desde la perspectiva positiva cambia el foco, en vez de dirigirlo a mis carencias o dificultades, observo cómo crece la calma en mí, observo la situación desde la tranquilidad y aprendo. No me castigo con sentimientos de culpa, mejor me reconozco lo conseguido y me animo a crecer.

En unos días que llevo practicando esta nueva perspectiva, observo que ha aumentado mi autoconfianza. Ya no pido desde la necesidad, pido desde una capacidad que ya siento afianzada en mí y no la mido, si es mucha o poca. Es un cambio considerable. No pido tanto, pienso en cambio en esos seres celestiales escuchando nuestras súplicas. ¿Cómo se tienen que ver todas éstas demandas desde el punto de vista de la eternidad? Imagino que desde su mente angelical, con infinita ternura y compasión, pero seguro que las verán una nimiedad. Nuestras afanosas vidas y dificultades no son más que un acontecimiento minúsculo en relación con algo tan inconmensurable como el universo y la eternidad. Tanto aumenta mi confianza que ni siquiera veo tan grandes mis preocupaciones.

El proceso de sanar

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Hoy me siento triste y así me voy a quedar hasta que tenga clara la razón. Llevaba días con ganas de volver a uno de los talleres de Avihay, hace ya tiempo que terminé el curso de TDA, pero me apetecía recordarlo. Como ya sabemos, no pasan las cosas porque sí y en este caso tenía que acudir porque hay algo importante que tengo que aprender, ahora lo se.

La práctica consistía en la Terapia Integrada del Alma, así lo llama Avihay. Muy brevemente contado, consiste en trabajar con algún problema físico o emocional, haciendo que pase por ese canal de energía que recorre nuestro cuerpo de abajo a arriba, como la columna vertebral. En cada punto de energía que se encuentra en ese canal, lo que conocemos por chacra, aprovechamos para respirar, sentir, enfocar, abrazar, liberar, trascender y finalmente conectar con el Ser. No voy a profundizar en el procedimiento, ni en el problema en cuestión que estaba trabajando, lo que quisiera compartir con vosotros es que en la práctica del proceso, me di cuenta de cuánto me cuesta pasar por todos los pasos, es que no lo hago, me los salto ¡Que pereza!, con lo fácil que es simplemente meditar y entrar en la paz interior. Me di cuenta de que de esta manera, envuelvo los problemas en amor y los dejo pasar, eso parece bueno porque uno se siente bien. Pero da igual si los envuelves en una nube de amor o los escondes debajo de la alfombra, los problemas que no integras se quedan sin resolver. Y afectan, aunque uno no sea consciente de cómo.

La tristeza viene de que mi gran amiga la meditación, la que me ha traído tantos cambios y tanta paz, la veo ahora como ese refugio dorado donde yo me he estado escondiendo de los problemas. Ya que la terapia con Avihay me ha traído luz sobre este punto, no puedo seguir engañándome. En conciencia entiendo que antes de entrar en ese espacio dorado donde me lleva la meditación, debo pasar por el proceso de examinar mi situación consciente, los acontecimientos del día, los sentimientos, las preocupaciones, las molestias físicas y atenderlo todo como corresponde. Por ahorrarme estos pasos, me he estado privando también de la oportunidad de aprender.

Me viene a la mente un texto de Emilio Carrillo en su libro “El transito”, en el que explica que el hombre es un ser muy evolucionado, capaz de expresar un abanico enorme de miserias y alegrías. Por eso el Ser se encarna en él, para experimentarse. Mensaje entendido. Ya no vale escurrir el bulto y evadirse en el confort del Ser. Yo ya lo sabía, de tantas y tantas veces que lo habré leído y escuchado, pero no era consciente de que lo estaba haciendo.

A pesar de la tristeza, sigo sintiendo una profunda gratitud por la práctica de la meditación. No siento que me haya defraudado ni mucho menos engañado, he sido yo quien la ha utilizado con el único propósito de simplemente descansar. Es mi libertad usar la herramienta como desee, pero ahora deseo profundizar más. Qué curioso que esto me ocurra justo a continuación del post anterior, ‘Expandir la conciencia’. Es precisamente lo que siento, sigo ampliando mi conciencia.

Expandir la conciencia

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A mí me gustaría estar permanentemente en ese estado de felicidad y alegría que me embarga en ocasiones, un estado de gracia, todo me parece maravilloso y es genial. Sin embargo, cuando esa emoción dura unos pocos días, no lo puedo evitar, me entran ganas de encogerme y prepararme para el golpe inminente, ‘verás que batacazo me voy a dar’. Sé que la vida es como una montaña rusa, a veces arriba y otras abajo, así que cuando me veo muy arriba me asusta la caída. ¿De verdad tiene que ser así? ¿Podemos aspirar a la felicidad en la vida? No sé si esta reacción es producto de la experiencia o es condicionamiento de la educación, pero no me gusta, no me parece útil ni conveniente.

Los maestros nos dicen que la vida en este planeta es un aprendizaje, que hay que aprender y experimentar tanto el dolor como el amor. Por tanto, entiendo que no debería renunciar a ningún tipo de experiencia, por más que mi deseo sea vivir en constante felicidad. Aún así, desde el fondo de mi corazón siento que no es necesario vivir la vida desde ese cochecito en la montaña rusa, que sube y baja alocadamente, sin posibilidad de control ni escape.

A ver si consigo explicar lo que pienso, utilizaré un símil: el océano. Sabemos que en la superficie ocurren muchas cosas, a veces viene la tempestad y luego siempre llega la calma. Pero si me identifico con el barco que navega por la superficie, entonces soy como el cochecito, sufriré los vaivenes del clima. Propongo cambiar el pensamiento, no tengo por qué limitarme a pretender que soy el objeto que navega en la superficie, puedo intentar abarcar más. El barquito lo interpreto como simples experiencias de la vida, yo soy eso, pero si me abro a abarcar más, también soy el océano que crea las corrientes y las olas, el viento y la lluvia… Si amplío la conciencia de lo que soy, barco y océano, entonces expando mi libertad para moverme al fondo del océano donde ya no afectan las condiciones de la superficie, allí encuentro la calma y la paz, en ella puedo descansar y recuperarme.

Vista así la cosa, parece una vuelta a la dualidad, al conflicto. ¿Donde quiero estar, en la superficie o en fondo? ¿Es necesario andar de arriba abajo constantemente? Pero no es eso, se trata de crecer en conciencia hasta sentir ambas cosas a la vez, vivir la vida con todas sus experiencias, hacer y sentir lo que corresponde, mientras mantengo la conexión con la esencia profunda de lo que somos todos. Sentir y abarcar los dos polos de la dualidad al mismo tiempo. Sé que se puede, es una sensación indescriptible, pero se puede comparar con la experiencia de coger con una mano algo caliente y con la otra algo frío, se pueden sentir las dos sensaciones a la vez aunque el frío y el calor sean opuestos. La mente, que es limitada en cuanto a los sentidos, se enfocará primero hacia una mano para identificar el frío y luego a la otra para reconocer el calor, pero soltando la mente y sintiendo desde el centro, te haces consciente de que percibes las dos cosas a la vez.

Quizá eso sea lo que llamamos ‘el anclaje’. Cuando nos hacemos conscientes de nuestra naturaleza divina, podemos observar las circunstancias de la vida desde una perspectiva distinta. Anclarnos en la confianza, la calma y desde allí, disfrutar de las alegrías y sobrellevar las penas con más ligereza. Cuando digo más ligereza no quiero decir indiferencia, de ninguna manera, sino vivir desde la conciencia de que somos mucho más que un simple barquito en manos del destino y las inclemencias del tiempo. Tomar conciencia de que somos la esencia de la divinidad misma, ahí lo dejo.

Meditación y Reiki

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Ayer participé en una de las sesiones que organiza mi maestra de Reiki y amiga, Mari Carmen Coca. Fue una experiencia tan bonita que os la  tengo que contar.

Ella participa en una organización que plantea sesiones de meditación y Reiki en centros de salud. Le va bien porque lo hace cada día y en distintos centros. A las sesiones acuden tanto el personal del centro como pacientes, en general por propia iniciativa, pero también por recomendación de los asistentes sociales o los médicos. El esquema es sencillo, primero Mari Carmen lee alguna página sobre Reiki, así la gente entiende un poco sobre lo que se hace allí. Luego se hace alguna meditación guiada, de este modo es más fácil para aquellos que no saben o no tienen costumbre de meditar. Después de la meditación un poco de tiempo para compartir la experiencia, muy brevemente. Mari Carmen pregunta a cada uno que tal le ha ido, en general la respuesta es un sencillo “bien”, otras veces algunas personas comentan algo o se plantean dudas; sin entrar en debates se comentan emociones y se resuelvan dudas. Finalmente se disponen sillas en fila, tantas como personas que vayan a dar Reiki y se va tratando a quien lo desee, los demás se van. Sólo 10 o 15 minutos, a veces tratando alguna dolencia concreta, otras acercando las manos donde sentimos que se necesita. Tranquilamente y en silencio, los que han terminado se van marchando. En total son dos horas, o tres si hay mucha gente para recibir Reiki.

Esta es la mera descripción de la situación, pero lo importante viene ahora. Es una experiencia tan maravillosa, simplemente ver cómo las personas allí reunidas compartimos la meditación; la energía y la paz que se sienten ya sólo por si mismas tienen un efecto poderoso. Los pacientes encuentran ese punto de calma y tranquilidad que nos son tan necesarias. Después, al compartir emociones y experiencias, vemos como otros pacientes del centro atraviesan por situaciones similares, aprendemos de ellos, se resuelven dudas, encuentran consuelo y apoyo, lo agradecen mucho.

Ahora llega la magia. Me da igual que algunos que se tienen por científicos, mantengan que todo esto es un engaño. La energía se siente en uno mismo, la sensación de la expansión del corazón, la vibración de un amor incondicional, la plenitud y la paz. Esto es lo que experimenta el terapeuta de Reiki y lo transmite al paciente aunque no haya contacto. Y desde luego que se nota, las personas se emocionan, se calman en su interior, se alivian sus dolencias, encuentran el ánimo y soluciones concretas para sobrellevar el proceso de enfermedad. Por eso vuelven y es muy interesante porque se observa la evolución, eso también anima a los demás y es muy gratificante para el terapeuta. Parece mentira que algo tan sencillo lo tenga que proponer, promover y realizar un equipo externo al sistema sanitario y sólo con voluntarios. Ojala sirva para que aprendan y mejoren. En estas sesiones queda claro que somos seres sociales, rompiendo las barreras personales nos ayudamos y nos sentimos mejor. Sin embargo la sanidad que tenemos hoy día está muy individualizada, despersonalizada, queda mucho por aprender.

Algunos se preguntarán qué impulsa a los voluntarios, entre los que me incluyo, a participar en estas sesiones. Cuando terminamos, los voluntarios nos dimos un abrazo de grupo, llenos de gozo, encantados y agradecidos de compartir algo tan bonito. Meditar en grupo ya es especial, nos permite expandir más el corazón. Pero cuando se ayuda desde el corazón y la compasión, entiendes que tu paciente es tu maestro, te ayuda a entender mejor la vida, sanas una emoción que es tu propia emoción, al ayudar a quien tienes enfrente y te ayudas a ti mismo. Como dice el doctor Ihaleakalá Hew Len, maestro de la técnica Ho’oponopono, los terapeutas necesitamos de pacientes para sanarnos a nosotros. Es la oportunidad de participar de una conexión humana que te hace sentir más grande, comprender la magnificencia del ser humano cuando vibra con el amor. Gracias Mari Carmen, por tu entrega.

Pregunta en tu centro de salud, a lo mejor estamos por allí.

La entrega

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Cuando reconozco en mi interior esa certeza que me indica que el camino por el que transito es auténtico, porque entiendo que me motiva y me llena, que me hace crecer en amor, entonces sólo hay una opción: la entrega.

En una aventura sin aspiraciones concretas, empecé a escribir este blog hace ya un par de años; el apoyo de mis compañeros me animó a editar una recopilación en papel, mi primer libro. Y parece que la cosa no se va a quedar ahí. Es una gran satisfacción y a la vez un enorme compromiso.

Es bien cierto que el inicio es turbulento pero también muy motivador, el impulso inicial está lleno de sorpresas y también de pequeñas satisfacciones. La continuidad requiere constancia y trabajo, a veces vienen dudas, pero cuando observo que el trabajo ya adquiere una dimensión apreciable, que hay personas a quien inspira, les motiva o ayuda, eso también recompensa. Pero llega el momento en que el reto exige más, sobrepasar los límites de lo conocido, el riesgo a equivocarme, el temor de fracasar, exponerme a un público más amplio. Lo reconozco, me flaquean las piernas.

Hay una motivación inicial que originó este camino de escritura, la intención de transmitir un aprendizaje que para mi ha sido transformador y que ha enriquecido mi vida más de lo que podía esperar, ni mucho menos imaginar. Eso me parece muy grande, tanto que siento la necesidad de compartirlo, me encantaría contribuir de alguna manera a que este crecimiento personal pueda ayudar a alguien más. Por eso, aunque tenga que aventurarme en lo desconocido, aunque dude, respiro hondo, cojo fuerza, me entrego y confío.

Me gustaría profundizar un poco más en lo que significa para mi la entrega. Entregarse resulta a veces muy dulce, entregarse a unos brazos abiertos y amorosos, flotar en el agua confiadamente mientras sientes los rayos del sol en la piel, abandonarse a un sueño cálido y reparador en la cama. Pero no siempre es tan fácil, por el contrario otras veces es muy exigente. Cuando pienso en algún ejemplo extremo me acuerdo de Jesús en el huerto de los olivos, llorando lágrimas de sangre porque sabía lo que le esperaba y aún así se entregó a su tormento. Eso es entrega absoluta a un ideal, pero es muy extremo, no creo que sea necesario tanto sacrificio en estos tiempos. Hay muchos ejemplos más cotidianos y también significativos, como el de los padres cuando entregan su tiempo, esfuerzo y dinero al cuidado de los hijos, los artistas cuando persiguen una inspiración, los científicos cuando investigan algo que quieren descifrar, los profesionales cuando creen en su trabajo y se vuelcan en él.

No creo que la entrega tenga que ser sinónimo de sacrificio, más bien considero que debe ir acompañada de una reconfortante sensación de recompensa, como indicador de que estoy en el camino adecuado. Por eso me parece importante la actitud que uno tiene en el momento en que la cosa se pone un poco difícil. Hay que tener clara la motivación, los objetivos personales que uno persigue, analizar la dificultad y ver si está equilibrada con los objetivos, si contribuye a la realización de lo que busco conseguir. Si no lo es, se descarta tranquilamente y punto, pero si la dificultad representa un aprendizaje o esfuerzo útil, entonces hay que entregarse, ir a por ello. Eso sí, ya que se puede escoger porque es una decisión personal que tomo desde mi libertad, mejor que sea sin sacrificio, disfrutándolo.

Pasito a paso, desde el corazón, con los pies en la tierra y la mirada en un horizonte infinito. Así es mi camino del alma.

Todo está en ti

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Cuenta Yogananda en la ‘Autobiografía de un yogui’ que algunos swamis llegaban a conocer los secretos de la materia hasta el punto que conseguían liberarse del cuerpo, no necesitaban alimentarse, dormir, elegían el aspecto de su cuerpo físico o incluso manifestaban varios cuerpos. Aparte de los yoguis y místicos que según la historia han alcanzado ese poder, los demás necesitamos alimentar nuestro cuerpo y cierto grado de comodidad física, pero dejando a un lado las cuestiones materiales, todo lo demás es tan subjetivo. En cambio, trabajar el mundo de las emociones está al alcance de cualquiera. Es ahí donde entiendo la frase que tantas veces he oído ‘Todo está en ti’. Pero lo realmente interesante es llegar a experimentarlo por uno mismo.

Todas las emociones y sensaciones son aprendidas a lo largo de nuestra vida, como colores, olores que experimentamos y memorizamos en nuestro interior. Así nuestra experiencia nos lleva a reaccionar mecánicamente ante ciertos estímulos, por ejemplo, no tengo compañía, me siento sólo; no encuentro trabajo, me siento rechazado; me aburro, soy infeliz; me alaban, me siento importante. Sin embargo, cuando siento soledad, la soledad está en mi, no viene de fuera. Cuando siento tristeza, eso lo siento en mi interior. La injusticia, el abuso, todo nace del sentimiento interior. Claro que las circunstancias externas tienen algo que ver, si me dan un puñetazo me duele, pero es mi sentimiento interior el que determina la reacción: ira, abuso, compasión, humillación, toda esa diversidad de emociones es posible a partir de una circunstancia concreta. Si alguien me saluda con afecto, puedo reaccionar de distintos modos, con cariño, aprensión, indiferencia.  Puede depender de mi educación o de mi estado de ánimo.

Es posible cultivar la introspección y aprender a desvincularse de las reacciones automáticas para llegar a la raíz del verdadero sentimiento. Es una capacidad poderosa llegar a liberarse de los condicionamientos emocionales, reconocer que en nuestro interior podemos alimentar y activar la emoción más adecuada.  Aprender a encontrar en nuestro interior lo que necesitamos. Claro que es bello gozar de compañía y ayuda, pero no siempre es necesario.

Para empezar, encuentra un momento  y un lugar de tranquilidad, adopta una postura relajada, cierra los ojos, respira consciente y profundamente hasta que empieces a sentir el espacio interior. Examina las emociones que encuentras, a menudo hay tristeza, soledad, confusión, ira, son emociones oscuras que pesan en tu corazón. Suelen aparecer primero porque hacen de pantalla y bloquean a las demás. Siente cómo las llevas cargando desde hace mucho, quizás años, ya te has acostumbrado.

No te conformes, no te resignes, no naciste con ellas y puedes sanar esas emociones. En ti está todo lo necesario, ¿qué necesitas? Compasión, cariño, apoyo, confianza; haz crecer en ti ese sentimiento y alimenta desde tu interior la emoción que necesitas, trátate con amor, manda a esa emoción oscura todo lo que necesita para sanarse.

Visualiza situaciones que te puedan ayudar, un lugar bello y tranquilo, la compañía que necesitas, un amigo, un maestro, alguien que te de consuelo, cariño, consejos. La visualización es una herramienta poderosa porque te permite  sacar tu sabiduría interior. Sobre todo alimenta la luz del amor, el amor lo cura todo, date tanto amor como necesites y un poco más, no escatimes, cuanto más te das más fuerte lo sientes.

Transformando tu interior puedes aliviar el peso de las emociones oscuras. Aunque no puedas cambiar las circunstancias de tu vida, sin duda tu disposición para cambiar ya es otra cuando las emociones no actúan automáticamente sobre ti y pesan como una losa, puedes replantearte cuáles son tus necesidades verdaderas, sin condicionamientos. Y desde luego vives con más paz y alegría, que al fin y al cabo es a lo que hemos venido, a disfrutar de la vida.  Al principio requiere más tiempo, pero con la práctica es algo que sale de forma natural en el día a día.

Todo lo que necesitas está en ti. Atrévete a experimentarlo.

La magia del 9

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Si jugamos a hacer un poco de numerología con el año 2016, podemos sumar sus cifras y nos da el número nueve ¿Sabéis que el numero 9 es mágico?

Permitidme que os cuente algunas curiosidades del número nueve, comenzaré con un poco de historia. El nueve es el último de los números naturales de nuestra escala decimal ¿Por qué decimal? Porque aprendemos a contar con los dedos y tenemos 10. Los números que utilizamos ahora vinieron de mano de los árabes allá por el año 1000, que a su vez lo aprendieron de los hindúes. Hasta entonces utilizábamos los romanos, que son letras.

Ya me gustaría a mi que me hubiesen explicado cuando me enseñaron las tablas de multiplicar lo fácil que se construye la del nueve. Los payasos de la tele (Fofó, Miliki y Fofito) la explicaban escribiendo en una pizarra así: veamos lo más fácil 9×1 es 9 y 9×10 es 90, eso ya me lo se, contemos las que no me se 1,2,3,4.. apunto primero de arriba a abajo y comprobamos otra vez, escribo de abajo a arriba y ¡ya está!. Con las manos también se puede hacer. Abre las manos mirando las palmas, 9×1: baja el primer dedo (pulgar de la mano izquierda), quedan 9; 9×2: baja el segundo dedo (solo ese) a la izquierda hay 1 y a la derecha 8, son 18; 9×3: baja el tercer dedo, a la izquierda hay 2 dedos y a la derecha 7, son 27 y sigue así ¡Magia!

Por cierto, si sumas los números de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 comprobarás que dan siempre 9: 0+9=9, 1+8=9, 2+7=9, etc. En realidad verás que puedes multiplicar cualquier número por 9 y sumando los números del resultado siempre tendrás 9, por ejemplo 2015×9=18135, 1+8+1+3+5=18, 1+8=9. Jeje, me encanta ¿Y que pasa si a un número cualquiera les sumas 9? Que el resultado de la suma de sus números no cambia. Por ejemplo 2015, 2+0+1+5=8. Si sumo 2015+9=2024 y 2+0+2+4 ¡también es 8!

Una circunferencia tiene 360 grados, 3+6+0=9. Trazamos una línea divisoria y obtenemos la mitad son 180, 1+8+0=9, la mitad de la mitad son 90, 9+0=9 … 45 = 9, 22.5 =9 y así hasta el infinito, vamos trazando líneas hasta que la circunferencia pasa de estar vacía a estar llena, desde el punto central hacia afuera. También se puede llenar desde el borde de la circunferencia hacia el centro trazando figuras geométricas, un triángulo equilátero, un cuadrado, un pentágono, un hexágono, etc. como son concéntricos, se llena primero el borde de la circunferencia y deja el centro hueco.  En el triángulo la suma de los ángulos internos de sus vértices es de 60+60+60=180, que suma 9. La suma de los ángulos internos del cuadrado es 45+45+45+45=45×4=180 que da 9. El pentágono 108×5=540, 9. El hexágono 120×6=720, nueve otra vez ¡Me parece tan fascinante!

Simbólicamente, el 9 es el último de números y el principio de la decena, por eso significa el final y el principio, la totalidad y el vacío, el ying y el yang, la creación, la apertura de la mente y el espíritu. Nueve son los meses que necesita una célula para desarrollar un cuerpo humano.

Desconozco que hace del 9 un número tan peculiar, hay otros números que también lo son, como pi que se expresa en los círculos y phi que desarrolla la proporción áurea y la secuencia de Fibonacci. La mente del ser humano ha creado estos números para descifrar y comprender los misterios de la naturaleza, el patrón escondido en la creación, por eso encuentro en ellos tanta belleza. Hay magia en los misterios de la creación y eso es lo que expresa el número 9.

Este año nos trae un nueve, por algo será. Os deseo de corazón un año lleno de magia y creatividad ¡Feliz año 2016!

La espiritualidad

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Ahora que llevo un tiempo explorando en los asuntos del alma, observo desde esa perspectiva cómo reaccionamos ante palabras como espiritualidad, divinidad. Es curioso, ahora para mí son normales, pero reconozco que al principio también reaccionaba con cierto reparo ¿Por qué nos rechinan los dientes cuando hablamos de espiritualidad y divinidad, especialmente en relación con la persona? Veamos primero qué dice el diccionario acerca de estos términos.

Espiritualidad se deriva del latín spiritus, que significa espíritu. Pero su significado no está tan claro, se define como los asuntos que tienen que ver con el espíritu, el alma, pero finalmente la explicación entra en asuntos religiosos. Cada religión o doctrina enfoca la espiritualidad a su manera para que los mortales nos acerquemos a Dios.

Divinidad, para entrar en esta tema ya hay que acotar el tipo de religión o creencia. En general lo divino está en contraposición a lo terreno y por tanto es algo ajeno a las personas; algo que está en el cielo, el paraíso, nun, el olimpo, los campos elíseos, etc.

Tengo la impresión de que nuestra historia, cultura y educación actuales han asociado la divinidad a algo que está más allá de nosotros, en los cielos. Y la espiritualidad la asociamos a la aspiración de acercarse a la divinidad, una divinidad lejana y en mucha medida ajena a nuestra existencia. Como si nosotros, pobres mortales, nos tuviésemos que ganar ese derecho, redimirnos de nuestros pecados, karmas, herencias negativas.

Yo ya no lo veo así, no veo la separación, es que no lo siento así. Cuando hablo de la divinidad me refiero a esa esencia que lo impregna todo, manifestado o no manifestado, por tanto forma parte de nuestra propia naturaleza, terrena y carnalmente también. La espiritualidad es para mí como uno más de nuestros sentidos, por desgracia poco desarrollado en nuestra sociedad actual, sin embargo todos la anhelamos y necesitamos. Es ese sentimiento cierto de que estamos acompañados, que hay algo que nos conecta al resto de las personas y al universo, que hay una sabiduría ancestral y profunda que guía nuestros pasos, que existe una conciencia inmortal, amorosa y armoniosa a la que nos queremos unir.

Los que practican alguna religión encuentran un camino ya preparado y unas herramientas que llevan funcionado cientos de años, pero en esa comodidad nos olvidamos de experimentar por nosotros mismos, delegamos ese trabajo. A menudo los practicantes ven con temor y rechazo cualquier propuesta que no se defina por los dogmas aprendidos. Sin embargo, la espiritualidad no es patrimonio de ninguna institución, ni privilegio de ninguna persona santificada o iluminada.

Reivindico el significado personal y libre de la espiritualidad, que cada cuál la busque y la sienta como desee, en el aire, el agua, el prójimo, un símbolo, el más allá, da igual, ¿acaso no está en todas partes? Pero sobre todo sintiéndola dentro de uno mismo, no como un acto de fé. Y defiendo también la divinidad en cada uno de nosotros. Nos manifestamos como seres individuales pero estamos conectados y somos parte de la divinidad, como dice Avihay en el título de su segundo libro, somos “Las caras del Ser”.

Buscadores, investiguemos, que todo es ciencia. Que no lo hayamos catalogado no significa que no exista.

El juego de las apariencias

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Parece que la vida quiere enseñarme una lección. Algo en estos días hace que venga observado ejemplos de cuanto nos esforzamos por mostrar a los demás una imagen clara de lo que creemos que somos o de cómo queremos que nos vean los demás, en lugar de ser tal como somos. El juego de las apariencias.

Me refiero a cosas como: ‘necesito poner máquinas en mi despacho para que el que entre entienda que trabajo con tecnología de alto nivel’, ‘me visto con prendas de marca para que vean que tengo dinero’, ‘pongo una imagen en mi perfil para demostrar que soy una persona solidaria’, ‘respondo con agresividad para que no me tomen por débil’, ‘sé que esto no resuelve el problema, pero lo haré igualmente para que nadie piense que no me esfuerzo en mi trabajo’…. Apenas dirijo mi atención a esta cuestión y me vienen más y más ejemplos. Es evidente la importancia que tiene para nosotros lo que el otro ve. Y por otra parte, ¿cómo puedo entonces creer yo en lo que me muestran mis ojos? Aún más, ¿en que medida lo que mostramos de nosotros mismos es una creación de la persona, un avatar?

Siendo como son las cosas, resulta inquietante pensar en los criterios que puedo yo estar eligiendo para construir ese avatar, esa apariencia que deseo mostrar. Porque en mi intención inicial probablemente piense que yo estoy determinando lo que quiero ser, pero si examino con cuidado lo que hago, empiezo a entender que para expresarme busco representar la imagen típica, responder a lo que mi entorno entiende clara y directamente. A ver si me explico mejor, si quiero parecer formal, procuraré vestirme con cierta etiqueta y limpieza. Pero eso también significa asumir la imagen social predominante, ¿quien ha decidido que una ropa deportiva no da imagen de seriedad?. Y digo inquietante porque así, sin darme cuenta, entro en el juego de comportarme como la sociedad espera que me comporte y entonces, de alguna manera, dejo de ser quien realmente soy para seguir una corriente que no se quien conduce.

Por otra parte siento que estamos perdiendo la capacidad de ver más allá de lo que la vista y los prejuicios nos muestran. Igual que me creo que soy ese avatar que he creado y nada más, confundo al resto de las personas con su avatar. Estamos asumiendo muy fácilmente que este juego de las apariencias es la vida real, y no lo es. Yo personalmente quisiera saber leer mejor entra líneas, utilizar otras vías de percepción adicionales, como la intuición, la emoción. Sobre todo dejar de juzgar y catalogar rápidamente lo que percibo, porque mi mente está muy acostumbrada a hacerlo. Cuesta trabajo al principio, pero es cuestión de practicar, como todo.

Meditar enseña a relajar los sentidos y la mente, abre un espacio interior de conciencia. Entrenando estas capacidades creo que seré más capaz de ver las cosas como son, sin entrar en este juego de apariencias. No lo veo como un aprendizaje de capacidades extrasensoriales, es recuperar un equilibrio perdido. De tanto trabajar la mente, hemos dejado atrás el corazón. Abre tus ojos, los ojos del corazón y observa.

Procesos

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Todas las enseñanzas espirituales vienen a decirnos de alguna manera que tenemos que reconocernos como la divinidad, entender que no existe la separación: no es que Dios en su gracia divina entre en nuestros corazones y los ilumine. Es más bien que nuestros corazones son el mismo Dios y todo lo que cada uno de nosotros manifestamos es divinidad; toda la creación, todo lo manifestado es divinidad. Si, todo con su luz y con su oscuridad también, es divinidad.

Aceptar que somos divinidad significa confiar plenamente en la sabiduría divina, que también es nuestra propia sabiduría, en que todo ocurre por algún motivo y con algún fin. Es abrazar las sombras e iluminarlas con nuestro amor, nuestra luz interior. Es fundirse con la creación y nutrirse de su esencia, que es nuestra propia esencia. Contado así parece cómodo, sin embargo no lo experimento así. Lo más normal es identificamos con la vida, los aconteceres, las ilusiones, las expectativas, los miedos, el dolor, amor y desamor, todo eso que nos atrapa en la experiencia vital y nos hace sufrir. Al fin y al cabo es natural, estamos encarnados y nuestra experiencia vital es poderosa.

Vivir la vida con intensidad y entusiasmo no lo veo incompatible con aceptar la divinidad. Sería incluso deseable poderlo experimentar con alegría, ligereza y pasión, como una sucesión de aventuras extraordinarias, así como Peter Pan en la obra original de J M Barrie. Pero no somos niños perdidos, hemos madurado, asumimos responsabilidades, aceptamos sacrificarnos en pos de un bien superior, por eso más que aventuras yo lo llamaría procesos.

Procesos, etapas, aprendizajes, experiencias maravillosas, unas veces dolorosas, otras felices. Lo importante de la vida para mí es entender los procesos, gozarlos en el momento en que ocurren, aprender de la enseñanza, trabajar para desarrollar nuestras capacidades, proyectos e ilusiones, superar los retos, los reveses inesperados, descubrir nuestra naturaleza divina en el día a día. Todo eso, en definitiva, que hace que la vida no sea simplemente una sucesión de cosas que nos pasan y por las que vamos navegando con mayor o menor fortuna. Conozco bien ese sentimiento de sentirse arrastrado por los acontecimientos, sin tiempo, sin ánimo ni orientación de cómo retomar el control. El cansancio de acostarme y pensar que el próximo día no traerá más que una nueva ración de lo mismo. Ya no acepto eso, en vez de dejar que las cosas ocurran sin más, acepto el reto de entregarme a la experiencia vital con todas sus consecuencias. Pero eso no significa que me abandone a lo que venga, eso no, yo tomo el timón, dirijo mi rumbo, analizo y respeto mis sentires y necesidades, me esfuerzo en conseguirlos.

Finalmente llegaremos a fundirnos todos en esa esencia divina que somos, pero vivamos el proceso intensamente. Y si es con alegría, mejor.

Cambiar los patrones

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Leí que nos tratamos a nosotros mismos y también a los demás tal como nos trataron nuestros padres. No se si es ciertamente así, o si somos como somos por la educación recibida y el carácter heredado. Mi pregunta es ¿podemos llegar a cambiar nuestros patrones de comportamiento?

Me resulta muy difícil pensar que sea posible, tanto como cambiar el lenguaje materno, hablar en otra lengua con la facilidad del primer idioma que aprendimos. Soy consciente de que en gran medida el modo de comportamiento, la forma de expresarnos, al igual que el lenguaje, es aprendido, porque es fácil observar las diferencias de hablar y comportarse entre distintos países y culturas. Eso me hace creer que puedo cambiar, porque hay cosas de mi forma de ser que a veces me disgustan, incluso que me enfadan mucho. Y a veces me gustaría saber cómo se hace para soltar esas maneras de ser y expresarme, quisiera poder borrar esos patrones, reprogramar mi cerebro.

He leído que se puede cambiar en 21 días, otros dicen que son 66, se habla de la plasticidad del cerebro, de epigenética. Mario Alonso Puig sostiene que con la actitud podemos modificar nuestros genes y como el cerebro está hecho de neuronas que se regeneran constantemente, en un tiempo nuestro cerebro puede haber mutado a una estructura genética diferente. En fin, parece que la ciencia actual contempla diversas posibilidades de cambiar, por tanto se debe poder hacer o al menos se puede intentar.

Después de analizar la cuestión desde el punto de vista de la mente y el conocimiento, someto el tema al análisis del corazón. La meditación me lleva a aceptar y abrazar mis circunstancias, en la calma profunda todo está en equilibrio y es perfecto, tal y como es. Observo entonces la exigencia a la que me someto, la frustración que me causa no aceptar mis patrones, mi herencia. ¿Es necesario? ¡NO! Habrá cien mil maneras más amorosas con las que tratarme y tratar cualquier circunstancia en la que mi comportamiento sea mejorable. Y  así, con paciencia y ternura, si ha de llegar un cambio, llegará a su debido tiempo. Sin necesidad de fustigarme ni presionarme, tranquilamente y disfrutando del camino de la vida.

Que sabio es mi corazón, como sabe llevarme al buen camino, ¿no es maravilloso?

Un camino fácil

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“Las cosas, o salen fácil, o es que no tienen que salir”. Bendita la sencillez la de las cosas que salen fácilmente, ya me gustaría a mí que todo fuese así, que venga todo tan rodado, que con el problema acuda la solución, que la comunicación sea siempre fluida y con entendimiento, que para cada necesidad haya una respuesta y para cada problema una solución. Todo esto hablando del camino personal, claro.

Pero no todo es tan fácil, es más, tampoco creo que pudiera serlo. Si quieres tocar un violín,  terminar una carrera, investigar en ciencia, subir una cima, practicar un deporte de competición, bailar ballet, tantas cosas… sin duda hay que sacrificarse y sudar, mucho y durante años. Entonces, en el día a día, con los retos o los problemas personales que se nos plantean, me pregunto cuál es la referencia que me sirve para discriminar si es necesario esforzarse más, o por el contrario es conveniente abandonar. Cómo distinguir si eso que de repente ya no me resulta tan fácil, tan fluido, incluso cuando resulta tremendamente complicado, cómo saber que la dificultad es un obstáculo que tengo que superar o una pared que me impide avanzar.

Hasta ahora seguía métodos de decisión más convencionales, del tipo valorar pros y contras. Ahora también considero necesario tener en cuenta el corazón. Lo que yo practico es alejar de mi mente por un momento las pretensiones, presiones, condicionantes, todo lo que pueda influir en mi pensamiento, relajar la mente y observar en mi pecho la sensación cuando me veo realizando esa tarea. ¿Hay angustia?, ¿hay ilusión?,  la diferencia es determinante para saber cuál es el punto crítico.

Ciertamente, día tras día me voy cargando de tareas y actividades que no deseo hacer, algunas son necesarias para el mantenimiento de la vida y la convivencia, pero otras muchas se pueden aplazar o simplemente descartar. Hacer una buena limpieza de vez en cuando y despejar la vida de cargas innecesarias, es un trabajo importante porque aclarar el camino crea tiempo, espacio y tranquilidad para abordar las otras tareas. También me resulta eficaz replantear cuál es el plan de mi vida, qué quiero hacer con ella, cómo veo mi vida dentro de 5, 10 años y si ésta tarea contribuye a conseguir mis objetivos.

En realidad no importa tanto si una tarea es fácil o dura, lo único que importa es las ganas que tienes de hacerla. Finalmente se trata de asumir que las tareas lo son por decisión propia, no es mi deseo aceptar trabajos cuando los considero simplemente necesarios o una obligación, porque así pesan mucho más, la vida se convierte en un quehacer sin sentido. Cuando las tareas las hago desde el corazón, entendiendo que es mi decisión, mi deseo, mi plan de vida. Cuando hay un propósito, un aprendizaje, intención, entonces las cargas son más livianas. Si una tarea pesa, hay que plantarse y valorar. La vida es para vivirla con alegría y motivación, hay que disfrutar en todo momento.

La sabiduría del corazón

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A veces en la meditación surgen experiencias sencillas que resultan estar cargadas de significado. Mientras entraba en ese remanso de luz y paz que albergamos en el centro de nuestro pecho, sentía los latidos de mi corazón. El palpitar de la vida, sístole, diástole, contracción y expansión en un continuo fluir de vida, un motor de energía, como el mismo universo que crece a la vez que se contrae.

Y sentí que en realidad la experiencia de la vida misma no es más que eso, todo lo que aprendemos y experimentamos requiere de una acción de abrazar y expandirse. A veces tardo en aproximarme a una experiencia o decido pasar de largo, pero finalmente toda experiencia requiere de ese abrazo, el proceso absorber y digerir para llegar a formar parte de nuestro conocimiento. Y cuando ya hemos integrado en nuestro ser ese conocimiento, se produce la expansión porque entonces soy capar de mirar y ver más allá, de contemplar experiencias nuevas.

Resulta tan sencillo de explicar y a la vez tan difícil de llevar a cabo, pero esa es la enseñanza que me transmite la sabiduría del corazón, el corazón físico y el corazón espiritual. Que todo en la vida se aprende así, uno elige los métodos, a mi me funciona la meditación, a otros quizá el tiempo, charlar y compartir, el psicólogo, etc. Pero en definitiva cualquier experiencia que nos traiga la vida, consciente o inconscientemente habrá de pasar por ese proceso. Y puestos a escoger, prefiero que sea conscientemente, me agrada disponer del tiempo y la calma para examinar los acontecimientos del día, sentirlos en el corazón, ver en qué parte del proceso se encuentran: aproximación, abrazo, expansión. Ser consciente de lo aprendido. Meditar es una manera, también pasear, otro de mis preferidos es ese ratito justo antes de entrar en el sueño. Vivir conscientemente y con el corazón.

Un mundo mejor

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“¡Es lo que hay!”… Terminé la carrera con buenas notas, tengo preparación y experiencia pero no tengo trabajo y tengo que aceptar cualquier cosa… ¡Es lo que hay! Me presenté a una oferta de trabajo por 16, pero al hacer la entrevista me hablaron de 14, como tenían tantas ofertas decidieron bajar el salario… ¡Es lo que hay! Contraté a un amigo para este negocio de 12, pero a él le doy 2, de qué se queja si… ¡Es lo que hay! Nuestros representantes políticos se siguen subiendo el sueldo en cuanto acceden a un puesto aunque para lo demás no haya dinero… ¡Es lo que hay! La sanidad y la salud no es un derecho fundamental, está para el que pueda costearla y si tu enfermedad no produce beneficios no se investiga, la investigación es privada y eso… ¡Es lo que hay! Estamos en un nuevo milenio, pero en el mundo siguen las guerras y la migración mata a gran parte de los que consiguen huir de ellas… Si eres grande se te protege, pero si eres pequeño no importas, así te hundas… ¡Es lo que hay!, ¡Es lo que hay!, ¡Es lo que hay! No paro de escuchar la frase. A veces siento tristeza y otras veces rebelión, igual que le pasaba a Cafrune ¿Cuándo nos hemos vuelto tan conformistas? ¿Por qué lo aceptamos tan fácilmente?

No consigo entender por qué aceptamos tantas injusticias, por qué nos parece tan natural y normal lo que a todas luces es muy mejorable. Al menos a mí no me parece natural ni normal. Las noticias y los medios nos pintan un mundo gris, lleno de violencia y crueldad. La televisión, los libros o juegos nos ofrecen historias de canallas y psicópatas, perseguidos por policías corruptos, violentos o amargados. Traición, soledad, intereses, violencia, juegos de poder, desamor, desolación, ¿es este el mundo en que queremos vivir?, ¿es esto lo que hay? No lo creo. Aceptamos todo esto porque en nuestro pequeño mundo personal estamos cómodos con lo que tenemos, hemos llegado a creernos que con un techo, algo que echar a la boca, un móvil, wifi y un coche podemos ser felices. Nuestra crisis es bien profunda, nos conformamos porque hemos olvidado la capacidad de imaginar un mundo mejor.

Yo tengo una visión diferente. Veo gente sensible, inteligente e inquieta que busca vivir en armonía con la naturaleza. Gente solidaria que ofrece su tiempo y su cariño a personas que han venido a nuestro país en busca de algo de prosperidad y están necesitados de apoyo. Personas que buscan el camino del amor y crean grupos de ayuda para personas enfermas o necesitadas de asistencia. Maestros entregados que ayudan a los alumnos y buscan soluciones aunque les cueste el dinero. Personas que deciden involucrarse en ese mundo feroz de la política, para cambiarlo desde dentro y hacerlo más justo, como debe ser. Compañeros que hacen su trabajo en conciencia, entrega y humanidad, a pesar de que las circunstancias laborales no ayudan ¡Esa es la vida que quiero vivir!, ¡Esa es la gente con la que quiero compartir mi vida! Porque de ahí llegará el cambio.

Creo que un mundo mejor es posible, pero primero necesitamos tener esa visión de un mundo mejor para encaminarnos hacia ello, creer, vivirlo y respirarlo cada día.  Y no caer en la desesperanza, la impotencia, desprendernos de todas las creencias que nos condicionan y nos limitan. Así lo explica Jaques Fresco en su discurso que es de una de una claridad dolorosa,  pero es necesario alcanzar esa conciencia, como necesario es sacarse una espina.

Crear la realidad

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Últimamente me ha llegado mucha información acerca de lo que pensamos que es la realidad. Dicen que la realidad no es más que un holograma y que uno mismo crea su propia realidad. Suena fascinante, bastante extraño y hasta absurdo. Si yo crease mi realidad, ¿incluiría cosas como el sufrimiento y la enfermedad? Pero después de asimilar tanta información como he recibido, hay un par de cosas que han cambiado en mi concepción de la realidad.

Primero está la cuestión física, ¿es la realidad un holograma?, ¿es real esta manzana que veo y toco? Interpretamos como real todo aquello que configura una imagen en nuestro cerebro a través de los sentidos.  Claro que nuestro cerebro ha aprendido mucho desde que nacemos: lo que llamamos color verde es aprendido, también lo que es pequeño o grande, lo que es duro o blando, bueno o malo… Todo eso es relativo, porque un daltónico no puede ver el verde, un ciego forma imágenes táctiles u olfativas y desde luego los animales tienen una percepción muy distinta de la nuestra. Hay personas que ignoran los detalles, otras son observadoras, un autista puede decirte de un solo golpe de vista cuantos clips se derraman sobre la mesa, hay quien incluso huele el agua. Teniendo en cuenta todo esto y muchas más cosas que conocemos por estudios científicos, parece sensato pensar que en realidad todo lo que percibimos, aprendemos a percibir o elegimos percibir, construye una imagen mental que resulta de  nuestras capacidades personales y del consenso con nuestro entorno familiar y social. Podría decirse entonces que es como un holograma, porque lo que para nosotros es real, sólido y palpable como una manzana, para las señales por las que viajan nuestros mensajes del móvil, la manzana no existe, la atraviesan sin problema. Si esas ondas tuviesen ojos y mente, a lo mejor pensarían que la manzana es como un gas o quizás una entidad fantasmal.

Vale, admito que la realidad tal como yo la interpreto es un holograma. Pero de ahí a pensar que yo creo mi realidad hay mucha distancia, ¿creo yo las personas, los edificios o los acontecimientos? Sin embargo cuando Louise Hay lo explica en este video, me resulta claro y cristalino: Crear tu propia Vida. Nuestra realidad se configura desde el mismo momento en que adoptamos una actitud o elegimos un camino y decidimos ignorar o esquivar otras posibilidades. A partir de ahí ocurren otros fenómenos, como que atraemos personas que vibran, piensan y sienten como nosotros. Incluso atraemos o nos hacemos sensibles a determinados  acontecimientos  (lo que C.G. Jung llama sincronicidad), de los que en otras circunstancias no me hubiese percatado. La forma en que vivo afecta mi realidad personal, que comparte mucho con la realidad de los que me rodean, pero no tiene por qué ser una realidad única. Son perspectivas distintas, a veces hasta radicalmente diferentes.

Todo esto no es una paranoia mía, está bien fundamentado en la experiencia y la ciencia, se explica en libros y documentales, por tanto, ¿por qué me resulta tan difícil de aceptar?, ¿por qué siento como una especie de temor al expresar estas ideas?  A medida que me hago más consciente de esta nueva visión de la realidad, cuanto más la acepto y la practico, me resulta mucho más evidente. Lo ridículo ahora es pensar que por el hecho de que yo fije mi atención en una manzana, deba de considerarse una realidad irrefutable para cualquier ser. Simplemente porque cada uno elige libremente en qué fijar su atención y cómo verla. ¿Cómo la pintaría Van  Gogh? ¿Cómo la percibe un bebé? ¿Y un gusano?… La realidad es infinita y eso abre un universo de posibilidades. Es maravilloso.

Cultivar mis dones

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Todos tenemos dones, los apreciamos en los niños cuando son pequeños. Dones de distinto tipo: tener un determinado carácter, una cierta habilidad o una característica física. Si creces hasta los dos metros, deberías jugar al baloncesto, pero si eres especial porque tienes una alta sensibilidad, empatía o sentido artístico, lo tienes difícil en nuestro mundo de hoy porque en estos tiempos hay que seguir tendencias, ir a la moda, ser popular.

La educación actual no está preparara para atender las necesidades o talentos particulares de cada individuo, se configura un currículum educativo y los niños se han de adaptar a él. Y si alguno tiene dificultad con una materia, necesitará clases de refuerzo, pero no se valora que destaque en algo, si acaso un docente motivado puede aconsejar a los padres o dirigirles a algún tipo de educación complementaria, que sin duda será costosa para los padres y sacrificada para los hijos. Siendo así la tónica general de crecimiento personal, no es de extrañar que cuando lleguemos a adultos hayamos olvidado nuestros dones, esas características menos visibles para las que estamos especialmente dotados. Me viene a la cabeza el terrible video de “Pink Floyd, Another Brick In The Wall

Yo he olvidado mis dones, así que me propongo un plan para recuperarlos y estimularlos. El objetivo es hacer mi vida más plena y satisfactoria, incorporar a mi vida cotidiana todo lo que mis dones me pueden aportar. Si tengo un don para la escritura, puede que no publique nunca un libro o reciba jamás un premio, pero tendré la satisfacción personal de dar lo mejor de mí y recibir el reconocimiento de quienes lo disfruten.

La técnica puede ser sencilla, hay montones descritas en la literatura de PNL o de Entrenamiento personal (Coaching personal):

1.- Hacer una lista de mis dones.

2.- Describir más exactamente cada uno de ellos, en qué consiste, cómo me veo haciéndolo, qué sentiré haciéndolo.

3.- Elaborar un plan de acción para trabajar y desarrollar cada uno de ellos, valorando posibilidades, dificultades, ayudas que puedo conseguir, personas que me pueden motivar, etc.

4.-  Definir un plan de seguimiento para valorar los avances y revisar las acciones.

La puesta en práctica no es tan sencilla, ya me atasco en el primer punto, no soy tan excepcional, pero aunque no sea un Don don, será un “doncito” 🙂 A ver qué puedo hacer: vuelvo a mi infancia, ¿qué cosas hacía especialmente bien? Otro método: escuchar a los demás, ¿qué aspectos destacan de mí mis familiares, amigos o conocidos? Una ayuda más, puede que algunas de mis cualidades no sean innatas, pero si hay algo por lo que siento un deseo especial, eso con lo que realmente disfruto cuando lo hago, lo que me hace sentir particularmente bien; sin duda eso vale la pena desarrollarlo también. Solo este trabajo, el hacerme consciente de mis cualidades especiales, mis dones, ya es sumamente interesante.

Voy a elegir uno sólo y a empezar el plan, ya os iré contando.

La comunicación

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La paradoja de estos tiempos es que con los medios tecnológicos que tenemos, donde estamos permanentemente interconectados y de forma casi instantánea, la comunicación funciona mal.

Oí una frase que decía que, en general cuando escuchamos lo hacemos para mejorar nuestros argumentos, no para entender; desde luego reconozco que eso a mi sí que me pasa. En una conversación normalmente presto más atención a mis propios pensamientos y sensaciones; comunicar, tal como hago a menudo, supone intentar expresar eso que está en mí para que lo entienda el otro. Y cuando escucho al otro, normalmente “traduzco” rápidamente lo que me dice a algo que yo ya conozca. Esta forma de comunicación no creo que sea sólo la mía, creo que está generalizada. De esta manera resulta que a menudo una conversación es un intercambio de pareceres lleno de suposiciones, prejuicios y malos entendidos; no hay entendimiento ni comprensión verdaderas.

Y leer, ¿cuánta gente es capaz hoy en día de leer más de 10 páginas seguidas y atentamente? Resulta cansado y aburrido ¡Si cada vez vamos más al tweet! 140 escuetos caracteres.  Sobre la información: podemos conocer de forma prácticamente inmediata lo que pasa en cualquier parte del globo, ¿pero sabemos realmente lo que pasa en el mundo?, o en nuestro país, o en nuestra cuidad, o en nuestra casa.  Yo, cuanto más lo intento, más difícil me parece, hay un exceso de información y casi toda está intencionadamente manipulada y seleccionada.

La práctica de las terapias sutiles en los cursos de Avihay me enseña que hay una comunicación diferente. Empezando desde el respeto al otro ser, pidiendo permiso para establecer una conexión de corazón a corazón, abriéndonos a la percepción de mensajes sutiles, inconscientes, vibraciones, emociones. Escuchando sin juzgar, analizar, involucrarse, incluso sin comprender, sólo conectar, empatizar, compartir. Para luego soltar y armonizar. Es un proceso muy bello y enriquecedor para ambas partes, casi siempre termina en un abrazo.

¡Vaya diferencia! No digo que tenga que ser siempre así… no sé, no me imagino una comunicación así con el policía que me pone una multa absurda, con el alcalde de mi pueblo o con el que está en el mostrador del banco. De lo que no me cabe ninguna duda es que algo nos estamos perdiendo en la comunicación tal como es hoy, entre personas y en los medios. Y desde luego, los profesionales de la comunicación y la prensa deberían reconsiderar sus métodos y objetivos, sigue habiendo profesionales maravillosos pero la tendencia general es penosa.

Mi camino me lleva ahora a replantearme la comunicación, más allá de los roles: policía-conductor, empleado-cliente, vecino, compañero o pareja. Con las precauciones necesarias, intento ver a la persona, escuchar para entender y, dependiendo de las circunstancias, de la proximidad afectiva con la persona, activar un hilo de luz de corazón a corazón.

Cambia mucho así: me doy cuenta del constante e innecesario enfrentamiento que mantenemos tanto en cuestiones cotidianas como en el trabajo, por no entendernos bien, por no saber valorar en el momento nuestras necesidades, ni entender las del otro, como se propone en la CNV (Comunicación no violenta, Marshall Rosenberg). Punset lo explica muy bien aquí.

Comunicar mejor me ayuda a amar mejor a mis seres queridos, a relacionarme mejor con la sociedad y el trabajo, entender cuándo vale la pena conectar mejor o cuándo es preferible evitar el contacto. Estoy practicando, aprendiendo, pero intuyo que este cambio me va a proporcionar grandes alegrías y mucha comprensión.