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La familia

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Es un tema tan delicado como relevante: está claro que la familia es un componente poderoso en el desarrollo de nuestra vida. No resulta fácil percatarse de ello, porque cuando nacemos nos concebimos como individuos únicos y especiales, crecemos ejerciendo nuestra independencia y nuestra libertad para elegir el camino de vida que deseamos. Sin embargo, nacemos de una familia y luego normalmente creamos otro grupo familiar, perpetuando así una línea de evolución. ¿Hasta qué punto permanecemos ligados a la influencia familiar en nuestra vida o somos libres como individuos?

Me resulta evidente, por ejemplo, que unos padres que demuestran confianza en las decisiones y capacidades de sus hijos, fortalecerán su autoestima y seguridad. Por otra parte, unos padres temerosos pueden alimentar la inseguridad y limitar la capacidad de desarrollo de sus hijos. La influencia de los padres en nuestro desarrollo, el ambiente familiar, las creencias y la cultura nos impactan directamente en nuestro crecimiento como personas. Pero también la herencia genética, mi cuerpo es una consecuencia física de mis padres y por tanto reproduce en muchos aspectos la constitución de mi familia, tanto para lo malo como para lo bueno.

Si es así con lo orgánico, me pregunto hasta qué punto ocurre también con lo mental o emocional. Sin duda habré heredado carácter, gestos, costumbres, experiencias, memorias… En eso consiste la evolución, pero ¿se pueden heredar también recuerdos, emociones, gustos, preferencias, miedos o traumas? Aspectos de mi personalidad que yo considero como algo propio, pueden tener un vínculo familiar, puede incluso que formen parte de la experiencia personal de mis abuelos, bisabuelos, a quienes ni siquiera traté o conocí. Hacerme consciente de ello es un primer paso importante para comprenderme mejor y liberarme de esos lazos inconscientes, evitando también continuar con la transmisión a las siguientes generaciones.

Apenas empiezo a comprender cómo impacta la historia familiar en mí como persona, y también me cuestiono en qué medida se produce el efecto inverso. Cómo mis circunstancias personales pueden llegar a influir en la familia. Obviamente, si yo sufro dificultades, mi familia también sufrirá conmigo. Es tan inevitable como inútil, porque no se puede repartir el dolor ni el sufrimiento, sufrir por los hijos no les ahorra sufrimiento a ellos, quizás aún lo empeore. Resulta más fácil entender el mecanismo de transmisión de los problemas, pero ¿y las alegrías? En qué medida mi felicidad, mis logros, mi aprendizaje, mi alegría pueden impactar en la familia, tanto en la descendencia como en los ancestros. Si este mecanismo existe, mi experiencia vital ya no es un asunto personal, estaríamos hablando de algo así como un karma familiar, una conciencia familiar que evoluciona como entidad en la medida que evolucionan cada uno de sus individuos. Algo así como lo que en psicología llaman el inconsciente colectivo, pero más pequeño, más familiar. A mi me parece fascinante.

Pedir ayuda

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Es la rueda de la vida, samsara, lo que Avihay llama el eje horizontal, el quehacer de cada día junto con los acontecimientos, mis acciones, mis reacciones, las emociones, los deseos. Todo eso es el fluir de la vida, a veces gozosa y armoniosa, otras veces la rueda parece que coge fuerza y cuanto más rápido gira, más fuerza coge, más pesa.

Entiendo que haya quien viva solo a lo largo de éste eje horizontal, haciendo de ello su propósito, esforzándose por que todo cuanto se nos plantea en el camino tenga éxito, por sobrellevar el peso de la rueda haciendo de ello un triunfo. Pero a mi eso no me satisface, ya no, cuando veo que la rueda me atrapa en su inercia, no me siento bien. Necesito ese eje vertical, soltar el lazo que me ata a la rueda o al menos aflojar, para dejarme caer hacia el centro, el espacio interior,  el corazón, la paz. O bien subir hacia la espiritualidad, la trascendencia, la conexión con el todo. Necesito las dos dimensiones.

Y a veces no consigo aflojar la tensión, la cuerda se tensa y ya desafino, tanto se está tensando estos días que está a punto de partirse. Me pregunto por qué están ocurriendo tantas cosas en este preciso momento que me llevan a la crispación. Y cuando creo que ya no puedo más, caigo en la cuenta de que no se me ha ocurrido pedir ayuda. No hay necesidad de llamar a ninguna puerta, simplemente activar la intención desde mi interior. El cambio llega cuando dejo de empujar la rueda a toda costa, para detenerme a exclamar ¡Ayuda, por favor! Y la ayuda viene, se tiende una mano amiga con sabios consejos, veo situaciones en otras personas que me sirven de ejemplo, aparecen alternativas. Y sobre todo, la bendición de las pequeñas cosas, las más sencillas. Un momento de paz, algo de luz, un bocado de chocolate, el abrazo y cariño de las personas más próximas.

Llega el momento en que aparece el entendimiento y entiendo el por qué de lo que pasa. Cuando llega esa claridad, me doy cuenta de que todo lo que ha pasado me ha servido para comprender que aunque progrese en la vida, siempre aparecen nuevos retos en forma de dificultades, puede incluso que antes estuvieran allí, pero me resultaban imperceptibles, inconscientes. Ahora se presentan para poderlas entender y aprender liberarme de esa carga.

La vida no es un atropello, la rueda no te tiene que pasar por encima, es para disfrutarla. Cada uno elige la carga que lleva en ella, pero que sea gozosa. Cuando no lo es, es solo una lección más que toca aprender, suelta peso, no pasa nada. Y siempre aprendiendo, por suerte eso nunca se acaba.

Uno de los ejemplos que me ha inspirado es el de mi apreciada Maestra de Corazón, Belén Piñeiro. Aquí os lo dejo, para que lo disfrutéis.

Es muy fácil

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¡Es que es muy fácil! Para cualquier problema o dificultad, no importa el tamaño, solo hay que entrar en el corazón y sentir cual es mi necesidad, cuáles son las dificultades. Así de simple ¿por qué lo complicaré tanto? Como los gatos que dan unas cuantas vueltas en círculo antes de sentarse, así cuando tengo algún conflicto o problema le doy vueltas y más vueltas, pero cada vez me parece más difícil.

A lo largo de la vida he ido acumulando experiencia y sabiduría, aún así me doy cuenta de lo fácil que me resulta olvidar lo aprendido. Sé que si camino al menos media hora al día, mi espalda me lo agradece, pero en cuanto deja de molestarme las espalda me olvido de los paseos y me ocupo con otras cosas. Luego, cuando empiezan los problemas me empiezo a preocupar, será esto o lo otro, tendré que ir al médico, hacerme pruebas. Igual me pasa con otras cosas que aprendí y que me sirvieron durante un tiempo, cuando las necesitaba, luego las he ido olvidando. En la creencia de que ya no las necesitaba, he minusvalorado su fuerza. Parece que con cada situación tenga que buscar nuevas soluciones para los nuevos problemas. No siempre es así, las cosas sencillas, las más básicas son casi siempre las que mejor funcionan.

Es muy fácil, respirar, dejar los pensamientos relajarse y caer, poco a poco, respirar, soltar las preocupaciones, simplemente centrarme en la paz interior y sentir, sentir en el corazón, sin juzgar, sin intentar comprender, sin involucrarme. Usando la respiración como una bomba que insufla espacio interior, calma, claridad, luz. ¿Cuál es mi auténtica necesidad?, ¿Cuál es mi deseo? Primero solo uno, luego seguiré con los demás. Conocer mi necesidad desde el sentir, es lo esencial que hay que descubrir. ¿Cuáles son los obstáculos? ¿Qué me impide realizar mis deseos? A partir de que observo la situación, encuentro fácilmente las herramientas y recursos necesarios para saber lo que tengo que hacer, ya los conozco, seguro que a lo largo de mi vida ya tengo aprendidos más que suficientes.

Es muy fácil. Solo hay que sentir. Nacemos con ello, cualquier niño sabe lo que quiere, pero nos hacemos mayores y nos distraemos con otras cosas, con lo que tengo, debo, me han dicho o he aprendido a hacer. Con lo que es supuestamente correcto o adecuado. Olvidando lo que más importa por encima de todo, que es ¡Ser feliz!

La vida es bella

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En el espacio interior de la meditación no son necesarias las palabras, así una imagen puede expresar un sentimiento o sintetizar una emoción de tal manera que no soy capaz de expresar en estas líneas.

Cuando siento cómo vivo yo la vida, con sus muchos problemas y sus dificultades, pero con ganas de disfrutar y gozar del regalo de nuestra vida, de las maravillas de la naturaleza, del amor, me parece que no existe nada más bello. Pero cuando medito y reposo en la plenitud, la paz y la armonía que encuentro en mi interior, también siento que no puede haber un lugar más bello. Me quedaría eternamente allí.

De alguna manera llega a mi mente la visión del mar y una ola que se bate en la orilla. En el fondo del mar reposa esa energía, descansa y se prepara para arrancar, coger impulso y saltar como una ola hacia lo desconocido. Toda la ola es belleza, pasión y energía. Golpea la orilla y arrastra piedras, arena, algas y algún indefenso ser que ha visto su mundo saltar por los aires, quizás hasta su propia existencia. Finalmente pierde su fuerza, al tiempo que crece la atracción hacia la fuente, hacia el fondo marino que succiona poderoso. En su camino de regreso arrastra todo lo que queda a su merced, para volver a integrarse con el inmenso océano. Como una destructora Kali, la ola arrasa la vida, para crear más vida.

La imagen en su conjunto tiene para mí una belleza sublime, indescriptible. Y es capaz de aunar en una secuencia continua lo que para mí es el significado de la vida, junto con lo más hermoso de la meditación, sin fisuras ni etiquetas. Cada vez que respiro inhalo con el mar cuando nace una nueva ola, exhalo con la ola que vuelve al mar. La vida es bella y maravillosa. Si algún día me pierdo, buscadme en la orilla del mar, donde pueda respirar con las olas.

Liberarse del ego

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Un visitante, periodista irlandés, le preguntó abiertamente “¿Tengo razón al creer que usted es Dios?” Sri Ma respondió, “No existe otra cosa que no sea Dios mismo, todo y todos no somos más que formas de Dios. Dios está también en ti, para traer darshana”. El insistió, “¿Por que estás en este mundo?”, “¿En este mundo?”, contestó Sri Ma, “No estoy en ningún sitio, reposo en mi interior” Durante la misma conversación el irlandés dijo “Yo soy cristiano”, Sri Ma respondió “También yo, cristiana, musulmana, lo que quieras que sea”. (Extraído y traducido a mi manera de http://www.anandamayi.org/paramahansa-yogananda-2/)

Estas palabras de Anandamayi Ma aparecieron inadvertidamente en mi mente tal como surge una melodía, una y otra vez daban vueltas en mi cabeza. Estaba en el retiro de Avihay en diciembre “Renacimiento en el Ser”.

Me interesé por la biografía y obra de esta santa porque Avihay suele poner su foto junto a una vela, acompañada de Babaji y Ramana Maharshi. La información que leí en internet no me interesó demasiado, me resultaba un poco extraña una persona que parecía vivir en una dimensión diferente de la muestra, como ausente. Pero precisamente ese párrafo si que me llamó la atención, quizás por extraño. ¿Qué significado tiene eso de que puedo ser “lo que tú quieras que sea”? Para mi sonaba a falta de identidad, a alguien voluble y cambiante. No son cualidades que personalmente valore. Sin embargo, por alguna misteriosa razón a medida que transcurría el retiro y resonaban esas palabras en mi mente, cada vez cobraban más sentido. Finalmente me transmitían una sensación de profunda sabiduría, algo sublime, nítido, maravilloso.

Desde mi perspectiva pensaba que tener una identidad era algo importante, tener algo que te defina como persona, sin embargo Anadamayi no tiene interés en definirse, le da igual que la veas como una u otra cosa. Ahora está claro, ¡cómo puede alguien que comprende que es divinidad pura limitarse a una definición tan simple! Cuando Dios está en ti y tu te sientes parte de la totalidad, no puedes entrar en un traje tan reducido como para creer que soy esto o aquello. Simplemente porque el infinito de las posibilidades está en tu mano, es tu elección.

No ser nada, al meditar, no es comparable a disolverse o desaparecer. Lo maravilloso de entrar en ese vacío es sentir ese punto donde se juntan las imágenes del ying y el yang, donde la nada se convierte en un infinito armonioso y perfecto. Se rompe la barrera del ego y pierde su significado. En la vida diaria, significa una liberación, no es necesario sujetarse a ningún esquema mental preconcebido. Simplemente puedo sentir en cada instante, vivir y expresar desde lo que siento, sin importar ni la imagen que pueda proyectar al resto de personas, ni mis propias creencias sobre lo que soy o debería ser. De algún modo eso es Renacer en el Ser, como nos enseña Avihay.

El piloto automático

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Cuántas veces decimos “estoy con el piloto automático” refiriéndonos a nosotros mismos. Tal como yo lo entiendo es levantarse ya con la rutina de saber lo que tienes que hacer cada día, lavarte, vestirte, desayunar, llevar a los niños, ir al trabajo, preparar la casa, el gimnasio, la reunión, acaso un ratito de descanso, cena, familia, a la cama … vuelta de nuevo un día más ¿Es eso vivir? ¿Y cuánto tiempo de nuestra vida pasamos así?

Tengo la impresión de que hasta tal punto se ha convertido eso en lo natural, que ya ni nos sorprende. Es fácil dejarse llevar por la corriente del quehacer diario y los condicionamientos sociales y familiares. O cómodo también, en cualquier caso es declinar la propia responsabilidad de lo que hacemos en la vida, para culpar a las circunstancias, a los demás o a la vida misma de todo lo que nos suceda.

Yo tengo un método para salir del “modo automático” en el que entro más frecuentemente de lo que quisiera. Seguro que alguien lo puede adivinar… ¡si!, meditar. Si es que es simple, al sentir que no controlo la marcha de los acontecimientos, que todo sucede como respuesta a una programación, que no hay conciencia ni libertad en lo que hago, lo mejor es parar. Lo malo de parar es que a menudo no me es suficiente, me toma un tiempo relajarme y hacerme consciente de dónde estoy, quién soy y entender cuál es mi sentir verdadero. Otras veces simplemente estoy tan “en modo automático” que ni me doy cuenta de que lo estoy, por eso me parece importante incorporar la meditación a la rutina de cada día; no importa el tiempo: el que haya, simplemente parar un instante o respirar por un momento con la conciencia de tomar contacto con mi ser y sentir.

Es verdad que a veces parece que al meditar se proyecta la realidad como una película en la participamos con los roles que vamos eligiendo en la vida. Y que a veces esa realidad particular parece tener tan poca importancia, todo es relativo, que apetece soltarse. Sin embargo soltar los roles y programaciones que no nos corresponden no es renunciar a la vida, no se trata de fluir y dejarse llevar por las circunstancias. ¡Al contrario!, es tomar conciencia de nuestra situación actual, soltar todo aquello que considero que ya no necesito para mi evolución y sentir mi necesidad real. Solo eso.

Tomar conciencia de mi camino del alma desde la conciencia, la responsabilidad y la libertad se consigue poco a poco. Sin embargo es impresionante observar como solo con tomar conciencia cambia el panorama personal, mi vida cambia de forma natural y armoniosa. Obviamente hay muchas circunstancias que pertenecen a una realidad colectiva y que no van a cambiar porque yo cambie. Pero incluso éstas las experimento de distinta manera, no me involucro en el resultado, que no puedo cambiar, pero tampoco renuncio al papel que quiero vivir. Así es como meditar me conecta más a la vida.

Amar La Tierra

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Quién no se ha emocionado alguna ver al ver la magnificencia de un atardecer, la belleza sutil de una flor o la ternura de un cachorrillo. Maravillas de la creación en nuestro planeta. Cada uno de nosotros es en esencia parte de este planeta, terrícola, nacemos en él, nos alimentamos con lo que nos da, respiramos su aire y a él retornamos al fin de nuestros días. Por qué entonces nos consideramos tan ajenos a la Tierra, como si fuésemos unos simples inquilinos.

Supongo que es natural al nacer y crecer, sentirnos únicos y especiales, separados de el resto del universo, conscientes sólo del entorno más próximo, así desarrollamos nuestra individualidad. Más tarde, algunos más que otros, desarrollamos una conciencia ecológica y pensamos en cuidar de la naturaleza y proteger sus recursos. Pero para mí, en este momento de mi vida, el planeta es mucho más que un hogar. Siento al planeta en su conjunto como un organismo vivo y palpitante, que se expresa y que se enfada, que nos cuida y nos protege. Por eso me duele cuando veo cómo lo arrasamos, explotamos sus dones sin medida y lo llenamos de basura. Lo siento como a un ser querido cuando es maltratado.

Tal como yo lo entiendo y siento en el fondo de mi corazón, nos hemos separado de la vida. El materialismo, consumismo, la industrialización y la tecnología aplicadas sin conciencia, nos enajenan de lo que somos. ¡Pura vida! ¿Acaso la materia y la energía que sostiene nuestra existencia no son la misma que compartimos con el resto del planeta y el universo? Así pues es natural sentir, cuando nos permitimos el lujo de hacerlo, que el sol nos carga de energía, que el agua nos da vida, maravillarse ante el milagro del nacimiento de un nuevo ser, el esplendor de un bosque, la inmensidad y la fuerza de un océano. ¿No nos sentimos más vivos cuando nos relacionamos directamente con la naturaleza?

Así lo siento, cuando medito en la naturaleza es más intenso aún. Entonces puedo sentir que mi identidad se abre a sentir la vida a mi alrededor, no soy yo y mi entorno sino un todo, siento como si una misma luz conectara todo lo que existe, lo etéreo, lo mineral o lo animado. Y en su conjunto me parece de una belleza tan sublime y armoniosa que no siento ningún temor en fundirme en un abrazo de amor con ese todo que es La Vida.

Celebrar la vida

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¿Alguna vez has tenido uno de esos momentos en los que sientes que la vida te sonríe? A veces pasa, un instante de felicidad plena. Y puede que no haya ocurrido nada extraordinario, simplemente porque te levantas descansado, brilla el sol o alguien te dedica un gesto de cariño.

Sin embargo esos instantes me pillan siempre de improviso, como si fuesen un regalo inmerecido. Me pregunto por qué en cambio me resulta tan natural esperar dificultades y problemas. Cuando pienso en ello me viene a la mente la imagen de uno de esos perrillos callejeros que se te arrima moviendo el rabo con mucho entusiasmo deseando una caricia, pero al mismo tiempo con tanto miedo que se acerca y recula sin atreverse del todo a recibir la caricia. Lo decía James Rodhes en la deliciosa entrevista que le hizo Pepa Fernández: tenemos miedo a la felicidad. ( Aquí la podéis oír completa)

Nos educamos en superar los retos, las dificultades, vencer las resistencias, los miedos, para eso tenemos infinitos recursos, para eso estamos preparados. Pero por más que resulte difícil o doloroso de reconocer, el terreno de los problemas lo tenemos más trabajado, es más conocido. ¿Por qué, tanto como lo anhelamos, no nos atrevemos a ser felices cuando tenemos ocasión? Hay instantes felices que pasan ligeros y se van apenas con un suspiro, luego los olvidamos y en vez de regocijarnos en él, comenzamos a anhelar otra cosa. Otras veces la fortuna nos concede algún premio. Imagino que me tocara la lotería, ¿cuanto duraría mi alegría?, al momento me estaría preocupando: hay que pagar impuestos, dónde lo voy a guardar, qué haré con él, cómo me va a afectar… ¡Qué angustia! En resumen, la felicidad parece ser fortuita, efímera y fácil de olvidar. Los problemas, los anticipo, ahondo en ellos y los mantengo en el recuerdo aunque sean una carga. No parece lógico.

Estoy entendiendo que celebrar la vida es algo que también hay que aprender y mejorar. Aprender a aprovechar al máximo y disfrutar de los instantes fortuitos de felicidad, ¡máxima prioridad!, atesorarlos y disfrutarlos como si revisáramos un álbum de fotos antiguas. Prestar atención, porque a veces estamos tan ocupados que no nos damos ni cuenta, y a la que aparece la oportunidad de recolectar una chispa de felicidad, no dejarla escapar. Para las cosas más relevantes, como disfrutar de un hogar seguro, alimentos suficientes, el amor de tus seres queridos, salud, todo eso que cuando lo tenemos lo damos por seguro y no lo valoramos, agradecer cada día, al levantase, al acostarse, al besar, al comer, al descansar. Agradecer por lo que hoy tengo y por lo que ya he disfrutado, también se puede beber alegría de los momentos pasados.

Son muchos años, décadas, siglos, de educarnos en que venimos del pecado y nacemos para sufrir, eso nos condiciona a pensar que lo único que podemos esperar de la vida son desgracias. Pero no es así, la vida está llena de maravillas, es generosa e inmensamente bella. Me permito aceptar que el sol brilla para mí, que el universo me trae bendiciones sin límite y me entrego a disfrutarlas plenamente, no quiero dudar ni que los miedos o los temores me impidan gozar de la vida tanto como sea posible. Me permito celebrar la vida y además le pongo la música de Axel 😀

Un encuentro sorprendente

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A veces ocurren cosas sorprendentes. Tenía que recoger el coche del taller y como me tocaba esperar un ratito, entré en un bar cercano. Mientras me tomaba un café, la camarera se anima a comentar el tiempo, cómo afecta a la salud, sus problemas de espalda y lo que le cuesta relajarse. Bueno, hasta ahí normal. Apenas hice más que asentir cuando de repente se pone más seria y me dice: “A lo mejor te resulta extraño que te lo diga, pero además de quiromasajista, soy una persona que trabaja mucho con la espiritualidad, conozco el Reiki y sé muy bien como relajarme”. Ahí ya se me activan las alertas, esto no puede ser casual. Que en el sitio y en el momento más inesperados aparezca la oportunidad de intercambiar este tipo de experiencias, merece una atención especial. Tiene que tener algún significado profundo, por eso comparto la esencia de esta conversación con vosotros.

La chica me hablaba de cómo el trabajo, los problemas, la vida, necesitan de tanto esfuerzo y dedicación. También del cansancio y el estrés que acumula a lo largo del día. Me contaba que hasta que llegaba a casa y en circunstancias muy especiales de silencio, tranquilidad, no conseguía relajarse. Primero hablamos del cuerpo, la tensión y el cansancio, ella hablaba de las lesiones como algo muy difícil de mejorar. Yo le contestaba que desde mi experiencia con los problemas de espalda, más que procurar aliviar las tensiones y molestias acumuladas durante todo el día con un buen masaje o yoga, que por supuesto que sirve, para mi es mucho más eficaz intercalar pequeños momentos de descanso y estiramientos a lo largo del día. Con el tiempo me doy cuenta que estos pequeños gestos contribuyen a prevenir las malas posturas y las contracturas, así que probado queda que prevenir es mejor que curar.

Luego la conversación pasó al aspecto de la relajación y la meditación. Igualmente intenté transmitirle que para mí un aspecto importante de la meditación es conocer mi estado natural, despojándome de los condicionamientos, las tensiones, el quehacer diario cuando lo tomo como una obligación. Una vez que recupero la paz y la calma, el centro de mi ser, ¿que sentido tiene dejarme arrastrar de nuevo por el torbellino de una vida sin control? El reto es llevar ese estado meditativo a cada instante y situación de la vida cotidiana, y no me refiero a la quietud y la relajación, me refiero al estado de claridad en la conciencia, al control de la voluntad propia, el equilibrio y la armonía. Se puede meditar sentado o corriendo una maratón, no es lo que haces, es la actitud desde la que lo haces. O al menos intentar aprovechar las pausas a lo largo del día para traer calma y relajación, aunque sean solo unos minutos. Como le dije a ella: “ahora que te vas a poner a hacer la paella, prueba con este pequeño reto, observa si puedes poner atención en tus gestos y posturas para que no te tensiones, intenta respirar profundamente y calmadamente, intenta disfrutar de lo que haces. Si al terminar la paella has conseguido un poquito de lo que buscabas, ya tienes un beneficio, hazlo cada vez un poquito más y cada vez te resultará más fácil. Si un día no te sale, no te culpes, no pasa nada, lo intentas al siguiente”

Me sorprendo cuando me veo dando éstos consejos, me doy cuenta de cuánto he aprendido en éstos pocos años y de lo mucho que he cambiado. ¿Por qué no nos enseñan esto ya desde el cole?

El observador

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Cuando desde la meditación mindfulness se habla del observador, quien no conoce su significado o no lo practica, tiende a interpretar que el meditador pretende alejarse del mundo y observarlo sin intervenir, sin involucrarse. Para mi no es eso. Eso es identificase con la persona, pretender que tu eres eso que vive y que te puedes aislar del mundo que te sostiene, enfocándote sólo en la experiencia personal, carece de sentido.

Esta es una de esas cuestiones que se puede explicar de una y mil maneras, sin que quien lo lea llegue a comprender del todo. Igual que explicar un color o una sensación, si en la persona que escucha no hay un sentimiento o experiencia similares no se puede entender. No obstante yo voy a aportar mi particular punto de vista.

La experiencia de la meditación me lleva a darme cuenta de que mucho de lo que consideraba mi persona, eso que creo que soy, son meras influencias externas, influencias culturales o familiares, lo que me han enseñado o lo que he heredado. Mis circunstancias, una combinación de lo que me ha tocado vivir y de lo que yo he elegido a partir de mis decisiones personales. La experiencia de meditar me enseña a abrir un espacio entre todas estas circunstancias y ese yo que las observa. Un espacio de libertad que me permite tomar conciencia y capacidad de control sobre cosas que antes consideraba parte esencial de mi propio ser,  por tanto inmutables, pero ahora veo que no. Mis ideas, creencias, costumbres, preferencias, gustos, actitudes, emociones, sentimientos, todo esto está inevitablemente condicionado, no soy yo. No es ninguna novedad, la ciencia lo conoce sobradamente y se utiliza para la enseñanza, la publicidad, la manipulación.

Meditar es hacerme consciente de que tras ese personaje que experimenta la vida, hay algo más. Algo que alimenta y conduce esa experiencia. De que tengo la libertad de elegir y cambiar lo que creo que soy y como vivo la vida hasta un punto que aún no he terminado de imaginar siquiera. Experimentarlo es un proceso que uno recorre poco a poco, donde va poniendo luz a la ignorancia de identificarse con las circunstancias del entorno y del propio cuerpo, nuestra realidad física. Lo realmente importante del proceso es encontrar que siempre después de cada nuevo descubrimiento sigue habiendo algo que entiende, experimenta y aprende, el observador. Es algo cuya naturaleza no soy capaz de asumir pero lo siento o lo presiento como una energía, una luz, una presencia interior. Desde ese observador contemplo los acontecimientos de cada día, los efectos y el comportamiento de mi cuerpo. A veces cuando observo mis reacciones elijo cambiarlas, otras veces me dejo llevar simplemente para observar lo que pasa, a donde me conduce mi reacción inconsciente.

Hacerme más consciente de lo que no soy, vivir cada vez más desde la conciencia de ese testigo, no me separa de la vida, de las personas o del planeta. Muy al contrario, me une más a todo porque todo parece formar parte de mi misma esencia. Me hace apreciar más la vida como algo maravilloso, un milagro. La vida ya no es algo tan mecánico, automático e inevitable como nuestra mente predecible pretende, si le dejamos tomar el control.

El meditador no se separa de la experiencia para evitarla, sólo se aleja lo suficiente para entenderla con claridad y experimentarla desde la libertad, consciente y plenamente. Es entonces, al salir del torbellino de los acontecimientos cuando el observador se hace consciente de sí mismo y de cómo desea experimentar la vida. Así lo entiendo yo en este momento.

La búsqueda

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He conocido a una persona con un interés tremendo por todo lo que está más allá de lo cotidiano, anda buscando por lo espiritual, por lo esotérico, preguntando, ¿y tu crees en las almas?, ¿como será la vida en el más allá?, ¿como se percibe la energía? Mil y una preguntas, tantas dudas, una búsqueda constante.

Me recuerda la curiosidad e insistencia de los niños cuando están en esa época próxima a la adolescencia y se preguntan que será eso del amor. Eso tan raro que les ocurre a los adultos, que tanto se ensalza, que tanto emociona, que parece ser lo más maravilloso de la vida. ¿Y como le explicas a un niño lo que es el amor y lo que significa estar enamorado? Por más que le digas que ya le llegará, el niño no podrá evitarlo, andará indagando, preguntando. Pero es para nada porque algunas explicaciones ni las entenderá, la mayoría de las repuestas tampoco le llegarán a satisfacer. Probablemente hasta le parezca que en general todo esto del amor es una inmensa tontería, un cuento inventado o una enfermedad de los mayores.

Es inútil, nunca llegará a entender por lo que le cuenten lo que realmente significa enamorarse ni por qué se le da tantísima importancia. Y es que uno no puede llegar nunca a entender verdaderamente el amor hasta que lo sienta en su propia carne. La experiencia lo es todo en este caso, en parte también porque cada cual lo experimenta de una manera particular, diferente a los demás y eso no es transferible. Nadie puede darte un poco de su experiencia personal ni experimentar el amor por ti, lo mismo que la manzana que yo me coma tampoco te va a alimentar ni llegarás a percibir mis sensaciones, sólo puedes imaginarlo.

Igual que pasa con el amor, ocurre con otras cosas: por ejemplo con lo que se siente al meditar o con lo que significa desconectar de la realidad ordinaria, percibir energías sutiles o sentir la presencia de otros seres, encarnados o no. Por más que acumules conocimiento, teorías, ciencia, ni por mucha fe que tengas, nada de esto te hará siquiera aproximarte un poquito a lo que significa la experiencia real. Sólo hay una forma de conocerlo y es a través de la experiencia personal. Claro que el conocimiento y compartir experiencias ayuda, pero también en tu búsqueda encontrarás mucha información que a ti personalmente no te sirva o incluso que sea falsa, tendrás que tomar decisiones porque hay infinitas maneras de llegar a la experiencia y has de elegir la que te más te conviene. Finalmente si de todo lo que aprendes no hay nada que te satisfaga, puede que la respuesta esté en tu mismo interior, ese mundo desconocido. Puede que en el fondo de ese anhelo, en esa sensación de curiosidad, esté la raíz de un recuerdo y que sea ese recuerdo el que provoca tu búsqueda, el deseo de volver a experimentar eso que surge de las profundidades de tu ser como una memoria profunda.

Para este tipo de personas sólo puedo recomendar que tengan paciencia y que no se ofusquen. Presta atención a lo que tienes, a lo que te ofrece la vida y procura disfrutar de ello cada día. Es mejor hacer de la búsqueda un camino agradable, en lugar de dejarse llevar por la frustración y preocuparse por aquello que puedas echar en falta. Lo mismo que le decimos a los niños: aprovecha ahora y disfruta de ser niño que ya tendrás tiempo de ser mayor. Cuando llegue lo que anhelas, llegará; sigue la búsqueda, indaga, pero con una mente abierta y confiando en tu instinto, no te cargues de ideas y de prejuicios que puedan más tarde impedirte reconocer y valorar tu propia experiencia.

Como dice Kavafis en su bellísimo poema Itaca:

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos…

Soltar el personaje

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Imagino que un actor de teatro tiene que experimentar algo similar antes de entrar en escena. Me refiero a soltar eso que pensamos que somos, vaciarse completamente de la personalidad propia para asumir otra totalmente ajena, como quitarse un traje para ponerse otro. Y el papel nuevo que asume el actor a lo mejor le resulta cómodo o no, agradable o desagradable, divertido o muy exigente emocionalmente. Pero igualmente le permite experimentar con aspectos de la idiosincrasia humana que uno no viviría en su experiencia personal, igual que el espectador que presencia la obra que también experimenta con los personajes de la obra.

Meditar también tiene mucho de eso, relajar los sentidos, entrar en un espacio interior dejando la realidad de la que soy consciente en estado de pausa, quitarse por un momento el traje de la persona que creo que soy, para experimentar esa luz en mi interior y el sentir más intimo de mi corazón. También es una experiencia interesante, porque desde ese centro y a la luz de mi conciencia interior, a menudo me doy cuenta de aspectos de mi personalidad con los que ya no me identifico o hasta me incomodan.

Llevar este ejercicio de soltar el personaje a la vida cotidiana es la evolución lógica, pero no resulta tan fácil, es curioso como uno se acostumbra a ciertas actitudes y comportamientos, los hábitos que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, eso que llamo ‘mi forma de ser’ y que parece tan difícil de cambiar. Supongo que hay alguna componente física, incluso química del cerebro, que nos hace sentir más cómodos y seguros cuando actuamos desde la costumbre, lo ya conocido y aprendido. Muy interesante la conferencia del Dr. Joe Dispenza ‘Desarrolla tu cerebro‘ donde explica esos mecanismos que nos hacen vivir siguiendo patrones automáticos de comportamiento.

Por eso soltar el personaje me parece un juego interesante y divertido, pero jugar por jugar, no. El beneficio del juego está en hacerlo desde la conciencia de mi ser interior. Cuando reacciono ante una determinada situación, observo antes de actuar esa reacción automática, la interiorizo y siento si quizás me apetece expresar una respuesta distinta. Una vez que decido experimentar con una respuesta diferente, lo hago sinceramente, de corazón, sin fingimiento ni evasivas. Y sigo observando como me siento con esa respuesta, el esfuerzo que me supone asumir una postura diferente, tanto si es de enfrentamiento con un no, como si supone ceder y acoplarse a una circunstancia que no es de mi total agrado.

Es curioso, finalmente me doy cuenta de que no importa tanto la decisión que haya tomado ni el resultado, soltar el personaje habitual me proporciona una impresionante sensación de libertad. La libertad de ser en cada momento lo que desee ser, sin la preocupación de mantener una imagen habitual. Es muy bonito amanecer cada mañana libre para ser lo que quiero como un ser que acabara de nacer a la vida, incluso nacer en cada momento, exhalar y ser una persona nueva. Me hago consciente de que la personalidad es algo tan mutable como la ropa, lo realmente importante es conectar con la auténtica esencia de mi persona y tener el valor de escoger el comportamiento, la actitud más acorde con mi sentir. ¿Será eso el libre albedrío?

La meditación con apoyos

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A lo mejor parece por el titulo que hoy el tema va de lo que nos sirve de ayuda para meditar: una música relajante, un espacio tranquilo. ¡Casi!, pero en realidad vamos a comenzar por hablar de lo contrario: los obstáculos, las dificultades o resistencias que encontramos para la meditación. Es normal que cuando empezamos a meditar nos encontremos con obstáculos, me refiero a ese ruido que distrae, esa molestia de la espalda o la cadera, un picor en la garganta, el torbellino de pensamientos que no cesa… ¡Tantas dificultades! ¿Que tal si utilizamos esos obstáculos como apoyos a la meditación?

Esa es la interesante propuesta que leí en el libro La alegría de vivir, del renombrado maestro budista Yongey Mingyur Rinpoché. Al principio me sorprendió la idea, me pareció contrario a lo que espero de la meditación, mi deseo de armonía, paz. Luego recordé que ciertamente se parece mucho a otros planteamientos que ya había practicado antes, como por ejemplo enfocarme en los pensamientos y en el espacio que hay entre un pensamiento y otro, o también respirar a las molestias físicas. Es la misma idea, pero más ampliado.

Simplemente, en cualquier momento de la meditación en que pueda surgir cualquier sensación, emoción o idea que turbe mi calma, en vez de incomodarme por ello, simplemente observo desde mi centro, sin involucrarme. Observo las resistencias, los obstáculos y desde el anclaje en mi conciencia los dejo manifestarse, expresarse. Los observo y les concedo mi atención consciente. Esta simple acción ya desencadena efectos positivos, comprensión, ideas que afloran a mi mente. A menudo el obstáculo es algo trivial y pasajero, se disuelve pronto. Otras veces hay inquietudes más duraderas que permanecen a mi lado como una rémora, meditan conmigo, hasta que algún día finalmente desaparecen. No creo que aún fuese capaz de confrontar algo más severo, algo así como un dolor persistente, pero desde luego ese es un desafío que no deseo experimentar por el momento.

Y resulta que sin proponérmelo, casi sin darme cuenta, encuentro que la idea de utilizar los obstáculos como apoyos a la meditación ha calado en mí. Tanto que hasta en el día a día, cuando encuentro un contratiempo, de repente se vuelve la tortilla y empiezo a observar eso que me quiere atrapar, como hace un tornado que atrae todo lo que encuentra a su paso. Y me sorprendo adoptando la misma actitud que en la meditación, el contratiempo pierde fuerza, mi respuesta cambia.

Sí, meditar con apoyos es una enseñanza muy interesante. Un ejemplo más de cómo la meditación me enseña a vivir la vida de forma más armoniosa y feliz.

Empieza el curso

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Han pasado unos cuantos años desde que acabaron mis actividades estudiantiles, pero igualmente mi vida se sigue organizando según ese calendario. El primero del año no es el uno de enero, para mí el año comienza a partir del 15 de septiembre, como el curso escolar.

Y comienza muy bien, habiendo descansado en el período estival. Un descanso físico, porque el calor anima a una menor actividad, pero sobre todo un descanso mental y espiritual. En verano me gusta soltarlo todo (lo que se pueda, claro), actividades, relaciones, pensamientos, inquietudes, rutinas, compromisos. Descansar al máximo de toda actividad programada para dejarme llevar por la tranquilidad, el reposo y entregarme, plácida, simplemente a lo que me apetezca en cada momento.

El verano es un tiempo muy agradable, pero inevitablemente llega septiembre y empieza la velocidad. Comienza el año y empiezo a plantearme cuáles serán mis actividades ‘extraescolares’, por llamarlo así. Me refiero al tiempo de ocio, lo que no es trabajo externo ni trabajo en casa, el alimento del alma. Algo de actividad física, algo de compartir con la familia, tiempo para disfrutar de la naturaleza y la música. También actividades formativas, conferencias y prácticas en los conocimientos sobre la persona, su naturaleza y la salud, tanto física como espiritual. Y cada vez más, tiempo para compartir conocimientos y experiencias con otras personas, acciones de voluntariado.

Se configura el calendario del nuevo curso con cosas interesantes que planeo con entusiasmo, ¿por qué entonces esa resistencia interior?, ¿por qué ese pellizco en el estómago? No tardo en darme cuenta, cada año pasa igual ¡NO CABE EN LA AGENDA! Imposible, no hay tiempo para encajarlo todo. Y para colmo las propuestas imprevistas, ¡me encantaría!, pero es que ya no hay hueco. Ya me conozco y sé que tanta actividad me termina agotando. Si me subo a un tren que me lleve tan rápidamente de un sitio para otro, por más que sean cuestiones que yo interesada y voluntariamente haya elegido, termino por no disfrutar y sin aprovecharlo. Así no compensa.

Es inútil pelear con el calendario, resulta frustrante tener que seleccionar, descartar y planificarlo todo dejando huecos para el descanso. Respiro un momento y me viene al recuerdo algo que quizás leí, decía que no puedes pelear con la oscuridad, empujarla fuera de un lugar; simplemente no es posible, porque no funciona así. Lo que sirve es llevar luz allí donde está la oscuridad, eso lo cambia todo. Esta reflexión me ayuda a entender que no es tan importante planificar y encajar todo a la perfección, no ahora, las circunstancias a menudo cambian. Basta con iniciar poco a poco las cosas, algunas salen, otras se descartan solas, a veces también hay que asumir algún no: no puedo estar en dos sitios a la vez, todavía no 😉

Lo más importante es encontrar siempre el hueco para meditar, si no encuentro hueco, entonces necesito meditar más tiempo. Es fundamental porque ese es el eje que me lleva a mi centro, donde todo se ordena, encaja y aparecen las respuestas. En ese fondo del corazón, donde los pensamientos y quehaceres de la vida cotidiana pierden su influencia, es donde todo cobra sentido. Solo así vale la pena afrontar la vida, momento a momento, gozando cada instante, consciente del presente. Solo importa el momento presente, es que no existe nada más. Simple.

La alegría de vivir

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Las penas pesan en el corazón, como cantaba Nino Bravo. En mi corazón las siento como los mocos de un catarro, densos y pegajosos, no es fácil desprenderse de ellos, como tampoco lo es soltar las penas. Por contra las alegrías son livianas, etéreas, brillantes y como tales, efímeras, pasan ligeras y se evaporan rápidamente, a veces incluso pasan por mi lado sin que les preste atención. Puede que sea esa la auténtica naturaleza de su ser o también puede que sean solo espejismos de mi mente, que se derrite con el calor.

Es bien sabido que es bueno soltar de vez en cuando la carga de las penas, compensar el cansancio y la tristeza que se acumulan en el día a día, con una buena dosis de alegría. En estos días veraniegos de julio y agosto, en casi todas las localidades hay fiestas que nos invitan a ello de mil maneras, además de las deseadas y merecidas vacaciones. Sin embargo los días de fiesta pasan rápido y a la vuelta de la esquina están de nuevo las penas, justo ahí donde las dejamos. Bueno, ¡que me quiten lo bailao! Desde luego que sí, pero es bueno contar con otros métodos que me ayuden en cualquier otro momento.

Hasta el día de hoy, mi método infalible, el que siempre me sirve y que es útil para cualquier tipo de problema o circunstancia, es la meditación. Una buena meditación o incluso, un intento que se queda en nada más que eso, un intento de meditar, me trae la bendita paz, el sosiego y la confianza que necesito en momentos de dificultad. Las nubes se abren, entra la luz, primero un poco y luego más, sin darme cuenta las cosas se van ordenando de tal manera que de repente los conflictos encuentran solución, o si no la hay, aparece el consuelo.

Y para compensar esa idea de que el mundo está lleno de desgracias y sufrimiento, de lo que la prensa parece tan empeñada en convencernos, cuando medito me entrego al simple gozo de contemplar cómo la naturaleza es generadora de vida en cualquier circunstancia, siempre de forma desinteresada y generosa. Me deleito en cómo la belleza se manifiesta cada día en miles de instantes llenos de inmensa hermosura, independientemente de que nos detengamos a disfrutarlo o no, como una noche estrellada, el dulce aroma de las flores, la alegría de un pájaro cantarín, o el gesto cariñoso de un ser querido. Instantes cotidianos de felicidad que hay que disfrutar al máximo, es muy conveniente detenerse y observar, porque son sutiles y pasan ligeros, por eso hay que aprovechar para gozarlos intensamente, como se goza de un beso o un abrazo.

Quizás al principio de la meditación necesite activar la intención de desprenderme momentáneamente de las penas, dado su carácter persistente. Pero cuando entiendo que mi deseo, como el de todo ser humano, es ser feliz y que el mundo me ofrece infinitas posibilidades de serlo, entonces alcanzo un punto de tranquilidad donde todo empieza a encajar y se armoniza. Entonces soy capaz de retomar las penas, abrazar la vida en su totalidad y aceptarla tal como es, también las penas son pasajeras. Ya no me impiden ser feliz, vivir la vida con alegría, tal como hacen los niños.

Que disfrutes del día, recibe un abrazo lleno de alegría.

La fábula del tiburón

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Mi querida maestra Ute me dio a conocer una interesante historia que podéis leer aquí, no sé si tiene un fundamento cierto, de cómo los pescadores japoneses descubrieron que el pescado que capturaban en alta mar y que transportaban vivo, se mantenía mucho más fresco introduciendo un pequeño tiburón en el tanque donde viajaban los peces. La historia la tengo dando vueltas en la cabeza porque me parece bastante inquietante, me incomodan las consecuencias morales de la fábula. Me explico.

Tal como lo plantea Ute, es un bello ejemplo de que el stress puede resultar positivo. Tiene sentido si entiendo que una señal de stress puede ser también un estímulo, una motivación. Bien es cierto que muchas personas necesitan y agradecen los estímulos para avanzar, personas que trabajan mejor bajo presión, que esperan hasta el último momento para hacer las cosas. Claro que los retos y las dificultades son una oportunidad para crecer, pero como ese tipo de comportamiento no va con mi carácter, a mi me extraña y me sorprende que alguien llegue al extremo de meter un tiburón en su vida. Evidentemente uno correrá más si te persigue una fiera que tiene la intención de comerte, pero ¿lo necesitamos hasta el punto de estimarlo positivo?, ¿de verdad puede alguien desear un tiburón en su vida?

Mientras reflexionaba sobre este tema, la vida que es una maestra impecable, me ha mostrado un par de experiencias en las que he podido constatar que efectivamente hay personas que agradecen y buscan al tiburón. Qué enfadado venía mi compañero contando cómo alguien quería boicotear su trabajo, enfadado era lo que yo pensaba, queríamos tranquilizarlo sin mucho éxito, pero es que en realidad estaba muy contento ¡Así trabajaba con más ganas!. “Me encantan las dificultades”, dijo tan campante, “Ahora se va a enterar todo el mundo de la importancia de lo que yo hago”. Ahí está el tiburón, yo preocupándome por la situación y él tan feliz. Y ahora que lo entiendo, me doy cuenta de que incluso si no hay ningún tiburón a mano hay gente que se lo inventa, que va buscando enemigos donde no los hay. Basta cualquier pretexto para entrar en el papel de víctima, sentirse amenazado y ¡A disfrutar del chute de adrenalina!

No es tan agradable sin embargo, reconocer que a veces alguien encuentra en mi persona al candidato ideal para hacer el papel de tiburón. Una perspectiva crítica, exigente, puede ser un don cuando es bien utilizado, pero incluso con la mejor de las intenciones, puede ser también  la oportunidad que aproveche alguien que ande buscando su tiburón particular. Qué magnífico aprendizaje, ahora puedo discriminar cuándo soy yo quien se excede en ayudar o cuando es la otra persona la que me utiliza en el papel del tiburón que necesita. No es grato que en vez de agradecerte un consejo, te acusen de meterte donde no te llaman, pero sin duda duele mucho menos cuando entiendo que no es mi actitud la que provoca siempre el enfrentamiento. Hasta puedo llegar a aceptar el papel de tiburón si veo que el resultado puede ser positivo.

Es tan interesante todo lo que puede enseñar una simple fábula, quizás por eso me gustan tanto las fábulas y cuentos.

Liberar la culpa

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La culpa es una carga muy pesada. Puede que sea la más pesada de todas  las cargas, desde luego la más difícil de liberar porque es uno mismo quien se la echa encima, nadie más te crea una culpa si no la sientes ya dentro de ti. Y de ti mismo no te puedes esconder.

Yo me puedo sentir culpable por no hacer aquello que creo que debería hacer, para que las personas a las que quiero se sientan bien. También por no resolver algún problema en la vida cotidiana, alguna dificultad en el trabajo. Por no disponer del tiempo suficiente para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Por acumular tensión y cansancio, por el mal humor que me provoca el estrés.

La culpa se acumula silenciosamente, como un alambre de espino que va rodeando el corazón y lo oprime dolorosamente. El dolor de las expectativas no satisfechas, de la responsabilidad que asumo sobre cosas que no puedo cambiar. Finalmente también me siento culpable por no ser capaz de reconocer esas limitaciones. Y culpable de agotarme con la culpa, de no saber encontrar un equilibrio entre lo que es entregarme más allá de lo necesario y conveniente, que me deja con una sensación de vacío, insatisfacción,  incapacidad. Cuando lo que realmente deseo es disfrutar de las cosas que hago, consciente de que las hago con gusto y por propia voluntad.

Hay momentos en los que quisiera poder escapar, desprenderme de esos amarres, librarme de la culpa. Y no es fácil porque de alguna manera la sensación de obligación, el sentimiento de responsabilidad, están profundamente arraigados en mí. Cómo me puedo permitir desprenderme de lo que les ocurra a los niños, los padres, la familia. Cómo voy a dejar de ocuparme de que las cosas de la casa y la administración financiera. Cómo voy a desentenderme del trabajo y los asuntos sociales. Y qué pasa conmigo, con mis deseos, mis aficiones, mis propias necesidades. Todo eso forma parte del esquema de mi personalidad, mi yo consciente, en resumen, es el ego que yo construyo.

Pretender cambiar mi forma de vida es un reto complicado, porque hay que empezar por asumir que las creencias, las ideas sobre lo que yo creo que soy y de cómo debería ser mi vida, ya no me sirven. Pongo un ejemplo, considero que es bueno ser puntual, por tanto me exijo ser puntual y si por alguna razón me atraso, me estreso, me enfado y me siento mal por no llegar a tiempo. Cuando identifico el problema y me digo “no TENGO que ser puntual, me permito llegar tarde”, el primer efecto es que algo dentro de mi se revuelve y se rebela, hay una resistencia enorme. Pero pruebo a decirme cosas como “solo por hoy”, “voy a jugar a ver que pasa si”, consigo cambiar mi actitud y entonces aparece la sorpresa ¡las cosas se acomodan sin problema! Y si llego tarde (sin querer, claro), al menos puedo aparecer con una sonrisa, en vez de con mal humor 😉

Finalmente he llegado a la conclusión de que intentar liberarme de mis esquemas mentales puede resultar muy liberador. No sé en que medida puedo o quiero cambiar mi ego, pero seguro que me ayuda a encontrar un equilibrio que me permita vivir en mejor armonía.

Mi camino del alma

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Recientemente estuve en la reunión de fin de curso de la nueva promoción de TDAs con Avihay. Fue muy emocionante ver a los que han terminado el primer curso, compartir experiencias y recordar esas sensaciones. La sorpresa al reconocer cómo nos ha transformado el curso, la estrecha relación que se crea entre compañeros de curso. Las ganas de abrirse al mundo y seguir experimentando, aprendiendo, comunicando y compartiendo una forma de entender la vida que nos enriquece como personas, que nos trae confianza, paz y bienestar.

Cuando reflexiono sobre mi propia transformación distingo tres lecciones esenciales que quisiera compartir ahora con vosotros. La primera es que yo no soy, como antes pensaba, solo mi cuerpo y mis circunstancias. Soy mucho más que eso. Al expandir mi conciencia mediante la meditación, desaparece la limitación física, siento que mi ser se disuelve en un espacio no sujeto a formas o tamaños, ese ser habita mi cuerpo pero también interactúa con mi entorno. Al experimentar diferentes estados de conciencia que me hacen viajar en el tiempo y el espacio, desaparece la identificación con mi personaje actual. Lo que siento que soy ahora, se abre a una existencia que abarca mucho más que mi cuerpo físico y la experiencia de mi vida actual.

En segundo lugar, mediante las prácticas comprendí que mis experiencias, emociones, sentimientos, no eran muy distintos de los de mis compañeros. De hecho se produce una conexión tan sutil y profunda que finalmente entiendo que formamos todos parte de un mismo sistema, un mismo ser, de una misma esencia. Poco a poco esa sensación se expande hasta abarcar incluso a las personas que no son tan próximas ni tan afines a mí. Se crean una sensación de unidad con todo lo que es parte de la creación y de la vida misma.

Por último, la expansión de la conciencia y la sensación de unidad con todo lo manifestado en la vida, me llevan a percibir las cuestiones de mi vida ordinaria de una forma mucho más liviana. Mi vida no ha cambiado a nivel práctico, sigo haciendo el mismo trabajo, compartiendo la vida con mi familia y las mismas amistades, con algunas incorporaciones nuevas, mantengo las mismas aficiones, etc. Pero todo eso que hago ya no es mi vida, son sencillamente las cosas que elijo experimentar durante este ciclo vital. Las circunstancias de la vida pierden peso, si hay crisis, si ocurre algún accidente, alguna dificultad, me es más fácil de asumir. No siento el sufrimiento como algo inevitable, ni tampoco me obsesiono con perseguir la felicidad. Simplemente me entrego a vivir la experiencia de la vida disfrutándola a cada momento, tal y como es, perfecta en cada instante. Intentando comprender qué me aporta, cuál es la enseñanza que me trae.

Estas tres lecciones son para mí un tesoro, una bendición que ha transformado mi vida. Escribo este blog con la intención de compartirlo con vosotros, consciente de que por mucho que quiera no puedo entregaros mi experiencia, es que no sirve de nada, porque no es cuestión de comprender, creer o tener fe. Cada cuál por sí mismo tiene que recorrer su camino y aprender de sus propias experiencias. Si solo te sirve para orientarte o animarte, recordar tus propias experiencias o disfrutar compartiendo las mías, me alegraré mucho.

El cuerpo es un maestro

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Tal como lo entiendo, el cuerpo físico es el vehículo que utiliza mi ser para vivir y experimentar en este mundo. Es por tanto una manifestación física de mi conciencia personal. Y como tal manifestación, expresa a través de sus células y en su conjunto armónico tanto mi carácter, como mis emociones y mis vivencias. Cuando esa expresión es gozosa no hay problema, pero cuando hay enfermedad ¡Ay!

El cuerpo físico está siempre manifestando, aunque no lo interpretemos, aunque no lo escuchemos, aunque no lo atendamos. Es precisamente cuando hay enfermedad y dolor cuando más insistentemente se manifiesta. Por supuesto que el malestar físico me incomoda y hasta me enfada por no poder hacer las cosas que normalmente haría. Claro que hay un rechazo profundo al dolor y cuando aprieta fuerte aceptaría gustosamente cualquier píldora que me devuelva rápidamente a la normalidad. Pero por más que me cueste, tengo que aceptar que si pongo atención en lo que me está pasando, en qué pudo ser lo que desencadenó el malestar y los efectos que provoca en mi cuerpo, finalmente llego a la conclusión clara de que mi cuerpo es un importante maestro.

No estamos acostumbrados a hacerle mucho caso al cuerpo, en estos tiempos ha habido una tendencia fuerte a encontrar un remedio inmediato para cada problema, ‘tratamiento sintomático’ lo llaman los médicos. Ahora ya se empiezan a tener en cuenta otros aspectos, se habla de medicina integrativa, medicinas naturales, alternativas, de una perspectiva holista, del origen emocional de las enfermedades. Son avances importantes que aún tienen que ganar solidez en nuestra cultura y nuestro sistema sanitario. Lo importante es que si hay interés, uno encuentra los recursos para aprender a escucharse, para trabajar los problemas físicos a un nivel más personal y profundo.

Poco a poco aprendo a entender cómo mi vida y mis circunstancias afectan a mi cuerpo, las cosas cotidianas, los hábitos, mis creencias. Pero no todo viene de mis circunstancias actuales, a veces también se arrastran problemas antiguos, hasta de la niñez. Y más allá de mi propia historia personal, hay una herencia genética, memorias de vidas pasadas. Todo esto en lo relativo a mi persona, pero es que también mi cuerpo manifiesta las influencias del entorno. Las más próximas son las influencias familiares, muy poderosas, luego el entorno laboral y la sociedad en la que vivo. Y finalmente también me afectan las circunstancias ambientales, locales, globales o cósmicas.

Tanto por trabajar que uno se pregunta ¿Y cuando se acaba ésto? Pues mucho me temo que el cuerpo nunca va a dejar de hacer su trabajo mientras haya vida. Por más que uno vaya soltando capas, desgranando traumas o liberando condicionamientos, siempre hay cosas nuevas que aprender. Pero no hay que desanimarse, porque aparte de aprender a agradecer lo que el cuerpo nos enseña, también se van ganando recursos para sobrellevar los problemas físicos y se desarrolla una actitud positiva que ayuda muchísimo. Se aprende a enfocar la atención en lo que importa y no caer en el victimismo, a aceptar las situaciones de la vida y gozar de los buenos momentos. Porque la vida es para disfrutarla, eso no hay que olvidarlo nunca.

Perspectiva

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Esta imagen es muy sugerente para mí porque es así como veo yo la vida. Podemos tener la impresión cierta y clara de que las cosas son justo como las percibimos: alguien diría “¡es redondo!”, pero otro: “¿que no te das cuenta? ¡si es cuadrado!”. ¿Cómo podemos estar seguros de que vemos todo lo que es?, ¿acaso alguna vez podemos estar seguros de conocer la verdad de las cosas?

Para cada acontecimiento en la vida siempre habrá distintas visiones: me he acatarrado, qué pena porque me siento mal; o que bien, así aprovecho para tomarme el descanso que necesitaba. Cuando expreso mi opinión sobre un determinado tema, siempre encontraré alguien que lo vea de una manera radicalmente distinta. Si me hablan de algo nuevo para mí, como la memoria del agua que estudia el Dr. Masaru Emoto, tengo que leer más opiniones, estudiarlo, comprobarlo. Cada cual tenemos nuestra colección de impresiones sobre lo que son las cosas, una idea de la vida, lo que consideramos nuestra realidad y puede cambiar mucho de unas personas a otras.

En lo que a mí respecta, a veces mis opiniones son flexibles, admiten otras opciones, no me cuesta abrirme a otro punto de vista, incluso me divierte. Otras veces salta un resorte automático dentro de mí, una oposición clara ‘¡no puede ser!, ¡me niego!’ y en vez de escuchar, me ocupo inmediatamente de buscar los argumentos que me sirvan para rebatir al ‘contrario’, para demostrar mi verdad. De algunos temas sencillamente me niego a escuchar nada, no quiero saber, porque no me interesa, porque me afecta demasiado, porque prefiero aferrarme a mis creencias, etc. Incluso puede pasar que haya cuestiones que aún sabiendo que tienen distintas caras, yo elija quedarme sólo con la que más me conviene o simplemente la que me resulta más amable.

En definitiva, que nos colocamos en una perspectiva concreta de la vida, voluntaria y conscientemente, pero también y en mayor medida de lo que nos gustaría admitir, de forma totalmente inconsciente. Es difícil de apreciar, aunque algunas personas sí son capaces de hacerlo de forma natural, la buena noticia es que se puede aprender. Podemos aprender a tener una mayor perspectiva de las cosas. Hoy en día los neurólogos hablan de la plasticidad del cerebro, la capacidad de modificar ese tejido que crean nuestras neuronas y que da forma a nuestra perspectiva concreta de la vida. No es necesario sujetarse ya a conceptos, ideologías o herencias. En mejor ganar en conciencia, ampliar la libertad.

Me doy cuenta de que la meditación me ha cambiado mucho en este aspecto, el continuado ejercicio de tomar distancia de la mente, no involucrarse en ideas, pensamientos, no juzgar ni interpretar todo lo que pasa por mi mente. Todo eso que practico durante ese tiempo que dedico a meditar, hace que en la vida cotidiana sea más fácil actuar de la misma manera, ser testigo de mis propias ideas, emociones y reacciones automáticas. Dice Miguel Ángel Sanchez-Quiñones que para reconocer una proyección hace falta ayuda del inconsciente, por ejemplo los sueños. Benditas ayudas que nos facilitan crecer en conciencia, que nos permiten acercarnos más a ese mudo multidimensional del inconsciente. Tengo la sensación de que la meditación me ha ayudado a ver las cosas desde una mayor perspectiva. Y lo más difícil, me ha facilitado el aceptar esa realidad diversa, llena de facetas y de diferentes colores, a reconocer algunas de mis resistencias.

Curiosamente, frente a la sorpresa con la que aprendo todas estas cosas que son muy novedosas para mí, encuentro que la cultura budista lo tiene muy claro y muy estudiado desde hace tiempo, es genial. Y además lo llaman ‘el secreto y la ciencia de la felicidad’. Estoy disfrutando de la lectura del libro de Yongey Mingyur Rinpoche ‘La alegría de la vida’, además, qué bonito título.